Fotos: Paul Lowry*
Ganador del premio Mejor Obra por el Consejo de Lectura (no-ficción), el libro de Antonio Díaz Oliva Se supone que hay una revolución ya está en librerías y tiendas en línea. Publica editorial Pez Espiral.
En este extracto, el escritor Ariel Dorfman, entonces colaborador del gobierno de la Unidad Popular, hace un mea culpa en cuanto a la desconexión de cierta izquierda con lo que sucedía con la contracultura juvenil; lo mismo una joven periodista Patricia Politzer que destroza a los Jaivas para un artículo de la revista Ramona, vinculada al Partido Comunista.
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Diario El Clarín: En la multitudinaria convención hippienta, cargada a la música soul, sexo y drogas, que tuvo lugar en una parcela ubicada en Los Dominicos, por allá donde el diablo perdió el poncho, para no ser menos, varias lolas de familias recontra encopetadas perdieron su virginidad.
Ariel Dorfman, escritor: Ni se me pasó por la cabeza asistir a Piedra Roja. Estaba enteramente volcado a la defensa de la victoria de Allende y me pareció una distracción frívola. Culturalmente, por ejemplo, estaba volcado en ese momento, junto a los demás participantes en el Taller de Escritores de la Unidad Popular, en ir ideando una política editorial y de medios masivos que permitiera una literatura (como historietas) al servicio de las grandes mayorías.
Manolo Olalquiaga, subdirector revista Ritmo: Hasta antes de 1970 lo que se dijera Ritmo era sagrado. Lo puedes corroborar con la gente de esa generación. Algunos les gustaba la revista. Otros no. Después, cuando se empezó a politizar el tema chileno, con la UP, cuando se empezó a marcar tendencias políticas con respecto a esto, hubo campañas de cierta prensa, de una prensa de llamémosla de izquierda, como el Clarín o Puro Chile. Había campañas que decían con franjas en primera página que decían: el que lee Ritmo es tonto. Y luego, cuando empezó el gobierno de la Unidad Popular y nacionalizaron, o no sé cómo se llamaba ese término en ese momento, la editorial Zig-Zag, se creó una revista que se llamó Ramona. Esta era una revista para las juventudes de izquierda, pro-gobierno. Pero nunca pudieron superar las ventas de Ritmo.
Patricia Politzer, periodista: Yo llegué a la revista Ramona por mi profesor Camilo Taufic, que fue el primer director de la revista, que nace en ese tiempo. Era mi profesor en periodismo en la Universidad de Chile, cuando yo apenas tenía dieciocho. Y bueno, la Ramona era una revista juvenil que pertenecía al Partido Comunista pero que buscaba ser un medio amplio dirigido a la juventud chilena en general. Era también una especie de complemento o competencia de Onda, la revista juvenil de Quimantú, que se veía como más “burguesa”.
Salvador Allende, presidente de Chile, a la revista Ramona: Yo le digo a los jóvenes que la revolución se hace con los hechos, con las masas. Eso es bueno que lo tengan en cuenta quienes andan por ahí atacando al Gobierno desde “posiciones de izquierda”. El cumplimiento del Programa de Gobierno es nuestra tarea revolucionaria de hoy.
Patricia Politzer, periodista: Yo era un pájaro un poco raro. Nunca fui militante en un tiempo en que militar era casi una obligación. En la revista, había reuniones de pauta y reuniones de célula. En las primeras estábamos todos, en las del partido, todos menos una compañera y yo, que éramos los únicos que no militábamos. Sin militancia, fui muy activa en todo ese proceso. Incluso participé activamente de la campaña a diputada de Gladys Marín en 1973.
Claudio Parra, Los Jaivas: Durante ese periodo hubo varios medios de comunicación de izquierda que nos trataron muy, pero muy mal.
