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El drama-thriller de Bret Easton Ellis

Apuntes de su novela Los destrozos, aparecida tras trece años de silencio literario.

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Y volvió Bret Easton Ellis, a todas sus fuentes: jóvenes amorales, materialistas, impúdicamente ricos, con acceso a fiestas y clubes garantizado, de una belleza exuberante, intensos, desatados en el sexo y que tienen a su alcance todo tipo de drogas según la ocasión. Los destrozos (Random House) es su novela más íntima y autobiográfica, la más honesta y sexualmente jugada, la que expone su lado más serio. Por eso le costó tres intentos y casi cuarenta años escribirla, porque implicaba demasiados sentimientos que elaborar. Por eso también modera el tono cínico y satírico de sus célebres Menos que cero y American psycho. Y el producto es otro, de hecho el estilo es más suelto y fluido, aunque no necesariamente superior. Fue la sintonía que necesitaba para construir este extraordinario relato de iniciación de Bret, quien a sus diecisiete años vive perturbado por las más diversas emociones, y con pánico de que lo saquen del clóset a la fuerza, lo expongan y finalmente destrocen. Es un tiempo —la era predigital— en que los secretos estaban bastante a resguardo, pero no así los rumores. La posible vulneración de su intimidad es el real suspenso de la novela. Pese a que es un thriller con un asesino en serie que acecha.

Cuando finalmente se puso a escribirla, Ellis sentía nostalgia, era la época del confinamiento y escuchaba, poseído, música de los ochenta. Sus proyectos como guionista seguían frustrándolo sin rodarse. Llevaba trece años desde que había escrito su última novela. Fue por la música y porque casualmente —epifanía, iluminación, o simple ensayo y error— descubrió que la voz que debía contarla no era la de ese joven de 17 sino la del hombre de 56 que miraba de lejos sin pudor. Así fue como la historia, la primera que quiso escribir, antes de Menos que cero, prendió como por un rayo. Son casi setecientas páginas que se consumen sin desgaste, porque al grueso tomo se le quiere cerca como un espléndido viaje, al corazón de la década de los ochenta, contextualizada como pocas —¿o ninguna?— vez.

Es Los Ángeles, 1981, el último año de Bret en el colegio, está ansioso de salir, convertirse en escritor (ya está escribiendo Menos que cero) y, más que nada, de terminar con su papel de enamorado de Debby Scheffer para vivir su sexualidad auténtica, sin fingirse hétero. En las radios suena Ultravox con la canción Vienna, en que el vocalista grita “it means nothing to me” mientras la cámara hace zoom a una gárgola, y nada calza. En el cine se estrena El resplandor de Kubrick. Bret, fanático de Stephen King, quiere verla en el Westood, una enorme sala de cuatrocientas butacas, “un vasto mundo en sí mismo en el que encontraba refugio y era uno de los pocos sitos en que era consciente de que podía salvarme, porque las películas eran una religión en aquel momento, podían cambiarte, alterar tu percepción, podías levantarte hacia la pantalla y compartir un momento de trascendencia, todas las desilusiones y temores se borraban durante unas horas en aquella iglesia”.

También daban El imperio contraataca. Es una época minimalista inspirada en el New Wave y el Punk con el desapego como ideal: el “embotamiento”, Ellis usa la palabra “numb” que se revela por ejemplo en los ojos en blanco de su amiga y confidente Susan Reynolds, su ideal, la belleza indiferente, una anhedonia que es además el trasfondo existencialista de la novela. Susan mira en menos a su novio Thom Wright, demasiado simple, demasiado adaptado, demasiado feliz, “el equivalente humano del Golden retriever”, o una especie de Ken, y ella no quiere ser Barbie, aunque lo es. (En cualquier caso todos los personajes del libro son físicamente perfectos). Bret explica su aspiración a esta nube de apatía: “Quería estar donde Susan Reynolds. Y quería también escribir así: el embotamiento como motivación, el embotamiento como razón de existir, el embotamiento como éxtasis”.

Time for me to fly de REO Speedwagon le daba vergüenza, “aún así para mí, con diecisiete años, era un tema sobre la metamorfosis, y el verso ‘I know it hurts to say goodbye, but it’s  time for me to fly…’ significaba algo más aquella primavera-verano de 1981”, cuando ya podía manejar y “aprovechábamos aquella libertad recién estrenada que se había abierto para nosotros, activando algo en nuestro grupo que nos hacía querer convertirnos rápidamente en adultos y dejar atrás lo que ahora nos parecía el opresivo mundo de la infancia”. Pero la música que ponían a todo volumen en sus autos de lujo en carreteras que en ese entonces, fluían vacías —guiño a la frase inicial de Menos que cero: “A la gente le da miedo mezclarse entre el tráfico de las autopistas”— eran Call me de Blondie, I will follow de U2, Games without frontiers de Peter Gabriel, The magnificent seven de The Clash, Going under de Devo, entre muchas otras. Hay una lista de seis horas que alguien hizo para Spotify basada en el libro.

El equilibrio de estos cuatro adolescentes se quiebra con la llegada de Robert Mallory, igual o más sexy que ellos, “parecía sacado de una película o de las páginas de una revista de moda”, pero Bret le tenía desconfianza, “los escritores vemos cosas que no están ahí” repite como un mantra, para no sentir miedo, en días en que un asesino en serie, el Arrastrero, había hecho desaparecer a cuatro jóvenes, y él cree que puede ser Robert: “Tampoco ayudaba que su belleza me hiciese sentir como si me derrumbase por dentro: no me daba placer, solo creaba confusión y me causaba un dolor leve y sordo en el pecho. Yo era el único que creía, por entonces, que había comprendido intuitivamente que la hermosura de Robert iba a alterarlo todo a nuestro alrededor; yo no iba a ser su única víctima, habría más bajas”.

Los personajes de Los destrozos viven en un mundo sin contornos, difuso, como el video de Ultravox; todo fuera de lugar. Bret está completamente desligado de la realidad, atrapado en un cúmulo de sentimientos que el autor va salpicando a lo largo de la novela, en diferentes combinaciones, como en esta parte cuando debe asimilar la muerte de un amigo: “El miedo, la adrenalina y el pánico se vieron de repente sustituidos por un dolor que me sorprendió sentir, como ese instante en que de pronto oyes una música triste en una imagen concreta de una película, aunque caí en la cuenta de que la última canción que había escuchado era Ghost town, una canción que no tenía nada de triste”.

La razón daba lo mismo, podía ser desinterés, podía ser egoísmo, podía ser un viaje, pero en ese tiempo los padres estaban lejos de sus hijos. Matt, otro personaje, vive solo en una casa aparte, detrás de la piscina, sin pasar nunca por la casa principal, no se explica por qué. “El sexo, las novelas, la música y las películas eran las cosas que hacían soportable la vida, y no los amigos, la familia, el colegio, la escena social, las interacciones”. Bret Easton Ellis, en la parte final reivindica aquellos tiempos: no existía la medicación, la conducción en estado de ebriedad, las sobredosis, los intentos de suicidio “ni, por supuesto, los tiroteos en los colegios: todo esto vendría después”. Los verdaderos destrozos los traerían los millennials. Los destrozos de esta novela son una composición magnética, hecha de pura chispa de nostalgia de los ochenta que Ellis retrata, soñados, aunque hoy, con la política de la cancelación (que critica en su libro de ensayos Blanco), no sea bien visto anhelar ciertas cosas.

Los destrozos

Ficha: Los destrozos. Bret Easton Ellis. 2023, Random House. 704 páginas. Dónde comprar.

Por Joyce Ventura

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