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Gokú: In Memoriam Akira Toriyama 1955-2024

Una columna al calor del fallecimiento del mangaka creador del universo de Dragon Ball.

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Se llamaba Las Grandes Aventuras de Gokú y eran unos “monos animados japoneses” que daban en Televisión Nacional o el Canal 9, ya no lo recuerdo bien, a fines de los setenta, luego del extraordinario éxito de Heidi (de Isao Takahata y en alguna medida también Hayao Miyazaki) en 1978. La historia trataba del propio Gokú, un mono antropomórfico con cola que tenía un bastón que se extendía a voluntad, una nube voladora y la capacidad de transformarse en cualquier cosa.

No sabíamos entonces que esa historia era una más de los animés —como supimos que se llamaban varios lustros más tarde— de Osamu Tezuka, que ya alimentaba nuestros sueños con La Princesa Caballero, Kimba o Tritón, en esa tracalada de “monos japoneses” que invadieron la pantalla chica en el horario infantil por esos años.

Dragon Ball

Voy a hablar como una persona que fue niño en esos mismos años setenta. Ya lo he expresado con anterioridad, ser niño en esa década significó pertenecer probablemente a la primera generación que se crió con la TV como madre putativa. Y en esa década fue que entró con fuerza el animé a nuestras vidas (Aguilar, 2009). Si hacemos un cálculo trucho y asumimos que la infancia consciente va de los 7 a los 12 años, podemos decir que cada cinco años aparece una nueva generación de niños. Desde 1972 (año del inicio de la exhibición de animé en Latinoamérica, circa) hasta hoy, han pasado entonces once generaciones (1972-1977-1982-1987-1992-1997-2002-2007-2012-2017-2022), once generaciones que han sido marcadas sucesivamente por La Princesa Caballero, Heidi, Mazinger Z, Robotech, Los Caballeros del Zodiaco, Dragon Ball Z, Naruto y One Piece. Once generaciones de niñas y niños que se dejaron imbuir por el amor a las animaciones.

Así, los primeros de entre ellos fuimos un poco como los niños abandonados de los libros decimonónicos ingleses, y pasábamos horas frente a la tele sin que nadie nos dijera nada, sin que ningún adulto reparara en lo que estábamos viendo. Y entonces los robots que explotaban, las muertes, resurrecciones, desencuentros familiares, dolor, temor y temblor, detonaban ante nuestros ojos y nuestras almas sin mediación alguna… solo para esperar al próximo día, para tratar de dibujar el Mach 5 desde arriba, intentando memorizar la escena del opening, o para saber por fin si Sam daba con el tuerto o Centella derrotaba finalmente a Garra de Satán.

Luego crecimos y muchos de nuestra generación abandonaron la pasión por los monos japoneses.

Excepto algunas y algunos, entre quienes me incluyo.

Y esas algunas y algunos vieron por primera vez otra historia de un Gokú, llamada ahora Dragon Ball, en que un niñito con cola viajaba en una nube voladora y tenía un bastón que se extendía a voluntad.

Megavisión en 1997 y luego ETC TV pasaron los capítulos del discípulo de Tezuka, Akira Toriyama, y los antiguos niños ya adultos que seguíamos los monos japoneses, lo vimos con pasión y temblor, y nos preguntábamos por qué ese Gokú, era tan parecido al Gokú de la infancia.

Y luego tuvimos la respuesta en la Librería Altamira en el Drugstore: allí encontramos en una edición de tres volúmenes carísima, de Siruela, El Viaje al Oeste, uno de los “cinco grandes relatos chinos” que era la inspiración de Tezuka y de Toriyama.

Y todo cuajó.

El Viaje al Oeste

El Dragon Ball inicial y luego el Z y el GT se fueron de a poco distanciando de las referencias a El Viaje al Oeste, en la medida en que la narración tomó vuelo propio, y dejó a los fanáticos de los monos japoneses con una de sus obras canónicas y cruciales, pasando por las sagas de Freezer, Cell y Majin Buu, y muchos aprendizajes, como que los malos pueden convertirse en buenos —Piccolo—, que los pequeños pueden vencer a los grandes —los torneos de artes marciales— y, sobre todo, el valor de la amistad en la persecución de un sueño común —las esferas del dragón—.

Construida como una ópera magna, basada originalmente en un relato que es el equivalente en Oriente a los de Cervantes o Shakespeare o Dante, la factura de Toriyama colonizó nuestro inconsciente y fue fermento para la devoción contemporánea desde este lado del mundo, de la cultura oriental.

Descansa en paz, mangaka.

Por Ricardo Martínez

Profesor universitario (UDP), lingüista y autor de Clásicos AM: una historia de la Balada Romántica Latinoamericana y de Indiepop: una historia.

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