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“¿Quién tiene derecho a tener derechos?”: carta de un preso político palestino

Mahmud Khalil, un estudiante palestino de la Universidad de Columbia, fue detenido por participar en las protestas contra la guerra de Gaza.

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Luego de su arresto, Mahmoud Khalil, el estudiante palestino de la Universidad de Columbia que fue detenido para ser deportado pese a ser residente permanente en EEUU, pudo enviar una carta desde la cárcel. El arresto de Mahmoud Khalil sucede cuando junto con su esposa, Noor Abdalla, esperan en un mes la llegada de su primer hijo. Además, todo esto sucede en medio del nuevo gobierno de Donald Trump, quien ha vuelto al poder desmantelando las instituciones y profundizando sus políticas anti-inmigratorias y contra las minorías.

 Su texto, acá traducido por primera vez al español, se puede leer como un caso más del género literario de las cartas desde la cárcel. Casos como el libro Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci, o las cartas de Rosa Luxemburgo sobre la deriva totalitaria de la Revolución rusa, un poco antes de que fuera asesinada por las fuerzas paramilitares alemanas.

Otro ejemplo es “Carta desde la cárcel de Birmingham” por el Dr. Martin Luther King Jr., donde se va en contra en contra de esa gran mayoría moderada que miraba con suspicacia las protestas por los derechos civiles. O el caso del ensayista Henry David Thoreau, quien fue encarcelado al año siguiente por no pagar sus impuestos electorales, una experiencia que ayudó a inspirar su ensayo Desobediencia civil, en el que señaló: “Bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el verdadero lugar para un hombre justo también es una prisión”.

Dictada por teléfono desde el centro de detención de ICE

18 de marzo de 2025

Me llamo Mahmoud Khalil y soy un preso político. Les escribo desde un centro de detención en Luisiana, donde me despierto en medio de mañanas frías y paso largos días presenciando las silenciosas injusticias que se cometen contra muchísimas personas a quienes no se les protegen sus derechos. 

¿Quién tiene derecho a tener derechos? Ciertamente, no las personas que veo en estas celdas. Como el senegalés que conocí, que lleva un año privado de libertad, con su situación legal en el limbo y su familia a un océano de distancia. Como esa persona detenida de 21 años, a quien conocí, y que llegó a este país a los nueve años, solo para ser deportado sin un juicio. 

La justicia se escapa de los límites de las instalaciones de inmigración de este país.

El 8 de marzo los agentes del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (DHS) me arrestaron, se negaron a proporcionarme una orden judicial y nos hostigaron a mi esposa y a mí cuando regresábamos de cenar. Las imágenes de esa noche ya son públicas. Antes de que pudiera darme cuenta, los agentes me esposaron y me obligaron a subir a un coche sin patente ni marca alguna. En ese momento, mi única preocupación era la seguridad de Noor. No tenía ni idea de si a ella también se la llevarían, ya que los agentes habían amenazado con arrestarla si es que no se separaba de mí. Nadie del DHS me dijo nada; desconocía la causa de mi arresto ni si me enfrentaba a una deportación inmediata. Estaba en el centro número 26 de Federal Plaza, donde dormí en el suelo frío. De madrugada, los agentes me trasladaron a otro centro, esta vez en Elizabeth, Nueva Jersey. Allí, dormí en el suelo y me negaron, a pesar de mi solicitud, una manta.

Mi arresto fue consecuencia directa de ejercer mi derecho a la libertad de expresión. Por defender una Palestina libre y el fin del genocidio en Gaza, que se reanudó con fuerza el lunes por la noche. Con el fin del acuerdo del alto el fuego de enero, los padres en Gaza vuelven a cubrir con velos cuerpos pequeños, y las familias se ven obligadas a sopesar entre el hambre y el desplazamiento versus las bombas. Es nuestro imperativo moral persistir en la lucha por su completa libertad.

