Clemente sube por Providencia, a pie, sorteando las grúas y el polvo de todas las construcciones. Chile crecía al 5,6% el año 1986, el neoliberalismo era abrazado hasta por la oposición; al parecer funcionaba, se colaba en todos los aspectos y rincones de la sociedad. No se paraba de hablar de globalización, ya se estaba instalando la tv por cable, que debutaría el año siguiente. Por otra parte, las protestas, el ruido subterráneo, el descontento y la rebeldía crecían a pasos agigantados. Clemente mira las revistas de oposición en un quiosco: todas sin fotos, manchas de tinta negra. Le gustan los “pies de monos”, como le dicen los periodistas, que describen o acotan lo que no sale en las fotos.
Chicos con zapatillas nuevas, shorts de colores pasteles a lo Wham!
Escucha Stop Making Sense de los Talking Heads.
Stop. Making. Sense.
Pero no puede: nada le hace sentido, le sigue dando vueltas. No para de analizarlo todo, de criticarlo todo, nada vale si no lo transforma en algo para el fanzine. La luz dura que cae del sol andino lo ciega. Piensa en ideas para cuentos que quizás podrían ser parte de ropa / americana, pero no. Anda desconcentrado. A la altura de Los Leones, que desaparece por debajo de la poco glamorosa avenida Providencia, hay un edificio habitacional con una galería comercial oscura abajo. Ahí se encuentra la Liga Chilena contra la Epilepsia. Ese es su destino de hoy, postsesión con Bernardo Riquelme. Sabe que para poder conseguir su dosis de Ritalin deberá hacer fila en la Liga. Y para que le vendan, debe pasar primero por una sesión y conseguir una receta. Clemente consume Ritalin (siempre lo necesita para enfocarse o escribir, a veces lo mezcla con vodka o pisco cuando quiere ir a bailar, a veces muele la pastilla y la inhala con una bombilla), debe ir a la Liga y hacer la eterna fila. Solamente la expenden ahí (o en otras sucursales). Y no con cualquier receta, debe ser de la Liga. Por eso va rumbo a la consulta, a una tediosa sesión. Clemente detesta a Riquelme, pero al menos lo conoce.
Antes fue donde la doctora León y no la toleró.
La vez que se atendió con la doctora María Esther León, Clemente casi no habló. No tanto porque no quisiera deslizar nada personal, sino porque ella no paró de hablar, casi como si tuviera varios gramos de Ritalin en la sangre. Clemente pensó: “¿Los doctores se drogan? ¿Pueden autorecetarse?”. La doctora le lanzó teorías sobre Santiago y el país que podían ser ciertas, pero que a Clemente no le interesaban. Tampoco quería terapia verbal ni conversar, ni siquiera desahogarse. No es que no tuviera rollos, como decían acá, pero ya había entendido algo: no se podía confiar en nadie en Chile. No es que no quisiera, no sabía cómo entrar. Aunque en su caso no encontraba a nadie que le hiciera bajar la guardia. Los chilenos eran curiosos, sobre todo los hombres, los heteros, con sus juegos de patio y de plaza. Se tocaban y pegaban, pero no se hacían cariño. Preferían estar solos, en pandillas, en grupos, tomando, pero su terror a todo tipo de intimidad y compromiso era feroz y bastaba mirar mucho a uno para que te empujara contra la pared: “¿Qué te pasa, hueón?, ¿algún problema?”. No paraban de hablar de mujeres, pero las veían como enemigas. En Inglaterra, Clemente se llevaba bien con los chicos rugbistas, con los que jugaban fútbol, con los hinchas del Aston Villa, con los que se sabían de memoria Star Wars. Acá no era fácil.
Además, daba un poco lo mismo: se iría al terminar su carrera.
Le quedaba poco.
—Mucho abuso, por acá —recuerda que le dijo la doctora hundida en su sofá de cuero turquesa—. Padres con hijas, abuelos, todo está alterado, cabrito. Ahora los padres están pasando a agarrarse a los hijos, Clemente. Así son las cosas. Acá el incesto no es una fantasía, es una costumbre venida del campo, oiga. Insisto: acá todos creen que el jurel puede ser salmón. Esté atento —le decía sin mirarlo.
La León no paraba de fumar Advance Ultra y comer Vizzio que no convidaba. Atendía en la calle General Holley, arriba de una boutique de ropa de mujer frecuentada por vedetes.
