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Philip K. Dick, reparador de mundos

Los universos alternativos creados por Philip K. Dick colapsan muy rápidamente, señala David Lapoujade, quien destaca la importancia del delirio, de la paranoia —y sus puntos en común con la religión y las drogas— para representar sociedades cada vez más sujetas a las máquinas y al control. Y muestra cómo la aparente desintegración de las novelas de Philip K. Dick puede verse como una estrategia para reformar esta sociedad.

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Por Sébastien Omont*

David Lapoujade ha escrito sobre Deleuze (de quien editó dos colecciones de textos póstumos), Bergson, Emerson y Henry James. Después de la reedición de diversos libros de Philip K. Dick, el hecho de que un autor así le dedique un libro constituye una nueva prueba de que la ciencia ficción se toma cada vez más en serio. Su introducción la define como la creación de mundos. Sin embargo, los mundos de Philip K. Dick son singularmente frágiles y cambiantes: “amo crear mundos que se caigan realmente a pedazos al cabo de dos días”, escribió. “Me gusta ver cómo se desintegran y me gusta lo que hacen los personajes de la novela cuando se ven enfrentados a ese problema”. Según David Lapoujade, podemos vincular esta característica al hecho de que nuestras sociedades contemporáneas funcionan como una novela de ciencia ficción, “las noticias sobre el estado presente del mundo” se convierten en “una sucesión de relatos anticipatorios sobre su estado futuro”. A medida que las noticias se multiplican, el efecto es “abrumador”. Hoy en día, cada información contiene potencialmente una advertencia sobre el destino del mundo.

Así, la ciencia ficción dickiana sería un medio para explorar “las profundidades de la realidad para adivinar qué nuevos engaños ya están funcionando allí”. La noción de delirio es crucial para un escritor que, a menudo de forma explícita, ha puesto la enfermedad mental en el centro de su obra. Los clanes de la luna alfiana se desarrolla en un satélite transformado en un manicomio, Tiempo de Marte adopta el punto de vista de un joven esquizofrénico, los “precogs” de “El informe de la minoría” (“Minority Report”) son “idiotas” y “retrasados”, etc. A menudo ayudados por las drogas o por un determinado estado, la “semi-vida” o el coma, o incluso por el fanatismo religioso, los protagonistas ofrecen su versión delirante de la realidad. Pero David Lapoujade muestra no sólo que estos delirios nos permiten considerar los posibles, sino también que constituyen una respuesta individual a la alienación de nuestra sociedad del control.

Ante una realidad que sabe que no es más que un artificio o incluso una locura, el delirante —subraya David Lapoujade— opone la verdad de su versión. El autor compara este enfrentamiento con la lucha entre el psiquiatra y el loco descrita por Michel Foucault en El poder psiquiátrico. En Dick, la “realidad” es denunciada como una visión subjetiva entre otras, engañosamente impuesta como verdad universal. No es más que la proyección de una psique, un conjunto de normas sociales o incluso una mentira deliberada impuesta por un poder que tiene los medios. Así, en Ojo en el cielo, “el mundo pasa por sucesivas transformaciones en función de los valores morales, las convicciones políticas y las creencias de cada uno de los personajes” sumidos en un coma. En consecuencia, como el protagonista de Los tres estigmas de Palmer Eldritch, “en las novelas de Dick, los dealers son tan poderosos como dioses pues suministran mundos paralelos”.

Quien controla la producción de las apariencias controla el mundo. En La penúltima verdad, los dirigentes mantienen a la mayoría de la población encerrada en ciudades industriales subterráneas haciéndoles creer que una guerra total está asolando la superficie del planeta. David Lapoujade muestra cómo esta visión de la realidad puede aplicarse a nuestra sociedad contemporánea a través de la oposición que encontramos en Philip K. Dick entre máquinas y humanos: “Las nuevas tecnologías no tienen por objetivo transformar el mundo existente, sino reemplazarlo por mundos artificiales”. El escritor californiano veía los Estados Unidos de los años de 1950 como un mundo en “falso”, “un auténtico parque de diversiones para niños eternos”. Para “confrontar lo falso consigo mismo”, se apropia de los medios de la sociedad de consumo: la multiplicación de objetos, como las muñecas Pat de Los tres estigmas de Palmer Eldritch y “En los tiempos de Pat Doll” o las réplicas imperfectas de “La paga del duplicador”, la adicción al juego en “Un juego sin azar”, las técnicas de venta agresivas en “Mercado cautivo” o “Foster, estás muerto”, los formularios de publicidad en Ubik, ganas de comprar en todas partes.

