¿Saben? La mayor parte del tiempo estamos perdidos. Decimos: “Dios, por favor, dinos qué es lo correcto. Cuál es la verdad”.
Quiero decir, no hay justicia. Los ricos ganan, los pobres están indefensos. Nos cansamos de escuchar a la gente mentir. Y después de un tiempo nos quedamos como muertos. Pensamos en nosotros como víctimas, y nos transformamos en víctimas. Nos volvemos débiles, dudamos de nosotros mismos, de nuestras creencias, de nuestras instituciones. Y dudamos de la ley.
Pero hoy, ustedes son la ley. Ustedes son la ley, no esos libros ni esos abogados ni esas estatuas de mármol o la decoración de esta corte. Esos son los símbolos de nuestro deseo de ser justos. Son, de hecho, una plegaria. Una plegaria ferviente y temblorosa.
En mi religión dicen “actúa como si tuvieras y la fe te será concedida. Y si hemos de tener fe en la justicia sólo necesitamos creer en nosotros mismos y actuar con justicia. Verán, creo que hay justicia en nuestros corazones”.
Los argumentos de Paul Newman al cierre del juicio en The Verdict lucen tentadoramente inapelables (tanto así, que no me quedó otra que citarlos completos). David Mamet los escribió con la convicción del liberal dispuesto a hacer de esta escena un punto y aparte en la secuencia, como si ya no estuviese pensando en la película que guionizaba sino en los desgastados ideales de su generación. Y el director Sidney Lumet los filmó en consecuencia, en un único plano general que incluye a Newman, a los demandados, al jurado y hasta la bandera; plano que se va cerrando lentamente sobre un actor que se sabe en un momento culminante de su carrera, esos que se toman en serio, esos que bien aprovechados te consiguen un Oscar (le alcanzó para candidatearse, pero perdió ante el Gandhi de Ben Kingsley, qué se le va a hacer). Es como si Newman estuviera viéndose a sí mismo en la distancia, modelando cada énfasis, midiendo cada pausa, tratando de conjurar un abollado idealismo que se le escapa al terminar su argumento, mientras se desploma sobre su silla en un momento que se lee en clave de derrota anticipada (consigue ganar el juicio, pero ¿importa eso en el marco general de las cosas?). Me imagino a todos los aludidos viendo la proyección por primera vez, dándose cuenta de lo que tienen entre manos: la clase de speech que Hollywood celebra de la boca para afuera y aplaude de pie antes de traicionarlo en los hechos, sin el menor remordimiento.
Y a lo mejor ahí está el problema. En su portentoso intento por ofrecer algo comparable a las decepciones de la vida real, las palabras de Newman suenan a libreto, trabajadas al extremo. Perfectas, marmoladas. Transmiten desencanto, pero sólo a condición de que en la recta final el personaje se redima ante su audiencia (spoiler: lo consigue).
La cuota de cinismo que el monólogo contiene sólo hace real sentido de cara a un momento muy anterior, perdido en mitad de la trama: Newman al lado de un ventanal, jugando “Disco Fever”, la máquina de pinball que invariablemente le gana todos las mañanas en su bar regalón, una cueva de paredes enchapadas donde anticipa las frustraciones del día por venir. A ratos pareciera que ese tacho de metal y no el invencible bufete de abogados al que se enfrenta es su verdadero enemigo. Una colorida mesa vidriada, repleta de luces, contador de puntos y paletas de flipper que se traga una a una todas las pelotas que le lanza. Debería estar aplanando las calles tratando de hallar una forma de ganar el caso, pero el viejo azota la máquina hasta que ésta se calla con un silencio de muerte. No hay discurso ni argumento que la haga revivir. Newman se da media vuelta, se acerca a la barra y toma un huevo de un cartón, lo quiebra encima del trago que se toma de un impulso mientras mira al barman, lanza un eructo y coge su carpeta dando un par de golpecitos en la mesa, vámonos de aquí.
The Verdict (Estados Unidos, 1982). Dirección de Sidney Lumet. 129 min. Disponible en Star+