—Son un vicio, lo sé, pero soy humana, llena de contradicciones. Estoy cada día más gorda, además. Soy muy ansiosa, pero no adicta, que no es lo mismo. Así que necesita concentrarse. Me parece. Crear es una forma de escape, ¿lo sabía?
Clemente decidió no develarle nada personal, pero sí hablar. Contarle historias, venderse como víctima, huérfano. Intentó armar una narrativa. Optó por usar su bilingüismo como la semilla de todos sus males.
—Es un trasplantado. Ojo, que no es el único. Debemos explorar el tema de las raíces. Sus raíces.
—Ok.
—¿Lo molestan por su acento?
—No tengo acento.
—Sí, tiene. No habla como un británico. No tiene esa cosa gringa. Habla como peruano pituco. ¿Se lo habían dicho?
—No.
—Conozco a su madre. Y a su tía, la torturada. Sé de su familia. No es su culpa.
—Lo sé.
—Las proles que están brotando en el exilio van a ser feroces. Ojalá no regresen. Por el bien de ellos más que de nosotros. No nos haría mal una sacudida.
Clemente tenía algo claro: nunca contaría algo que intentaba no contarse a sí mismo. Menos a los sicólogos y siquiatras. Sabía mentirles, desviarlos. Afuera, quizás, algún día podría abrirse. Con alguien. ¿Con quién? En Birmingham hablaba. Con Naseem hablaba mucho. También le gustaba escucharlo: sus miedos, las contradicciones entre el islam y la vida británica, las presiones por ser hijo de inmigrantes, el delirio de ser primera generación. Acá, en cambio, le parecía que el secreto era desaparecer. Pasar inadvertido, mutilar su voz, intentar ser transparente o, mejor, invisible. Hablar acá, confesar cosas, emociones, podían usarlo en tu contra. El modo de protección local era ser un erizo. ¿Por qué no había un erizo en vez de un huemul en el escudo nacional? Los erizos sabían cómo cuidarse. Y eran blandos y resbalosos en su interior. Clemente no confiaba en nadie aquí. La traición “la tenían en la sangre”. Aquí todos eran capaces de traicionar, matar, delatar, hablar por detrás. El odio era el motor que lo movía todo, pero la represión era lo que hacía que el país fuera como fuera. Para que no los asqueara tanto le decían “la repre”. Hasta la puta izquierda de la Escuela decía: “Viene la repre, ojo con los sapos, no hay que confiar en los tiras, los pacos culiados se venden a todos”. Todo pasaba por algo, nadie era inocente, por algo pasaba lo que pasaba. ¿Qué pasaba?, pensaba Clemente, y sabía, lo tenía claro, no se contaba cuentos.
—¿En qué pensaba? —le preguntó esa única tarde la doctora León.
Clemente recuerda que llovía mucho y había una gotera en el techo y las gotas caían sobre un gomero.
—Mejor no hablar de ciertas cosas. Es un tema de Sumo.
—¿De rock?
—Rock argentino. Luca Prodan era un italiano posando de argentino. O sea, es italiano, pero fue criado en Inglaterra. En Escocia, en rigor. Es un chico dark lleno de mezclas y con demasiado mundo y tiene esta banda.
—Se suicidó, ¿no?
—No, está vivo.
—No creo que dure mucho. Usted se proyecta en él, veo.
—¿Lo conoce? ¿Lo ha escuchado?
—No me hace falta.
—Mejor no pensar ciertas cosas. Mejor no sentir ciertas cosas.
—¿Eso cree?
—A veces. De noche. Necesito Ritalin para escribir.
—¿De qué?
—Tengo un fanzine. Escribo de música, películas, libros.
—¿Artista?
—No.
—Sensible, dañado.
—¿En qué sentido?
—Eso: dañado. Trasplantado, como me dijo usted. Le hago la receta, pero no lo tome pasadas las cinco de la tarde, si lo hace puro insomnio.
Ya lo había conversado con su padre: terminaba la carrera y “se viraba”. Podía hacer la tesis desde allá, aunque no hacía falta licenciarse en algo como Periodismo. En Inglaterra, o en Europa, podría convertirse en quien quería ser o en quien era. Chile no era el sitio y menos bajo una dictadura que no tenía para cuándo terminar. Al despedirse de la sesión, la doctora León le regaló unas calugas de un local del centro llamado Las Escocesas, que tenía en un bol de vidrio.