Sin embargo, el desarrollo de las máquinas también amenaza la propia existencia de los seres humanos. En los textos de Philip K. Dick abundan los falsos humanos, androides o invasores extraterrestres. Pero, sobre todo, las máquinas inteligentes, compitiendo con los humanos, asfixiándolos bajo sus servicios, les imponen su modo de funcionamiento, su visión, su mundo. Desde “Los defensores” de 1952, los robots, aunque impulsados ​​por buenas intenciones, engañan a los hombres sobre la realidad. Las máquinas obstaculizan la pluralidad de los posibles, la flexibilidad adaptativa, el cambio, del mismo modo que las fábricas inteligentes de “Autofab” entregan imperturbablemente su producción inútil a pesar del agotamiento de los recursos naturales.

Para controlar un mundo que deviene “inestable, precario”, con información casi instantánea, debemos producir nuestra realidad continuamente poniendo “la tecnología al servicio del control de las vidas”. Los mundos de Philip K. Dick, aunque murió en 1982, son, por lo tanto, adecuados para describir el funcionamiento del nuestro, la misma tecnología al servicio de la proliferación de información y de un mayor control y vigilancia. En “Lo recordaremos por usted perfectamente”, incluso se manipula la memoria de Douglas Quail, y el sapo eléctrico del final de Blade Runner puede verse como el símbolo de una realidad enteramente artificial.

Blade Runner

Afortunadamente, las novelas y los cuentos de Dick también contienen la solución. Retomando la distinción de Lévi-Strauss entre el ingeniero y el bricoleur, David Lapoujade señala la presencia en la obra de Dick de reparadores, de parchadores, desde el padre de familia que construye una barcaza en su jardín (“El constructor») hasta el ingeniero de “La paga” que se transforma en bricoleur para recuperar la memoria, pasando por el reparador del “sible” (“Servicio técnico”). A diferencia de las “máquinas perfectas pero irreparables”, el bricoleur para Philip K. Dick es capaz de “ensamblar fragmentos de mundos heterogéneos para circular entre ellos”. Gracias a la empatía, cualidad propiamente humana, el bricoleur se adapta a la inestabilidad del mundo moderno, sin obligarlo a una representación normativa, que su rigidez volvería falsa.

La buena noticia, concluye David Lapoujade, es que, según Philip K. Dick, el mundo es reparable: “No se trata de pensar grandes totalidades fuera del alcance de toda acción individual (‘la’ sociedad, ‘el’ capitalismo, ‘el’ mundo) si no es para mostrar cómo se desmoronan. Si Dick los hace colapsar es para reconstruirlos, remendarlos de otro modo. Vamos a reconstruir un mundo, pero a nuestra manera, con lo que hay. Es así que se forman alianzas, comunidades o bandas de reparadores en Dick. […] La realidad del mundo no está dada, sino que se debe construir y aquello en lo que se convertirá depende de la parte activa de cada individuo, de las acciones que emprende con otros, aquí y ahora”. También en este caso las novelas de Philip K. Dick, heteróclitas, no lineales, impredecibles, están en sintonía con nuestra época.

Artículo aparecido originalmente en la revista En attendant Nadeau 132 (2021). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

La alteración de los mundos, David Lapoujade (Trad. P. Ires). 2022, Editorial Cactus. 154 páginas.

*Sébastien Omont estudió literatura moderna, forma parte del equipo editorial de la revista En attendant Nadeau y es miembro fundador de la revista La Femelle du Requin.

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