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El lado B de 1986

Cercanos que iban leyendo y comentando a medida que escribía, conversaciones diarias con un amigo poeta, el apoyo y contención de un paciente editor y aportes variados de sujetos que aparecían al azar fueron clave para hacer de Ciertos chicos un clásico instantáneo.

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Por fin vuelve Alberto Fuguet a la ficción quizás escindido entre Clemente Fabres y Tomás Mena, dos personajes épicos tan potentes e imborrables como Matías Vicuña de Mala onda a quien encontramos de pasada en esta brillante novela que es un compendio o verdadero manual barroco de la cultura pop alternativa de mediados de los 80, y también un mapa exploratorio de la movida santiaguina en aquel tiempo no tan oscuro (no se trata de los altos valores de la serie Los 80, como aclara, sino por el contrario). Ciertos chicos es una obra nostálgica y amorosa, pero cargada del rencor —y algo del odio— que caracteriza al autor; un ajuste de cuentas que se torna en espejo catártico para la sensibilidad de ciertos seguidores: “¿Fan de quien eres?/De todos los que no odio”, comentan los personajes y subrayamos.

Con la canción poco conocida When You Look at Boys de la banda The Lotus Eaters encontramos a Tomás Mena envuelto en un sentimiento de repulsión hacia su familia pinochetista. Tomás es gay, es lindo, y la dictadura lo oprime. En el Instituto Nacional ha sido un chico bueno pero tras dar la PAA algo ha cambiado, ya no quiere quedarse ahí. Necesita conectar. La canción que escucha en la radio Eclipse, que transmite de toque a toque, será lo que casualmente lo lleve por ese camino de la subversión. No pilla el título, no alcanza a grabarla, pero la disquería Lado B, donde repite el coro, será su segundo catalizador y Josué, el encargado que encuentra el disco, una especie de celestino que sabe con quién debe conectarlo.

Clemente Fabres (Mad World, Tears for Fears; Ausencia, Nadie; Slave to Love, Brian Ferry y Orbitando, Los Encargados) es cuico e hijo de autoexiliados en Inglaterra. A sus 22 años está absolutamente solo en una casona en Providencia en un país que no siente suyo, pensando en arrancar en cuanto termine su carrera de Periodismo en la Chile donde es rechazado por sus compañeros de izquierda, que no le perdonan su spanglish, su buena pinta, ni que lea escritores japoneses en lugar de a Galeano. Un fanzine llamado Ropa/americana sobre cultura pop, que crea y reparte en lugares especiales, es su forma de rebelión, de agregarle glamour a la capital.

Especie de Jesús iluminado o superhéroe, Clemente es la voz autorizada que viene de la cuna de la cultura británica con total propiedad y autoridad a pregonar su palabra en música, libros, cine, arte, diseño y arquitectura. Con su aire misterioso y su abrigo negro es la carátula perfecta de un disco new wave. A Tomás le falta estilo —como para que todos quieran moldearlo— pero también es un superhéroe con poderes como una alarma para escapar cuando huele peligro y, sobre todo, un radar para detectar iguales.

Los personajes secundarios seguirán a Tomás y Clemente, y tal cómo el lector añorarán que ambos finalmente conecten. Pero como en una novela de Jane Austen, afloran el prejuicio, los obstáculos y las restricciones que acaban en desencuentros. Durante la tensión que esto impone al texto, se van revelando distintos aspectos del carácter de cada uno, constante nueva información que no termina de atrapar al lector hasta las últimas páginas.

Resulta interesante y osado el trasfondo político y social que quiere transmitir, y es que desde ese año, 1986, la potencia de la música pop se tornó en arma de resistencia capaz de sacar a los jóvenes de la cultura que los achataba, uniformaba y no los dejaba abrirse al goce. Por otra parte hay una crítica a la homofobia generalizada en todo el espectro político de aquel tiempo. Los personajes son atacados en la calle, por sus compañeros de colegio, en la universidad y en la propia casa donde en el mejor de los casos son ignorados. Hay un párrafo visceral en que Fuguet critica el comportamiento imperdonable de los padres que se hacen los tontos y que creen que el silencio anulará la situación. Es para subrayarlo y tenerlo como arma o consejo: “…era la madre, era mayor y, por lo tanto a la que le correspondía preguntar era a ella. Él jamás iba a confesarle nada, ni menos armar drama. Tampoco estaba dispuesto a salir de ningún mueble o rincón casero al cual nunca había ingresado. Era, le parecía, parte de la labor de un padre: ¿tienes ropa que lavar?, ¿tienes miedo?, ¿quieres que te lea un cuento?, ¿te gusta ese chico?, ¿me lo quieres presentar? No preguntar, no tocar el tema hacerse los lesos le parecía, un acto de agresión canalla por parte de los progenitores. La idea de que era responsabilidad del hijo anunciar o sacar el tema del armario le parecía asquerosa e innecesaria”.

Hablando de descriterio, la madre de Clemente elige seguir a su terapeuta, Lola Hoffmann, y vivir su propia vida, ignorando a su hijo. El abandono culposo es un tema que ha seguido desde Mala onda donde el padre imperdonablemente privilegia su propia vida. Y también en Missing, donde el tío desaparece sin pena ni consideración en gran parte porque su madre privilegia a su padre.

La prosa de Fuguet corre a velocidad crucero, como dijo Matías Rivas en Terapia Chilensis. Es el lector quien lo interrumpe en cada página para buscar en Spotify una canción sugerente o un video en Youtube o en la web para ver si tal nombre existe o se detiene a buscar el lápiz que se deslizó en el sofá para subrayar algún párrafo o alguna referencia. La buena memoria de Fuguet, sumada a su claridad mental, su creatividad y chispa hacen que se quiera/necesite releer partes para fijarlas. A diferencia de su anterior Sudor (2016) con sus distintos registros en conversaciones de Whatsapp o diálogos que a veces cuesta seguir, Ciertos chicos está hecha como por un sastre, con todos los elementos al cuerpo, con sus piezas simétricas. Y no renuncia a usar distintas fórmulas narrativas que le dan el frescor de lo inesperado como diálogos encapsulados, transcripciones de video o un texto más literario que es la voz unificada de chicas de clase alta que siguen a Clemente y Tomás con admiración y envidia en forma de coro, por la onda que ellas no tendrán con sus parejas machistas.

El trabajo de edición partió con el aporte de lectores, como cuenta el autor en una entrevista en Culto y luego fue vital la guía de un editor amigo, Felipe Gana, “un entrenador alfa obsesivo”, como describe en sus agradecimientos. Este mecanismo lo dejó feliz y hasta sobregirado, según se percibe tras leer la última mención a los tipos que lo inspiraron al azar. Héctor Soto en una oportunidad lo retó por pretender dejar la literatura por el cine. Es poco probable que eso pase después de esta magnética experiencia. No hay que dejar pasar a Ciertos chicos.

Ciertos chicos

Ciertos chicos (lee un extracto). Alberto Fuguet. 2024, Tusquets. 452 páginas. Dónde comprar

Por Joyce Ventura

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