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La última reinvención de Fuguet

El autor de este texto traza una paralela entre el Fuguet previo a la publicación de Sobredosis y Mala onda, y el de Ciertos chicos, su más reciente novela, donde parece escapar, reinventarse y al mismo tiempo ajustar cuentas con la generación de los años ochenta.

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Uno. La primera vez que oí hablar de El señor de los anillos fue la tarde de un lejano viernes de 1989 al abrir el diario. La referencia era lateral, pero lo suficientemente enganchadora como para propulsarnos a mí y a toda una generación a correr hasta la librería a hacernos del primer volúmen de la trilogía. Muy lejos adelante en el tiempo estaba aún la versión en tres tiradas de Peter Jackson cuando ya el milenio había cambiado.

El responsable de la fiebre tardo-ochentera por El señor de los anillos era un columnista misterioso que se hacía llamar —porque intuíamos que ese nombre era una chapa— Enrique Alekán y en esos días a fines de la dictadura era la persona o el personaje de la prensa escrita que dictaba lo que había que leer, lo que había que ver, los lugares donde ir, cómo vestirse, de que hablar y, finalmente, cómo vivir.

Por esos tiempos el periodismo y los medios dominantes eran un páramo desolado, una retahíla de comunicados que carecían de vuelo y que no identificaban a nadie que tuviera menos de treinta años.

Alberto Fuguet, que recién algunos semestres más tarde supimos que era la persona detrás de Alekán, se dio maña entonces para guiar a un número significativo de fieles lectores y lectoras a un mundo que se abría como una puerta giratoria que dejaba atrás el pasado reciente. Por su columna del Wikén de esos viernes en El Mercurio pasaban Joy Division y el Tavelli, Paula Zobeck y La Negra Ester, el new age de la Windham Hill y Batman, convirtiéndolo a Fuguet en el primer trendsetter, en el primer coolhunter, del que tuvimos conciencia, aunque esos dos anglicismos estuvieran aún lejos de nuestro vocabulario.

Dos. Lo que vino después ya lo conocemos de sobra. En el par de años luego de ese bienio 1989-1990 en que se publicó Capitalinos, el nombre de la columna/crónica que firmaba Alekán, Alberto Fuguet facturó un volumen de cuentos —Sobredosis— y una novela —Mala onda— que no solo ahondaron su fama y le signaron como el mejor historiador de la cultura pop de los ochentas (porque Mala onda transcurría al inicio de aquella década), sino que dieron el puntapié para el arribo de una nueva generación literaria, la Nueva Narrativa, el puntapié para una nueva manera de hacer periodismo —nuestra versión chilensis del Nuevo Periodismo estadounidense—, el puntapié para toda una hornada de nuevos aspirantes a coolhunters, como sus colegas más jóvenes como Francisco Ortega, pero, sobre todo, para un nuevo lenguaje. Más allá del “manierismo cosalista”, en palabras de Enrique Lafourcade, que habitaba sus textos. Una vez respecto de ese lenguaje, Matías Rivas dijo algo así como que Fuguet fue el primer escritor moderno en Chile que hablaba o escribía como se hablaba en la calle, como hablaban los cuicos, y que aquello fue el corazón de su éxito. Porque, ¿qué otra cosa que inventar o inventariar un lenguaje es lo que hace a los grandes escritores? Si uno piensa en el Kavafis que de acuerdo con Castillo Didier se alejó del lenguaje griego culto llamado katharévousa, para abrazar el más popular demótico; o piensa en el Mark Twain que escribía como hablaban los estadounidenses tras la Guerra Civil; o piensa en el Sherwood Anderson que en su manifiesto The New Note exigía en las primeras décadas del siglo XX una narrativa que capturara la voz de la calle del heartland norteamericano; si uno piensa finalmente, y solo para cerrar forzadamente esta lista, en el Roddy Doyle irlandés que le puso el carpetazo a la lengua de James Joyce al captar los giros idiomáticos y fonológicos de la Irlanda de fines del segundo milenio; si uno piensa en todo eso, debe reconocer que Fuguet abrió un forado en nuestra literatura. ¿Cuántas personas no quisieron estudiar periodismo luego de leerlo? Yo entré a estudiar periodismo a la Universidad Católica en 1991 y revisando el suplemento del periódico que mostraba las listas de ingreso de ese año descubrí que ese año esa carrera de periodismo en esa universidad había tenido el segundo puntaje de corte más alto de todas las carreras exceptuando a medicina en la misma universidad. ¿Fue esto un “efecto Fuguet”? Hoy me parece bien creerlo así.

