Por Michael Delgado*
Hacia el final de Fortuna, Mildred Bevel, moribunda de cáncer en un sanatorio suizo, observa el vaso sobre la mesa que tiene delante y percibe algo milagroso y triste. “Agua obligada a someterse a la disciplina de un cilindro vertical”, anota en su diario. “El espectáculo deprimente de nuestro triunfo sobre los elementos”. Es un raro momento de claridad filosófica en una novela cuyo tono predominante es la disimulación. Pero también es una reflexión que cristaliza un tema central de la segunda novela de Hernán Díaz: las formas en que los humanos intentan dominar fuerzas que están más allá de su control.
El marido de Mildred, el financiero neoyorquino Andrew Bevel, ofrece el ejemplo más contundente de ello. Lo conocemos por primera vez a través de sus memorias inacabadas, escritas en 1938, que conforman la segunda sección de Fortuna. Un hombre de negocios severo y retraído, cuyas astutas transacciones durante la década de 1920 lo catapultaron a una riqueza tan descomunal que comenzaron a cuestionarse sus métodos, Andrew usa sus memorias para refutar los rumores sobre juego sucio y preservar la “memoria” de su difunta esposa. Todo es muy portentoso, caracterizado por declaraciones impasibles: “Mis actos durante la década de 1920… ayudaron a salvaguardar la salud de la economía de nuestra nación”; “el interés propio, si se encauzaba correctamente, no tenía por qué estar divorciado del bien común”. En la tercera sección de la novela, unas memorias de Ida Partenza, la joven secretaria a quien Andrew eligió para que escribiera las suyas, aprendemos más sobre por qué Andrew decidió dejar constancia de su versión de los hechos. Le dice a Ida que tener una vida pública “es una consecuencia no deseada de mi trabajo. He intentado cortarla de raíz, aplastarla a pisotones. Siempre vuelve a crecer. Siempre. Con fuerzas redobladas. Así pues, he decidido asumir el control de ella. Si he de tener una vida pública, prefiero mostrarle al mundo mi versión”.
El principal motivo de la irritación de Andrew es Obligaciones, una novela en clave y además superventas, escrita por un misterioso personaje llamado Harold Vanner (quien, según descubrimos, conoció a personalmente a Mildred, aunque no está claro hasta qué punto), la que ha arrasado en la Nueva York de los años 30 y constituye la primera sección de Fortuna. Ida recuerda cómo, la primera vez que ella y Andrew se conocieron, él le enseñó un ejemplar, diciéndole que en el libro “es evidente que habla de mi mujer y de mí” y que “da una mala imagen de nosotros”. En Obligaciones, Andrew es ficcionalizado como Benjamin Rask, quien crea y consolida su fortuna vendiendo acciones a corto plazo durante las diversas crisis de Wall Street de principios del siglo XX, dejándolo como “el único superviviente” entre los escombros. El público empieza a creer que “todo —las caídas del mercado, la incertidumbre, el pesimismo que había llevado a vender por pánico y en última instancia el desplome que arruinaría a multitudes— había sido orquestado por Rask”. Sin embargo, lo que más irrita a Andrew es la descripción que hace Vanner de su esposa, cuya doble en Obligaciones, Helen, no muere de cáncer, sino que cae en una locura no especificada, exige ser internada en un sanatorio suizo y, mientras está allí, se somete a un tratamiento experimental, autorizado por su marido, que le provoca convulsiones y acaba matándola. “Estoy acostumbrado a que me calumnien”, le dice Andrew a Ida, pero “no pienso permitir que esta invención llena de oprobios se convierta en la historia de mi vida, que esta vil fantasía ensucie el recuerdo de mi mujer”. Es fácil entender por qué Andrew querría corregir esta “invención llena de oprobios”, pero a medida que avanza la novela, se hace evidente que su versión de los hechos no es necesariamente más veraz que la del best-seller de Vanner.
Probablemente ya sea obvio que Fortuna es una aventura retorcida y posmoderna, mucho más innovadora formalmente que la aclamada primera novela de Díaz, A lo lejos. Díaz utiliza múltiples perspectivas para diseccionar la vida de un hombre a través de cuatro documentos muy diferentes: un enfoque eficaz, a la vez edificante y desestabilizador, en el que se exponen gradualmente las contradicciones entre las diversas versiones de los hechos. La veracidad del testimonio de Andrew se pone, por ejemplo, en duda cuando nos enteramos de que en un momento dado le pidió a Ida que pensara en algunos detalles hogareños sobre Mildred, diciéndole que “siendo una mujer, esa estampa la pintará mucho mejor usted”. Si bien las dos primeras secciones son esenciales para el desarrollo de la novela y constituyen actos consumados de ventriloquía, también son lecturas pesadas. Las dos últimas secciones, las memorias de Ida y el diario de Mildred en su lecho de muerte, son mucho más francas y convincentes. Aquí, ambas mujeres comienzan a revelar que la condición de Andrew como adivino bursátil es una especie de espejismo. (En una novela con escaso humor, es un detalle agradable ver a Ida encontrando copias de El gran Gatsby que se vendían en la tienda de regalos de la casa de los Bevel convertida en museo después de la muerte de Andrew).
Fortuna tiene una inclinación anticapitalista, pero trata menos sobre el dinero que sobre la verdad y la narración (nótese los dobles sentidos tanto del título como de la palabra “obligaciones”, y especialmente sobre las formas en que la verdad, como el dinero, puede ser sometida a la voluntad de quienes ostentan el poder. Como dice el padre de Ida, un obstinado viejo anarquista que desaprueba la incursión de su hija en Wall Street, “la realidad es una ficción con un presupuesto ilimitado”. Se necesita un escritor de considerable talento para lograr una novela estructuralmente tan ambiciosa como esta, y es comprensible que Diaz haya sido recompensado con premios y reconocimientos. Sin embargo, a pesar de todo su ingenio —o tal vez a causa de él—, leer Fortuna es una experiencia un poco carente de emoción, más como ver a alguien resolver un cubo de Rubik que tocar una sonata para piano. La mayoría de los lectores, apostaría, la encontrarán una novela para admirar en lugar de amar.
Artículo aparecido originalmente en Literary Review 511, septiembre (2022). Se traduce con autorización de su autor Traducción: Patricio Tapia
*Michael Delgado estudió literatura en la Universidad de Oxford. Trabajo en Literary Review y ahora es editor asistente en la revista de arte Apollo. Ha escrito reseñas en revista como Prospect, Financial Times, Times Literary Supplement y The Spectator.
