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Lo que Varguitas nos dejó

Apuntes sueltos luego de la muerte de Mario Vargas Llosa, el último escritor del Boom.

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La única vez que lo conocí fue en Nueva York, hace una década y más, cuando lo invitaron para hablar sobre los nuevos populismos de América Latina, o algo así; era básicamente una excusa para hablar mal de Venezuela, Lula, los Kirchner, etc. Cuando me tocó saludarlo, nos dimos la mano, me firmó un libro (La tía Julia y el escribidor), y entre preguntas cordiales le pregunté por la serie The Wire, ya que recientemente la había visto y hasta escribió un artículo para El País. Mi postura siempre ha sido que, independiente del formato, la literatura puede existir en una pantalla de televisión. Algo que a MVLL no le gustó: “Ese comentario no te lo acepto”, me dijo. Y yo, por supuesto, me reí.

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Dentro del Boom, MVLL es central. O sea, el Boom es Gabo y MVLL. Gabo es Marvel y MVLL es DC Comics. No hay Boom sin MVLL. 

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Su muerte no marca tanto el fin de un gran y problemático escritor (tal como lo fue Gabo), sino el fin de un episodio de la literatura latinoamericana y, asimismo, de las letras mundiales. Fue gracias al Boom que el mundo se interesó de las letras latinoamericanas. Es tanto que los gringos y los europeos no se han podido sacar de encima esa imagen: ese bricolage a veces tropical, mágico, realista, revolucionario, que los autores del Boom armaron con sus obras y, a veces más importante, con sus intervenciones políticas.

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Creo que MVLL siempre supo que, a diferencia de Carlos Fuentes (quien se mimetizaba según el autor del Boom que estuviera de moda), se dio cuenta de que para hacerse notar dentro del Boom lo mejor era mutar con los tiempos. Lo cual no siempre le jugó a su favor.

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Ahí está el MVLL que era de izquierdas: “Dentro de diez, veinte o cincuenta años –declaraba, el 4 de agosto de 1967, en Caracas–, habrá llegado a todos nuestros países, como ahora a Cuba, la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea, de las castas que la explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y la reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro anacronismo y de nuestro horror”.

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Y ahí está el de derecha, que cuando Margaret Thatcher pierde el poder en 1990, le hará llegar un ramo de flores con el siguiente enfervorizado mensaje: “Señora, no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecerle lo que usted ha hecho por la causa de la libertad”.

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Puede que el escritor que más se parece a Mario Vargas Llosa no era un autor latinoamericano, sino gringo: Saul Bellow. Ambos, además, eran amigos. Estuve un tiempo en los documentos que tiene la Universidad de Princeton y encontré cartas de MVLL y Bellow. Y en el libro de ensayos La verdad de las mentiras (1990), MVLL incluye Herzog de Bellow, junto a escritores como Virginia Woolf o James ¿Y en qué se parecen? Ambos eran autores que venían de los márgenes (latinoamericano; judío) y ambos, en su juventud, era revolucionarios (MVLL apoyó a Cuba; y Bellow era trotskista), los dos tuvieron romances turbulentos (MVLL se metió con su tía y luego su prima; Bellow tuvo 4 esposas, y con la última un hijo… a los 80 años), y en sus últimas décadas ambos se pasaron de un liberalismo-centrista hasta volverse reaccionarios (MVLL apoya a la derecha latinoamericana que no cree que hubo dictaduras, como Milei y Bolsonaro; y Bellow despreciaba ciertas minorías, además del feminismo, el activismo universitario y el posmodernismo). Pese a esto último, las obras de ambos (especialmente las de los setenta y ochenta) siguen vivas porque son obras donde el autor desaparece para darle voz a personajes que son humanamente erráticos, o erráticamente humanos.

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Novelesca. En el sentido francés de la tradición. Así se define la obra y escritura de Vargas Llosa. De hecho, algo que nunca me gustó de la obra de MVLL es que nunca se atrevió (de nuevo) con el cuento. Solo con Los jefes y los cachorros. Era un novelista. Gran novelista. Y un novelista, la mayor del tiempo, al estilo francés. MVLL no creía en las formas breves; solo en las narrativas totalizadoras. Por eso mismo se hizo político e intentó ser presidente. Me imagino que hay una realidad alternativa donde MVLL es presidente del Perú, y puede que haya hasta otra realidad alternativa donde MVLL pasa de ser un presidente elegido democráticamente a un autócrata como Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Donald Trump, Javier Milei y Nayib Bukele. 

