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La escritura, un artefacto cultural

Los enigmas de las formas de escritura descifradas y no descifradas aún, las surgidas de un largo proceso histórico y las inventadas de la nada, como un libro de viajes en el tiempo y el espacio a través de códigos en todo el mundo es lo que ofrece Ferrara.

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La escritura —el hábito de convertir el lenguaje en algo que pueda transmitirse a través del espacio y el tiempo— tiene 5.000 o más años de antigüedad; pero eso no es nada en términos evolutivos. A diferencia del habla, la lectura y la escritura implican partes del cerebro reservadas para otras tareas por las personas analfabetas. En otras palabras, no es algo natural. “La escritura es un objeto creado por nosotros… No es biológico, no está en los genes. Es, en pocas palabras, un artefacto cultural”, escribe Silvia Ferrara en La gran invención. Al ser llevada a sus límites, esta concepción de una herramienta conocida se vuelve aún más inquietante: “de la escritura es posible hasta prescindir”.

Para Ferrara, escribir es parte de una historia más amplia sobre el ingenio y la curiosidad. “Los protagonistas de esta historia… no son únicamente las escrituras, ni quienes las descubrieron o descifraron. Los protagonistas somos nosotros, nuestro cerebro, nuestra capacidad de comunicarnos e interactuar con la vida que nos rodea”. Es una vista panorámica que abarca milenios entre las múltiples invenciones de diferentes escrituras y los esfuerzos más recientes por descifrar sus restos arqueológicos. Y es sensata: se resiste firmemente a la tentación de acorralar el material histórico en una teoría que lo explique todo.

El relato siempre surge desde o con un ángulo inesperado. “Mira las cosas a tu alrededor”, insta Ferrara: en lugar de contar la historia de las letras a través de las imágenes de las que provienen, señala indicaciones universales para las letras, las L en las mesas, las V entre montañas, las “o” del sol, el asterisco de las estrellas, los rizos significativos de cuerdas y cables. La neurociencia nos dice que las líneas y los contornos son más importantes para nuestra corteza visual que lo que hay entre ellos, y una comparación de escrituras a lo largo del tiempo muestra la misma frecuencia de formas, desde las omnipresentes formas de tipo L y T hasta las menos comunes, pero aun así recurrentes X y F. “Es como si la escritura, en su evolución, hubiera buscado la semejanza con los contornos de la naturaleza, para ser más fácil de percibir y más sencilla de leer”.

Sin embargo, la escritura que no se puede leer fácilmente sigue siendo instructiva. No saber lo que significa una escritura nos obliga a pasar de los símbolos a su contexto, por lo que desde el principio Ferrara pone a las culturas insulares —Creta, Chipre e Isla de Pascua— en primer plano. Lejos de ser periferias aisladas, estos lugares eran “destellos de creación y aspiración, afirmaciones de identidad”, impulsados ​​por “un deseo profundo, quizá común para todos nosotros: demostrar que somo únicos”. Esta singularidad fue la base tanto del éxito como de la caída de sus sistemas de escritura: el deseo de expresar una identidad significaba que las escrituras se limitaban al lugar de la invención y, sin extenderse más lejos, estaban condenadas al fracaso. “Muchas veces nuestras escrituras insulares no son historias de éxito”, escribe. “Ni en sí mismas, porque mueren, ni para nosotros, que no logramos descubrir sus enigmas”.

Pero esos enigmas impulsan la curiosidad de Ferrara por la escritura: el desciframiento es el tema de su propia investigación, y el corazón de este libro es una especie de manifiesto, un llamado a la colaboración, para comprender las formas en que se entrelazan la invención y el redescubrimiento interpretativo. Celebrando el trabajo de arqueólogos, antropólogos, ingenieros geomáticos, historiadores, científicos informáticos, cognitivistas y expertos en lingüística, Ferrara describe su campo de estudio como: “un territorio cooperativo y la acción ya no está en manos de un poeta. En resumen, el mantra hoy es sinergia. No solo de grupo, sino también de pensamiento”. Es un llamado a las armas en estos días de límites y silos académicos, pero lo más importante es que dice algo sobre la tecnología que está investigando.

El hecho de que sistemas independientes surgieran en todo el mundo varias veces no es suficiente para que Ferrara concluya que la escritura alguna vez tendría que suceder. “No hay nada inevitable, determinista ni teleológico en la invención de la escritura”, escribe, enfrentándose a Jared Diamond y Yuval Noah Harari, quienes han enfatizado la “necesidad” de la escritura y su posterior invención como medio para satisfacer esa necesidad. Escribir, desde esta visión mecanicista, es la respuesta de un ingeniero, una solución a un problema, pero este “problema” fue identificado desde el punto de vista del presente, de una sociedad altamente alfabetizada. ¿Este “problema” fue reconocido como tal por las sociedades que desarrollaron la escritura? ¿Sintieron esa falta vista por Diamond y Harari? De ser así, la respuesta habrían sido invenciones únicas, lo que no vemos en el registro histórico.

