Escribir sobre una canción no se limita a un chapuzón en los pocos minutos que dura la música. En los mejores casos, el viaje es un buceo profundo e implica un necesario retrato de época: cómo era el mundo y, especialmente, quiénes éramos cuando el objeto sonoro llegó al aire y a nuestras vidas. Recuerdos fosilizados, preservados como insectos en ámbar. Mauro Libertella tomó el título de Canción, llévame lejos de “El colmo” de Babasónicos. Es un bonito gesto, porque la letra del tema prosigue con “Donde nadie se acuerde de mí / Quiero ser el murmullo de alguna ciudad / Que no sepa quién soy”. Son las posibilidades ilimitadas de las canciones. Cuando nos refugiamos, queremos perdernos en ellas, ser anónimos, extraños, desconocidos, partir de nuevo; también podemos transformarnos en otras versiones de nosotros mismos, convertirnos en ficción, en un remix más bailable o sombrío, según la ocasión. Y así revivir los sentimientos.
El libro es un compilado, con lados A y B. Es una referencia a los casetes que solíamos grabar y amar: una mezcla de juego de seducción, autorretrato intencionado y polaroid de locura magnética. La portada argentina original, de Vinilo Editora, es una ilustración cenital de un auto iluminando la noche con sus focos, acaso uno de los momentos más íntimos que había para poner una antología casera y lanzarse a la aventura. Hoy la omnipresente sobreabundancia digital mató al ritual motorizado. Una playlist no es un mixtape, es un arte diferente: los procedimientos y materiales importan. La tapa de la versión chilena, publicada por Laurel, es un guiño al carácter obsoleto del casete, con un pájaro arrancando la cinta de su carcasa. Y, sin embargo, la cinta no se corta, resiste, porfiada, como el poder indestructible de las canciones.
Las selecciones de Libertella, excepto por una excursión por el tango, la obra de Franco Battiato y una rareza de The Velvet Underground, pertenecen a artistas masivos. “Las bandas que me han hecho más feliz son las mismas que hicieron felices a casi todos los demás”, explica en el prólogo de la edición local, que sumó dos bonus tracks: “Ashes to Ashes” de David Bowie y “Glory Days” de Pulp. Este tema de 1998, en la frontera de la irrupción masiva del mp3, es una doble despedida: el ocaso del britpop y el fin de la era del casete. “Es fácil ver los comienzos de las cosas y es difícil detectar los finales”, observa el autor.
En Canción, llévame lejos hay calidez envuelta en una precisa dosis de nostalgia, tal como cuando Jarvis Cocker admite que “Y si todo termina en nada, no importa / Siguen siendo nuestros días de gloria”. Por un rato, el espejismo de que todo tiempo pasado fue mejor se lee libre de resentimiento y dolor, con la complicidad y la sonrisa agradecida (aunque sea con alguna lágrima) que nos dejan las canciones que nos construyeron. Esas que capturamos en pequeñas cajas plásticas, hace tiempo, cuando éramos otros.