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La literatura de MVLL es un modelo para armar y desarmar, por eso seguirá viva por un buen tiempo. Tienes el MVLL con novelas de aprendizaje (La ciudad y los perros; Los cachorros y los jefes), el MVLL barroco (La casa verde), el MVLL lleno de humor y antimilitar (Pantaleón y las visitadoras), el MVLL folletinesco (La tía Julia y el escribidor), el MVLL que escribe novelas históricas (La guerra del fin del mundo; La fiesta del Chivo) … y podría seguir. Para MVLL, la novela era un espacio denso y diverso y lleno de sorpresas, tal como la vida misma.

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Otro elemento de la obra de MVLL: es completamente limeña. Yo amo Lima. Y leer MVLL es visitar un poco Lima. Y el Perú. Y me encanta que MVLL haya muerto en Perú. “¿En qué momento se jodió el Perú?” se pregunta una de sus novelas, Conversación en La Catedral, y un titular adecuado para la muerte de MVLL sería: Se lo jodió el Perú.

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Su influencia en las generaciones que lo sucedieron: mucha. Hay que leer a MVLL y leerlo y seguir leyendo y discutir con él y sus personajes. Hay que leer a MVLL a pesar de que apoyó a Kast en Chile, algo que seguramente él no decidió, sino que su hijo Álvaro Vargas Llosa lo empujó a hacer. De hecho, la peor creación de MVLL es su hijo Álvaro Vargas Llosa, quien parece uno de esos personajes de las novelas de su padre, de esos que están empecinados en seguir arruinando al Perú.

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Las generaciones de izquierda que lo sucedieron, pese a despreciarlo políticamente, lo han leído, de todas maneras, y lo seguirán leyendo con recelo. No es como Roberto Ampuero, por ejemplo. En la obra de MVLL hay momentos en que lo literario cancela lo político, y otros momentos en que sucede lo contrario. Tal como Louis-Ferdinand Céline, ese “personaje repugnante”, como dijo MVLL: “Pero hay muchos casos de personajes poco estimables y, sin embargo, extraordinarios escritores”.

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Yo me leí sus primeras novelas (La ciudad y los perros; La casa verde; Conversación en La Catedral) en una etapa formativa y me lo pasé bien. Me daba rabia y ansiedad al saber que MVLL escribió todas esas antes de tener 33 años. También es cierto de que MVLL era productivo porque tuvo mujeres en su vida que lo sustentaban, financiaban y le daban todo el tiempo libre. Si no me cree, lean el libro de su tía Julia Urquidi Illanes, Lo que Varguitas no dijo, donde dice: “Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho. Sin mi ayuda no hubiera sido escritor. El copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir”. 

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Luego de eso lo dejé de leer por un buen tiempo, hasta que descubrí el MVLL de mediados de los 80, ese previo a intentar ser presidente, ese que publicó El hablador e Historia de Mayta, solo por nombrarte dos. Creo que ese es el MVLL que más me interesa ahora, uno que buscaba noficcionear la realidad. Escritores como Alberto Fuguet y Javier Cercas son vástagos de esa rama de la obra de MVLL, pero también, no sé, creo que MVLL estaba haciendo cosas con la autoficción antes de que esta se pusiera de moda y llegara Emmanuel Carrère y los sospechosos de siempre.

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Sus novelas sin manuales de escritura, cosas como el uso de planos temporales dentro de un mismo libro, las formas en que el pasado vive con nosotros en el presente, y cómo eso afecta ese futuro que ya se volvió presente. Cuando estaba escribiendo mi novela Campus (que aparece a fin de año en España, y el próximo en Chile), volví a algunos de sus ensayos sobre se explaya sobre cómo distintas temporalidades pueden convivir en la novela. 

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Esa es la magia de la ficción: podemos habitar el pasado, presente y futuro al mismo tiempo. O en sus propias palabras: “La literatura es una manera de resistir la muerte”. Y MVLL llevó esto a cabo tanto en sus novelas, como lo dejó escrito a modo de manual para lectores curiosos y escritores en ciernes.

Por Antonio Díaz Oliva

Nació en Temuco, Chile, y actualmente vive en Chicago, Estados Unidos. Ha publicado seis libros y además traducido a Virginia Woolf, Henry David Thoreau, Roberto Arlt, George Eliot y G. K. Chesterton. Actualmente trabaja como editor y traductor en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago.

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