—Así no se siente tan lejos —le dijo.
Clemente le había contado que le decían Tofi en la Escuela. La doctora León insistió en los sobrenombres y la idea del matonaje. Clemente comenzó a hablar, a abrirse, a comentar y relatar y reconstruir episodios ambientados o ligados a la Escuela de Periodismo.
—La Chile es feroz. Siempre lo ha sido. Ahí estudié. Empatizo con usted, joven.
—Pero representa al país real. No es una burbuja.
—No me queda tan claro. Podrían decirle cosas harto peores. Tofi es hasta simpático. Y ojo con ese rímel que usa.
—Lo uso casi siempre de noche, cuando voy a bailar. Se me olvidó.
—Acá no es costumbre que los hombres se pinten. Puede pasarlo muy mal. No porque esté mal, sino porque acá hay un terror rojo a lo raro y a todo lo anal. Respecto de eso, ¿qué opinan sus padres de su homosexualidad? ¿Cómo lo han tomado? ¿O lo han negado? ¿Está en una fase platónica-onanística-narcisa o ya está asumiendo sus impulsos?
—Hace rato.
—El sida no es broma y existe. Tengo un paciente plagado de sarcoma de Kaposi que infectó a un ejecutivo casado del Opus. ¿Es activo o pasivo? No me va a escandalizar. Estos desvíos no son para nada nuevos. Yo he visto todo tipo de perversiones.
—No es un desvío, no es una opción.
—Eso es relativo. Conozco a un colega cerca del Omnium que hace terapia de conversión. ¿Desea ir a verlo?
Clemente nunca más regresó a la consulta con gotera de la doctora León.
Bernardo Riquelme era el siquiatra/dramaturgo joven/columnista-de-moda que se las da de médico cosmopolita. Habla en la radio Infinita (Música & terapia) y escribe de salud mental (qué término) en la revista Paula. Ahí intenta aggiornar a la provinciana clase ilustrada y las filas de “los izquierdistas más pasados a naftalina” insistiéndoles en que la política ahora es global. Es, además, mino, guapo, estiloso. No parece local. Es pecoso-pelirrojo de barba-controlada, ojos-verdes, guapilloartístico-renovado y eso lo hace destacar. Riquelme se viste como los profesores de Birmingham de Clemente: mucho tweed, parches en las mangas, demasiado cotelé, chalecos con botones, sweaters shetland. Tiene un inmenso cuadro de Samy Benmayor detrás de su silla Valdés. Bernardo Riquelme Ojeda (no O’Higgins, como creía Clemente) se llama realmente así. Lo comprobó al ver su título con estampillas de la Universidad Católica enmarcado en vidrio al lado de su Roser Bru. Clemente le tiene recelo: cree que es demasiado público para dedicarse a temas privados. En la Mundo Diners, además, escribe de discos. Clemente lo lee siempre y nunca está de acuerdo con sus opiniones. ¿Qué sabe Bernardo Riquelme de Dire Straits o de The Proclaimers? Riquelme le habla de contingencia en la consulta. Cree que, si cae Pinochet por las armas, llegará una debacle. Confía en unas posibles elecciones trazadas en la Constitución-del-clóset de Jaime Guzmán. E insiste en que “nos empinaremos hacia el centro” y que debemos elevar a Aylwin como “el abuelo que nos contenga más que un nuevo padre que nos aterre”. Todo esto se lo ha leído. No lo habla en terapia.
BRO: Te has quedado mudo.
CF: No tengo nada que decir. Estaba pensando dónde voy a repartir los nuevos ejemplares de mi fanzine. Es raro: quiero que me lean, pero no todos. ¿Eso es esnob? Tú que escribes, ¿quieres llegar a todos?
BRO: A todos con los que puedo generar un vínculo. Con los que están esperando mi voz.
CF: ¿Tu voz?
BRO: ¿No crees que tienes una?
CF: No aún. Hay cosas que me interesan, claro…
BRO: ¿Escribiste algo que deseas compartir?
CF: No. O sea, no contigo. Con mis lectores. Si es que me leen.
BRO: ¿No crees que te leen?
CF: Sí, creo que lo hacen.
BRO: Este es un sitio privado. Sagrado, agregaría.
