Pasaron 8 años para volver a leer una novela de Alberto Fuguet. Desde Sudor (2016), el notable escritor chileno había publicado volúmenes de no ficción, que son una parte sustancial de su obra, pero sus lectores extrañaban su faceta como novelista. Y con Ciertos chicos terminó la espera.
Es el primer libro nuevo junto a Tusquets, casa editora que lo acoge en su regreso a editorial Planeta. En sus páginas hace un ejercicio que ha marcado su trayectoria como escritor. Volver al pasado, recordar los 80, y escribir sobre ser joven. Quizás un lector poco enterado de los avatares literarios podrá decir que es repetirse, que es quedarse pegado. Pero fue Bolaño el que decía que todo escritor escribe siempre el mismo libro, para decir elegantemente que todo escritor tiene obsesiones. La de Fuguet es el pop de los 80, la de Bolaño, la poesía (ambos, los mejores escritores chilenos de los 90, guste o disguste).
Algunos podrán decir que Fuguet tiene un “síndrome Peter Pan”, de no pasar la etapa juvenil, pero, como nos dijo en una entrevista hace poco: “No es lo mismo escribir una novela de jóvenes siendo joven que hacerlo con mi edad. Mala onda se escribió con drogas, para expulsarla. Por favor, rebobinar fue una lucha para combinar la depresión y una salud mental frágil con la necesidad de retratar a mi generación. Para mí, este libro mira hacia atrás y mira al mismo tiempo al presente”.
Ciertos chicos, entonces, trata de la relación que entablan dos mozuelos universitarios, Tomás Mena y Clemente Fabres —el primero, de San Miguel; el segundo, de Providencia—. Ambos, como en varias de las novelas de Fuguet, son jóvenes desadaptados, con pocas ganas de encajar con el resto, con pocas ganas de ser “gente normal”, con pocas ganas de ser parte del ganado. Y eso en Chile se penaliza mucho, sobre todo en los 80, época en que se ambienta la novela. Leer la Super Rock, leer a Stephen King, escuchar radio, ir a Matucana, al Trolley o tener una disquería de cabecera eran actividades que solo algunos, los “raros”, se daban el gusto de realizar tan a conciencia. Con ello, generaban tribu y una cierta hermandad. Era más importante saber cuándo salía un nuevo disco de New Order que la hora de una protesta.
Del otro, lado, como le pasa a Clemente, tiene a la juventud que —como pasa hasta hoy— juegan a la población haciendo ollas comunes en los patios de las universidades, compiten por quién recita más exactamente a Marx, por quién ha leído toda la obra de Gabriel Salazar, te miran feo cuando dices que te gustan los Beatles, y por quien sigue de manera más estricta la moral militante. Fabres siente que no encaja en ese universo cuasi religioso de su universidad. Lo suyo es su fanzine ropa/americana. Hecho a máquina y viralizado con fotocopias. Si tuviera 20 años ahora, haría un sitio llamado Paniko, Yakaranda Magazine, o Barroquita. Lo cual prueba —de nuevo— que las revoluciones pop no nacen ni se destruyen, solo se transforman.
Tomás y Clemente pasan toda la novela queriendo encontrarse. Aunque parezcan ciertos chicos solitarios, necesitan un compañero, un partner (“alma gemela” le dicen los cursi) para compartir su devoción arrojada y sin concesiones por el pop, que a los ojos de la moral de ciertos jóvenes de 1986, peca de cierta frivolidad. Pero el pop genera una narrativa, un relato. Una historia común que compartimos con los links en los grupos de WhatsApp, o con el intercambio de cassettes en los 80. Esa es la gracia del pop. Se viraliza muy fácil, por eso cierta gente le teme.
Y así lo entiende Fuguet, acaso un apóstol de la inclusión de pop en la narrativa, desde Enrique Alekán y Mala Onda, a ese puzzle llamado Por favor, rebobinar. Y acá le añade nostalgia apoyado en dos personajes entrañables, que empatizan con el lector y lo involucran. Cuando lees Ciertos chicos, pasa que estás pendiente de que Tomás y Clemente logren su cometido. De que se unan, se den la mano, vayan a la Blondie, se besen y se transformen en la pareja favorita del under criollo. Y cuando una novela te involucra, es porque lo consiguió. Te atrapó, te enganchó. Cagaste. Hoy, Tomás y Clemente compartirían sus fotos en IG con el hashtag #pride, votarían por Boric, vivirían en Ñuñoa, tendrían un gato.
La novela es ágil. Se lee rápido, entretiene. Fuguet nunca te va a aburrir. Nunca. Al estilo de los narradores estadounidenses que tanto admira, privilegia por sobre todo la historia, y le da fuerte a aquellos elementos que la hacen avanzar. No se pierde en divagaciones extras, o en episodios secundarios que terminan por cansar al lector. Fuguet es directo, claro. En esta novela dialoga mucho con Los destrozos (revisa acá nuestra reseña), la notable novela que publicó el año pasado Bret Easton Ellis, uno de sus escritores favoritos.
En Los destrozos, cada dos páginas los personajes están escuchando una canción. Acá, cada 5 ó 7. Ambas son ambientadas en los 80. Ambos autores son piscis, ambos del 7 de marzo (Fuguet, de 1963, Ellis, de 1964), ambos “californianos”. En ambas novelas el pop es un elemento que cruza la novela. Claro que en Ciertos chicos no hay un asesino en serie como en Los destrozos.
Para terminar, una última reflexión. Con esta nueva novela, en redes sociales pareció reflotar un deporte que yo ingenuamente creía olvidado: pegarle a Fuguet. La gente lo acusa de ser mal escritor, de repetirse, de quedarse pegado, de que hay otros mejores que él. Entiendo que alguien pueda preferir el trabajo de otro autor, y es legítimo, pero, ¿acusarlo de mal escritor?, ¿por qué?, ¿Porque es entretenido? ¿Porque sus novelas no tienen una densidad poética o no son novelas-familares-intimistas-tan de moda por estos tiempos?, ¿desde cuándo que ser buen escritor es sinónimo de ser aburrido? Yo creo que es lo contrario. Me parece que aquellos críticos de pantalla de celular no entienden que la escritura tiene mucho que ver con crear ambientes, traspasar sensaciones, transportar a otros mundos. Acercar la literatura tiene que ver con crear identificación. Hay que llegar a la gente, al lector del metro, no a los círculos más eruditos. Y esta novela lo logra. Lo logra, claro que sí.
Ciertos chicos (lee un extracto). Alberto Fuguet. 2024, Tusquets. 452 páginas. Dónde comprar
