Imaginemos un mundo en el que el trabajo ya no sería prerrogativa exclusiva de los seres humanos sino también de otras formas de vida que los rodean. Respecto a los animales, la propuesta ya había sido hecha por la socióloga Jocelyne Porcher, que desde 2002 defiende la hipótesis según la cual ellos también “trabajan”. Pero vayamos más allá: ¿cómo sería un mundo poblado por estos “trabajadores estacionales” que serían plantas?
Para el antropólogo Dusan Kazic, investigador asociado del laboratorio Pacte de la Universidad de Grenoble-Alpes y autor de Cuando las plantas hacen lo que les da la gana, esto no es ficción. Él ya observa este mundo a través de las relaciones que se forman entre los agricultores y sus cultivos. ¿Le parece descabellada la idea? Esto se debe a que, hasta ahora, “las plantas siempre eran descritas por sí mismas, pero nunca observadas en sus relaciones con los seres humanos. Entonces, la idea de que podamos forjar vínculos con las plantas es totalmente impensable”. Quitar esta condición impensable es la apuesta que hizo este investigador durante sus encuestas a agricultores, en que están todos los modelos de producción combinados.
¿Su método? “Tomar en serio las palabras de los campesinos”. Muy rápidamente, “nos damos cuenta de que, para ellos, las plantas nunca son objetos inanimados. Por tanto, si dicen que una determinada planta es ‘inteligente’, ‘estúpida’ o bien que ella ‘trabaja’, no es una metáfora”. Por eso el investigador insiste en entender estas palabras en su sentido literal. Una postura que permite, sobre todo, dar un juicioso paso al costado: “Lo que me importa es observar lo que esto provoca en su vida cotidiana y en las relaciones que mantienen con el mundo vegetal”, asegura.
En el seno de estas estrechas relaciones, la planta resulta llevar diferentes «modos de existencia»: en ciertas ocasiones, el agricultor puede ver en ella a un ser que participa activamente en el trabajo, pero, en otras ocasiones, este modo de existencia de «asociación» puede inclinarse hacia el lado de la dominación. En definitiva, una forma de esclavitud del agricultor, obligado, por ejemplo, a levantarse a las cuatro de la mañana para recoger tomates o a renunciar a sus vacaciones. Las plantas tienen así un “poder de actuar”, que nada tiene que ver con alguna intencionalidad: “No te equivoques, en ningún momento los calabacines pretenden impedirte que te vayas de vacaciones el 15 de agosto. Aunque, de hecho, lo hacen de todos modos. Los campesinos domestican las plantas cultivándolas, pero ellas a su vez los domestican”.
Codomesticación
A partir de ahí, todo cambia en la forma de abordar las cuestiones agrícolas: “Tradicionalmente distinguimos entre productivistas y no productivistas, los buenos y los malos modelos. Pero, incluso cuando se oponen, en el fondo están de acuerdo: debemos producir para alimentarnos. Yo creo que la tierra no produce, ella trabaja. Por lo tanto, lo que cuenta es la calidad del trabajo entre especies, incluso más que los preceptos abstractos de la economía: los rendimientos por hectárea o los quintales cosechados. Ahí radica la paradoja de la modernidad: entendemos la producción como algo material, cuando es un concepto inventado desde cero por los economistas. ¿No son las relaciones con otros seres vivos las que constituyen la verdadera materialidad de nuestro mundo? En consecuencia, no existe una “buena” producción, sino diferentes tipos de codomesticaciones”.
Por lo tanto, no es lo mismo cultivar cereales en 2 o en 500 hectáreas y lo que se perturba es el tipo de trabajo entre especies. Para Dusan Kazic, una cosa es segura: vale la pena intentar dar un paso lateral: “Miles de libros condenan el productivismo y el capitalismo, y se pueden seguir escribiendo miles más. Para decirlo rápidamente, todo el mundo sabe que la empresa de agroquímicos Monsanto es ‘mala’ y, sin embargo, nada cambia. Una señal de que este discurso no es efectivo. ¿Cómo quieres cambiar el mundo, sin cambiar el relato?”.
Y para dejar claro el punto: “Sin otro relato, nos limitamos a la crítica, al tiempo que reforzamos el discurso dominante que ha estado proclamando durante siglos, con la economía como respaldo, que debemos producir para alimentarnos”. Pero interesarse principalmente por los vínculos con los demás seres que nos rodean, animales y plantas, es despojar al trabajo de su racionalidad técnica y económica, orientarlo hacia la construcción de una convivencia y, así, “tomar literalmente en consideración a los seres vivos”. ¿Es suficiente para sembrar algunas semillas en mentes sedientas de alternativas?
Este artículo apareció originalmente en Revue Sesame 05.06 2023. Se traduce con autorización de la autora y de la revista. Traducción: Patricio Tapia