CF: No creo.
BRO: ¿Estás bien?
CF: Bien.
BRO: ¿Cuán bien?
CF: …
BRO: ¿Cómo estás durmiendo?
CF: …
BRO: ¿Hay algo que te está angustiando por estos días?
CF: El contexto, yo, mi lugar en el mundo.
BRO: ¿Sí?
CF: …
BRO: Estás poco comunicativo hoy.
CF: …
BRO: Tu silencio dice cosas, lo sabes, ¿no?
CF: …
BRO: Hablemos de eso.
CF: …
Clemente sabía que Bernardo Riquelme era gay. Le irritaba verlo bailar frente a todos en las fiestas alternativas o en la Fausto. Quizás por eso él no iba más. Algo no lo convencía de esa disco: mucha supuesta libertad en esos pocos metros cuadrados y luego casi todos volvían a sus casas, donde sus madres, esposas, hijos. Todos los que iban a la Fausto eran fachos, decían. Y mayores. Era mejor ir a Matucana, a El Trolley. ¿Era ético eso de ir donde iban sus pacientes? Quizás tenía derecho, pero ¿por qué lo saludaba, por qué frecuentaba los mismos círculos under que él? Sí, era del mundo del teatro, pero Clemente quería un terapeuta que no existiera fuera de la consulta. ¿Acaso era mucho pedir? Lo otro que lo incomodaba era el cero interés de Riquelme por tocar temas sexuales. No exploraban ese frente: ni su dislexia con los afectos ni sus trancas y miedos relacionados con la intimidad, sus rollos sexuales. A veces le contaba cosas y Riquelme cambiaba de tema o le respondía: no debes sentir culpa. Una vez le dijo: “Creo que soy distinto”; a lo que Riquelme le respondió: “Todos lo somos”. Insistió: “A veces dudo si me gustan las chicas”, le inventó. Riquelme le dijo: “El amor es el amor, el deseo es el deseo, no es tema”. También le molestaba la creciente fama mediática y artística de Riquelme. Clemente era un purista y creía que un verdadero artista no debía intentar triunfar en otra profesión. Ante la idea de que el arte no daba de comer, Clemente creía que comer era optativo. ¿Por qué no hacer pizzas o ser mozo o ganarse la vida en algo de más bajo perfil? Pero acá todos querían ser bohemios y parte del sistema. Famosos, pero piolas, de la élite, pero de clase media. Riquelme quería ser artista, pero vivir como terapeuta caro.
En su consulta —la misma que apareció en “Vivienda y Decoración”— se sentía entre observado y humillado. No podía ser transparente con él sin poder explicitar su opinión acerca de sus obras: Picnic le parecía pedestre, Disco demasiado ligera y Techo/estrellas demasiado romántica/engrupida. No había chicos así, pensaba. Su ego enorme le parecía peligroso; su seguridad, aplastante. Clemente le contaba poco a Riquelme, porque intuía —cual paranoide, cual egocéntrico— que podría usar parte de lo que le conversaba como material para sus extrañas obras de teatro.
BRO: ¿Qué hiciste esta semana?
CF: Cosas.
BRO: ¿Te dieron placer?
CF: …
BRO: ¿Has sabido de tu madre?
CF: No.
BRO: ¿Sigue en el norte?
CF: Sí. Ahora hace pan. De masa madre, curiosamente.
BRO: ¿Tu padre?
CF: A veces me llama. Antes escribía. Siempre se esmera en ser calmo, en dar consejos. No le gusta hablar de verdad. Le interesa la sociedad, pero no la gente. No yo. Dice que sí, pero sé que no.
BRO: ¿Deseas elaborar?
CF: No.
BRO: ¿Cómo ves el futuro?
CF: No acá. Lejos.
BRO: ¿Tienes planes?
CF: Repartir mis fanzines.
BRO: ¿Tienes uno para mí?
CF: No.
BRO: ¿Te molestaría que lo leyera? Me interesa.
CF: No soy un personaje tuyo, Bernardo.
BRO: ¿Estás alterado?
CF: Me aburrí. ¿Me vas a dar la receta? ¿O acaso me quieres salvar?
BRO: ¿Necesitas salvación?
CF: Necesito Ritalin. Eso es todo.
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3 respuestas a «Ciertos chicos: Clemente va a terapia»
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