Detalle de la última reedición de Sobredosis

Tres. En algún momento o más bien por algún momento en los noventas el fuguetismo lo había inoculado todo. Sus ondas de choque habían generado la Zona de Contacto, la radio Rock & Pop, el canal Rock & Pop y asimismo su dialecto personal compuesto por frases cortas y puntos seguidos se había convertido en una manera de pensar, de hablar, de escribir y de vivir. Era el centro del canon. Siempre recuerdo como el epítome de estas ondas de choque el fin de semana en que a Fuguet y a Iván Valenzuela les dieron íntegro el suplemento de la Revista del Domingo. E hicieron lo que quisieron. Desde hablar de Kate Moss, hasta reparar en la imagen de cuando se come en verano un durazno y el jugo del mismo nos corre por el brazo tras morderlo.

Pero entonces se hizo imperioso superar a Fuget. Superar el fuguetismo. Y, claro, vino Bolaño, y Bolaño se hizo amigo de Rodrigo Fresán que hasta ese entonces lo veíamos y leíamos como a un Fuguet trasandino. Y tras Bolaño llegaron Álvaro Bisama y Alejandro Zambra

Ernst Gombrich decía que la historia del arte se explicaba como una continua sucesión de artistas que trataban de superar los desafíos que les habían dejado las generaciones precedentes. El post-impresionismo habría tratado de esta manera de superar al impresionismo mediante el puntillismo de Seurat, el afichismo de Toulouse-Lautrec, el primitivismo de Gauguin, el expresionismo de Van Gogh.

Y en el caso de Bisama y Zambra, ellos resolverían los desafíos que había dejado Fuguet mediante un “manierismo cosalista” sobre unos referentes pop inexistentes, en el caso de Caja negra de Bisama, o en una narrativa donde más que las referencias pop lo que importaba era el temple del ánimo, en el caso de Bonsái de Zambra.

Cuatro. Y luego vino Internet.

Cinco. Fuguet tuvo entonces que reinventarse muchas veces luego de estos últimos dos aquellos. Ya lo había hecho por inclinación propia antes como en Por favor, rebobinar o en Tinta roja. Pero ahora sería imperioso por los vientos de los tiempos.

Y Fuguet volvió a los orígenes. Antes incluso y adelantándose a lo que serían Zambra y Bisama. 

Hace un par de años me acordé de una película Disney con actores de carne y hueso que se trataba de un canal de televisión en un pequeño pueblo estadounidense al que le iba siempre mal en el rating, hasta que descubrían que un chimpancé que tenían adoptado le achuntaba siempre a la película que iba a tener mejores números si la pasaban el domingo por la noche. Busqué infructuosamente información sobre esta cinta y finalmente la encontré en un libro de Alberto Fuguet que no había leído hasta ese momento, Las películas de mi vida: ahí se decía que esa cinta de Disney se llamaba The Barefoot Executive. Ese libro de Fuguet abría otro portal a los setentas y ochentas, uno que accedía ahora como a un encuentro con gemas más ocultas. Era una segunda derivada de sus obsesiones.

Alberto Fuguet

Seis. Llegamos al punto: Ciertos chicos, la última novela de Alberto Fuguet.

Ciertos chicos regresa, a cuarenta años de distancia, a los ochentas. Pero los ochentas ya han sido extractivizados como en una operación rastrillo. Por la misma Internet, por la autoficción, por la literatura de los hijos, por la retromanía, por Stranger things y Freaks and geeks, por lo que Patton Oswalt llama en inglés la ETEWAF (sigla que en castellano se traduce como “todo lo que alguna vez ha sido, disponible para siempre”).