Revista Ramona, artículo firmado por Patricia Politzer: Pregunta: “¿cómo se definen políticamente?” Respuesta de Los Jaivas: “no podemos decir que no somos políticos, porque eso es imposible, pero no nos definimos por ningún partido. Pero reconocemos que la realidad con que nos enfrentamos ahora es muy distinta. La represión contra los jóvenes ha disminuido mucho”. Pregunta: “¿van a votar en marzo?” Respuesta de Los Jaivas: en esta pregunta comienzan las contradicciones. Algunos responden de inmediato que no y los otros se muestran dudosos. Las razones son un poco tiradas de las mechas. Es mejor Allende que Alessandri, pero no vale la pena votar. No deberían existir fronteras y todos deberían amarse. Y, así, otras respuestas que revelan auténtica inconsciencia de la realidad que vivimos”. Pregunta: “¿no creen que hay que luchar para que las cosas cambien?” Respuesta de Los Jaivas: “yo no creo que haya que luchar. Yo no voy a pelear por nadie. Yo no quiero que nadie pelee y por lo tanto yo no peleo”.
Patricia Politzer, periodista: Yo era muy joven en esa época. Todas las entrevistas que hacía me parecían emocionantes, me apretaban la guata y me hacían sentir que cumplía un rol importante como periodista. Esta no fue la excepción. La Ramona quería llegar a un púbico amplio, no sólo a los jóvenes militantes de la Jota, y Los Jaivas eran precisamente un grupo que ampliaba esa perspectiva. Eran una banda que se hacía famosa. A mí me gustaban, y los escuchaba tanto como a los Quilapayún y los Inti, lo que no era muy políticamente correcto, pero como ya dije, yo no lo era.
Revista Ramona, artículo firmado por Patricia Politzer: Conversar con Los Jaivas no es para quedar con el ánimo muy bueno. Resulta difícil dar un diagnóstico. Insistimos en que musicalmente ganan algunos aplausos, pero su aporte a los valores de la sociedad no es para ponerlos en un marco. En momentos en que el pueblo construye, en momentos en que lo mejor de la juventud chilena se sacrifica en trabajos voluntarios, Los Jaivas resultan una flor exótica, trasplantada incluso, que tienen poco o nada que ver con nuestro país, que, en el fondo, imita la ‘onda’ hippie europeizante, el modo pretendidamente ‘libre’ de vivir, pero en los hechos, falsamente libre, y sí prisionero de las formas más decadentes de escapar del mundo que ha difundido la burguesía. No por casualidad los festivales de marihuana se realizan en La Reina, y los jóvenes capturados son principalmente lolos ociosos y bien alimentados, que no conocen ni de lejos la epopeya de la juventud que trabaja y estudia por Chile, tenga o no el pelo largo, le guste o no la música soul, pero que vive con los pies firmes en esta tierra.
Patricia Politzer, periodista: Aunque muchos de nosotros éramos cercanos y participábamos del movimiento hippie, lo políticamente correcto en la revista era criticarlos por ser poco conscientes del proceso revolucionario que se vivía en el país. De alguna manera, era necesario “rescatarlos” para que se sumaran a la Unidad Popular y apoyaran las reformas del presidente Allende. Igual por lo menos en mi caso, yo tenía el alma compartida, entre las libertad hippie y el proceso revolucionario. Pero como no militaba, podía estar en ambos lados. No me incomodaba.
Carlos Varela, asistente: Piedra Roja marcó mucho a nuestra generación, la marcó de una manera determinante. Fíjate que después de eso, aquí en San Bernardo existió un grupo, se armó un grupo que se llamaba el grupo Los Espíritus, y había alguien que estaba a cargo de dirigir el grupo y otros que estaban a cargo de otras cosas, y ese grupo, por ejemplo, reconstruyó la escuela de Los Morros. Los Morros es un pueblito que está a unos 10 kilómetros de aquí de San Bernardo, a orillas del río Maipo, y nosotros, a pesar de que la gente adulta como que nos rechazaba mucho, nosotros, con la ayuda del alcalde y del gobernador de San Bernardo, que nos dieron los materiales, y así el grupo de hippies reconstruyó la escuela de Los Morros. Y éramos hartos. Las intenciones del movimiento hippie eran muy hermosas… pese a que los medios nos pintaban de otra forma.