Nací en un campo de refugiados palestinos en Siria, en el seno de una familia desplazada de su tierra desde la Nakba de 1948. Pasé mi juventud cerca, pero lejos de mi tierra natal. Pero ser palestino es una experiencia que trasciende fronteras. Veo en mis circunstancias similitudes con el uso que hace Israel de la detención administrativa —encarcelamiento sin juicio ni acusación— para despojar a los palestinos de sus derechos. Pienso en nuestro amigo Omar Khatib, quien fue encarcelado sin cargos ni juicio por Israel al regresar a casa de un viaje. Pienso en el Dr. Hussam Abu Safiya, director del hospital de Gaza y pediatra, quien fue capturado por el ejército israelí el 27 de diciembre y permanece hoy en un campo de tortura israelí. Para los palestinos, el encarcelamiento sin el debido proceso es algo común.

Siempre he creído que mi deber no es solo liberarme del opresor, sino también liberar a mis opresores de su odio y miedo. Mi injusta detención es indicativa del racismo antipalestino que las administraciones de Biden y Trump han demostrado durante los últimos 16 meses, mientras Estados Unidos ha seguido suministrando armas a Israel para matar palestinos e impidiendo la intervención internacional. Durante décadas, el racismo antipalestino ha impulsado esfuerzos que expanden las leyes y prácticas estadounidenses que se utilizan para reprimir violentamente a palestinos, árabes-estadounidenses y otras comunidades. Precisamente por eso me están atacando.

Mientras espero decisiones legales que pondrán en juego el futuro de mi esposa y mi hijo, quienes permitieron que yo fuera atacado siguen cómodamente en la Universidad de Columbia. Los presidentes Shafik, Armstrong y el decano Yarhi-Milo sentaron las bases para que el gobierno de Estados Unidos me atacara. También han disciplinado arbitrariamente a estudiantes pro-palestinos y permiten que campañas virales de acoso estilo doxing, basadas en el racismo y la desinformación, siguieran sin control alguno.

La Universidad de Columbia me atacó por mi activismo, incluso creao una nueva oficina disciplinaria autoritaria para eludir un debido proceso judicial y así silenciar a los estudiantes que critican a Israel. La Universidad de Columbia cedió a la presión federal al revelar los expedientes estudiantiles al Congreso de Estados Unidos. De esa forma esta universidad cedió a las últimas amenazas de la administración Trump. Mi arresto, la expulsión y/o suspensión de al menos 22 estudiantes de Columbia —algunos despojados de sus títulos de licenciatura apenas unas semanas antes de graduarse—, así como la expulsión del presidente del Sindicato de Estudiantes, Grant Miner, en vísperas de las negociaciones de un nuevo acuerdo, son claros ejemplos.

En todo caso, mi detención es un testimonio de la fuerza del movimiento estudiantil para cambiar la opinión pública en cuanto a la liberación de Palestina. Los estudiantes han estado durante mucho tiempo a la vanguardia del cambio: ya sea liderando la lucha contra la guerra de Vietnam, participando en la primera línea del movimiento por los derechos civiles, como impulsando la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Hoy también, aunque el público aún no lo comprenda plenamente, son los estudiantes quienes nos guían hacia la verdad y la justicia.

La administración Trump me está atacando como parte de una estrategia más amplia que busca reprimir la disidencia. La gente que tiene visas de estudiantes, así como de tarjetas de residencia (grencards) y hasta los ciudadanos serán objeto de persecución por sus ideas políticas. En las próximas semanas, estudiantes, defensores y funcionarios electos deben unirse para defender el derecho a protestar por Palestina. No solo están en juego nuestras voces, sino las libertades civiles fundamentales de todos.

Consciente de que este momento trasciende mis circunstancias individuales, espero poder presenciar el nacimiento de mi primogénito.

*Traducción por Antonio Díaz Oliva

Por Antonio Díaz Oliva

Nació en Temuco, Chile, y actualmente vive en Chicago, Estados Unidos. Ha publicado seis libros y además traducido a Virginia Woolf, Henry David Thoreau, Roberto Arlt, George Eliot y G. K. Chesterton. Actualmente trabaja como editor y traductor en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago.

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