Parece que no hay más espacio que abordar de los ochentas, incluso si la narrativa, como en esta novela y siguiendo la escritura LGBT+ del Fuguet de los últimos años, lee los ochentas en clave gay/queer.

Pero no. 

Fuguet logra resolver —una vez más— el acertijo. Logra superar aquel desafío. 

Fuguet parece haberse premunido de las soluciones post-fuguetianas de Bisama, a saber: a) crear al lado del repositorio pop que ha trabajado durante toda su carrera, un repositorio de pop ficticio —como en Caja negra— con una radio, la Eclipse, una disquería, la Lado B, una banda musical, Hentai y un fanzine, ropa/americana, que hacen que la novela Ciertos chicos no sea más de lo mismo, sino que un escape ahora sí en toda regla, hacia la ficción; y b) tratar el mundo hostil de la universidad de 1985-1986 con un prisma que delata no solo la opresión de la dictadura, sino que de los mismos que peleaban contra la dictadura, como hacía Estrellas muertas. En particular develando su homofobia.

También parece Fuguet haberse premunido de la solución post-fuguetiana de Zambra, a saber, el darle un espacio esencial a la sensibilidad de la prosa y del temple de ánimo, incluso por sobre las citas pop. Porque, como dijo una vez Rodrigo Cuevas, guionista de Los 80: “A lo mejor uno en esos años no tenía exactamente esas zapatillas. Pero no es la marca lo que te hace el click emotivo: es que, como en la serie, tu mamá se daba el tiempo de arreglártelas, de cosértelas”.

Siete. Escapar. Hoy ya no hay donde escapar. Todo ha sido, como he sostenido a lo largo de este texto, rastrillado. El único escape parece ser volver a un pasado analógico, hacer una especie de Jihad Butleriana —como la de Duna— del alma. Alberto Fuguet lo dijo de la misma manera en una entrevista para El País: “Hoy la rebeldía es ser análogo”. Clemente y Tomás, ecos del pasado, quieren escapar y pueden. Nunca olvido algo que se dijo una vez de El guardián entre el centeno: “Si, como se ha hecho notar muchas veces, El guardián entre el centeno le debe mucho a Las aventuras de Huckleberry Finn, esto lo hace reescribiendo el texto clásico norteamericano en un mundo donde la ubicuidad de una sociedad gobernada por reglas no deja ningún río por el cual huir”. Claro, el escape en ese pasado que es un mundo paralelo de Ciertos chicos se consigue vía, entre otras cosas, la música. Ahí está el DJ de radio Eclipse para salvarlos, tal como el Christian Slater de Pump up the volume que se cita en la primera página, o el Wolf de American Graffiti o el John Peel de las radios piratas marinas de la Inglaterra de los sesentas o los dejotas de las college stations. En esta obra los personajes de Clemente y Tomás, amén de extraordinarios personajes secundarios y algún que otro cameo, se salvarán también entre ellos. Porque les costará encontrarse (como verbo reflexivo: encontrarse cada uno a sí mismo) y les costará encontrarse (como verbo recíproco: encontarse el uno con el otro). Lo que es un escape —que hoy ya no existe— solo se logra tras una dolorosa pérdida.

Final. Sobre esto último y cerrando, pensaba que este fragmento de un poema sería un buen epígrafe para lo que he volcado en este texto, pero ahora creo que debe ir acá, como epílogo:

Me gustaría preguntarles,

si no recuerdan,

algún encuentro frente a frente

alguna vez una puerta giratoria,

algún “disculpe”

o el “se ha equivocado” en el teléfono.

Pero conozco su respuesta.

No lo recuerdan.

(Wislawa Szymborska)

Ciertos chicos

Ciertos chicos (lee un extracto). Alberto Fuguet. 2024, Tusquets. 452 páginas. Dónde comprar

Por Ricardo Martínez

Profesor universitario (UDP), lingüista y autor de Clásicos AM: una historia de la Balada Romántica Latinoamericana y de Indiepop: una historia.

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