Hernán Rojas, asistente: Ya estudiando Derecho, que me iba pésimo por lo demás, comencé a meterme de lleno en la cooperativa que hacía “Jesucristo superestrella”. Y era un grupo variado que tenía desde gente de Patria y Libertad hasta los tramoyas, que eran miristas y anarquistas. De hecho, estos últimos nos llevaron al Teatro Municipal, porque eran más viejos y querían gente joven. Nos decían: “Necesitamos gente joven con ideas frescas, no queremos más opera en el teatro”. Entonces ese mundo que teníamos ahí, que nos reunió en una cooperativa en que se repartía todo a escala, también nos salvó de la polarización del país porque estábamos refugiados, ensayando, tocando, tocando y tocando.
Ariel Dorfman, escritor: Mi falta de interés por Piedra Roja no era tan solo por razones políticas. Reconozco hoy que tal vez también detrás de ese rechazo hubo un dejo de esnobismo: mi esposa Angélica y yo conocíamos a los hippies de verdad, habíamos convivido con ellos en el epicentro de la rebelión contracultural del Bay Area, en California, así que es probable que me sintiera superior a los imitadores chilenos que emulaban tristemente las formas y fórmulas exteriores de ese movimiento rebelde sin estar dispuestos a ser subversivos de verdad, sin romper del todo con las normas establecidas. No veía yo, en todo caso, una contradicción entre los valores libertarios de los hippies y las luchas sociales chilenas, encarnadas en Allende y la Unidad Popular. Viví la revolución chilena como una oportunidad para cuestionar y refundar todo, cuestionar todas las formas del poder. Lo que sí es cierto es que después del cuatro de septiembre de 1970 no fumé más marihuana (nunca fui un fumador empedernido y constante, así que tal vez esa decisión dramática no fue tan audaz). “Para volar,” decía yo, “me basta la realidad, me basta la revolución”.
Enrique Kirberg, rector de la Universidad Técnica del Estado, a la prensa: En esta universidad no hay hippies ni marihuaneros porque los jóvenes tienen conciencia del gran futuro de su patria. Esa conciencia los libra de la pasividad frente al mundo que los rodea, y los libera de todo vicio e influencia ajena a su país.
Carlos Lowry, asistente: Yo después estuve muy metido, en Estados Unidos, en el movimiento de punk rock e iba a ciertos recitales donde había 300 personas, pero siempre me encuentro con gente que dice que estuvo ahí, cuando realmente no estuvieron. Bueno, Piedra Roja es un poco así: todos saben que ocurrió, pero la leyenda realmente la inventó la prensa. Siempre he sentido que quizás Lafourcade es uno de los padres de Piedra Roja porque en “Palomita blanca”, que fue tan popular en Chile, él, a mi parecer, agarró la esencia de lo que estaba ocurriendo ese día en el festival.
Antonio Díaz Oliva nació en Temuco, Chile, y hoy vive en Chicago, E.E.U.U. Ha publicado seis libros, entre esos los volúmenes de cuentos La experiencia formativa y La experiencia deformativa, por la editorial Neón. Para esta misma casa editorial ha traducido y editado a Roberto Arlt, Virginia Woolf y Henry David Thoreau, entre otros. Recibió el premio a Mejor Libro del Año (cuento), el premio Roberto Bolaño a la Creación Joven (novela) y el premio Escrituras de la Memoria (no ficción) por esta historia oral sobre Piedra Roja y la contracultura chilena. En 2026 publicará su novela Campus en chile.
Paul Lowry nació en Texas, E.E.U.U., y actualmente vive en Nueva York. Hijo de misioneros metodistas estadounidenses, creció entre Nueva Imperial y Santiago de Chile. En 1970 asistió al festival conocido como Piedra Roja, y capturó el mayor registro visual que se conserva del encuentro. Paul también fotografió a varios grupos musicales que se desarrollaron en Chile en esos días, como Embrujo y Los Jaivas.
