Mi hija mayor cayó hace cinco días: dolor de cuerpo, cabeza, fiebre, un mareo peligroso que la hizo afirmarse del umbral de la puerta de su dormitorio. A la cama. No nos alarmamos mucho, buscamos en el botiquín lo que había a mano, básicamente, el infaltable Ibuprofeno de 600. Medida lógica: aislarla. Llevarle las comidas a la cama, té con jengibre y miel, ponerle el termómetro cada tanto bajo el brazo, observarla.
Al día siguiente fui con mi esposa a comprar pan y aprovechamos de fumarnos un pucho en la plaza para ventilarnos un poco de tanta realidad. Sentía alguna molestia corporal. Como hago siempre, me hice el de la chacra, tengo algún grado de hipocondría y también esperanzas en que sea solo eso, la cabeza y sus trampas. Todo normal hasta que llegó la hora de dormir. Fiebre alta, tercianas, el cuerpo apaleado, tos, sudor. Amanecí solo y mortificado. Avisé en el trabajo. Quedé postrado toda la jornada.
Ayer conseguí hora al Cesfam de Providencia. Diagnóstico: “Sospecha de influenza”. Averigüé por qué no pude asegurar el padecimiento de esta infección respiratoria; es necesario realizar una especie de PCR —que es carísimo—, por norma sanitaria. Regresé con más Ibuprofeno de 600 y una tira inútil de Loratadina. Aunque más tranquilo, porque el certificado, a pesar de lo buena onda que sea el empleador, da fe de lo que a uno le está sucediendo. Da miedo faltar al trabajo. Por más que el más laureado médico talle en piedra una enfermedad, el empleado se transforma en un lastre.
En este sentido, tal vez nuestro país no está tan lejos de Japón, donde se sabe que la gente trabaja enferma y jornadas sobrenaturales, lo que ha dado por resultado una montonera de ejecutivos bien vestidos, tirados borrachos “apagados de tele” en las calles de Tokio. Esto lo registró el fotógrafo polaco Pawel Jaszczuk, radicado en el país nipón, quien señala: “Entre 11 de la noche y las 3 de la mañana era el mejor momento para disparar fotos, los peores días eran los domingos y los lunes”. Al parecer el mejor trabajador es el que no falta nunca al trabajo, pase lo que pase, más allá de las capacidades personales o el currículo.
Todo lo anterior lo pensé en la cama. Además de sueños dementes producidos por la fiebre, al despertar aparece el caldo de cabeza (“me queda la mitad de la vida”, “nunca se sabe qué pasará con uno”, “debo hacerme exámenes de sangre”) y delirios de persecución. El deber ser, la angustia de una agenda que se atrasa, la tortura de dar explicaciones. Uno piensa que puede aprovechar el tiempo con una película, libro o escribiendo, pero al menos yo, permanezco intelectualmente inhabilitado. Ahora puedo escribir, han pasado algunos días, me siento con energía, al menos.
Tal vez estas experiencias son un entrenamiento para dolores de alta intensidad, esos que se combaten con morfina, que se viven cerca de la muerte. Pienso en Roberto Bolaño “escribiendo prácticamente con un pie en la tumba”, como declaró Mario Vargas Llosa. O en Enrique Lihn y su Diario de muerte, escrito en agonía, con las últimas fuerzas, con un lápiz amarrado con hilo a la mano para cuidar cada gota de energía. Señalan Pedro Lastra y Adriana Valdés: “No sabemos de otras experiencias tan extremas en la literatura chilena”.