Escribir no es un diagrama de ingeniero. En repetidas ocasiones, descubre Ferrara, surgió como resultado de “un proceso, de acciones coordinadas, acumulativas, graduales” (excepto las intervenciones de inventores solitarios como Sequoyah, el polímata estadounidense e indígena que escribió el idioma cheroqui, e Hildegarda de Bingen, creadora de una mística litterae ignotae en el siglo XII). “Cometemos un error si consideramos el momento culminante… como un proyecto, un programa o un plan bien concebido”, escribe Ferrara. En cambio, concluye: “La escritura es… una invención social, cuyos factores clave son la conformación, la coordinación y la retroalimentación”. Sin un acuerdo social sobre el uso y el significado de los símbolos escritos, no puede haber comunicación, y esa actividad conjunta da como resultado la adaptación y la innovación en toda la sociedad, lo que se ve en el cambio de convenciones gramaticales.

En su exploración de cuatro sitios en los que se inventó la escritura, por separado —Mesopotamia, Egipto, China y Mesoamérica—–, Ferrara complica la explicación habitual, que es que este “artefacto” surgió para ayudar en el funcionamiento de los Estados y las economías. Da contraejemplos de ambos lados: el tifinagh es una escritura que todavía se utiliza para registrar las lenguas bereberes tuaregs en el norte de África, pero las sociedades que dieron origen a la escritura carecían de una clase gobernante o una burocracia encargada; por el contrario, está Kerma, una cultura de Sudán que formó un Estado hace casi 5.000 años, sin ningún sistema de escritura. La conclusión inevitable es que el énfasis en un propósito burocrático es absurdo. Es históricamente descuidado tener una visión tan teleológica de una invención pasada; peor aún, para Ferrara, socava la maravilla de la escritura y de las personas que la desarrollaron. Los orígenes de nuestra gran invención no se encuentran en ese “gélido monstruo que es el Estado, que dicta impuestos”, sino “en la imaginación…. en la necesidad última de dar, a nosotros mismos y a las cosas del mundo, un nombre”. Los descubrimientos suelen preceder a sus aplicaciones; la curiosidad importa, y “la invención viene más tarde, es un efecto del descubrimiento… necesita un rodaje, tiempo, energía, para convertirse en intención”.

Ferrara escribe con una vivacidad desenfadada. Se dirige al lector con familiaridad y hay muchas invitaciones a hacer un dibujo o adivinar el significado de las palabras, preguntas y comentarios. El estilo directo es deliberado: “He querido que el libro saliera así, como dictado en voz alta… tiene una forma intencionalmente oral, para experimentar hasta qué punto la escritura puede ser una pesada armadura”. El resultado es que “casi sin percatarme, he ido dejando aparte el tema sobre el que escribía: he dejado en un rincón el propio asunto del libro”. Pero no es exactamente eso. El efecto del estilo retórico y de la tendencia de Ferrara a alterar la imagen convencional —enfatizando el contexto, subrayando las interrupciones y las fallas, prestando atención a las lagunas en nuestra comprensión— es ver la escritura como algo distinto de sus usos, objetivos y lenguaje constituyentes. “Saussure, el padre de la lingüística, pensaba en la escritura como algo parasitario, subordinado a la lengua. Error”, argumenta Ferrara. “La escritura también tiene una vida propia, independiente, paralela”. Las comunidades religiosas del islam histórico utilizaban escrituras compuestas por los alfabetos hebreo, griego, árabe y armenio para escribir no solamente las lenguas asociadas a esos alfabetos, sino también las lenguas del imperio, el turco otomano o el árabe. (Por ejemplo, judeoárabe es el nombre que se le da al árabe escrito con letras hebreas). Por el contrario, el alfabeto que está leyendo ahora se utiliza para escribir cientos de idiomas diferentes. El vínculo entre lengua y escritura no es fijo. Como dice Ferrara: “Una escritura puede registrar varias lenguas…, pero una lengua puede registrarse con varias escrituras (pensemos en el griego escrito con el alfabeto y con la lineal B y con el silabario chipriota clásico). Las dos líneas pueden intercambiarse, pero el viaje transcurre en paralelo”.

En la concepción de Silvia Ferrara, la escritura es un objeto frágil, nutrido a lo largo de muchas fases del desarrollo humano. Muchos tipos diferentes de escritura han desaparecido en la oscuridad. Ni siquiera los éxitos duraderos —–el alfabeto que estoy escribiendo ahora, la escritura china, mucho más antigua— estaban garantizados; deben su longevidad a accidentes de la política y la sociedad. La gran invención no es una celebración de logros, sino de momentos de iluminación y de “lo más importante del mundo: el deseo de ser entendidos”.

La gran invención. Silvia Ferrara (Trad. X. González). 2022, Editorial Anagrama. 286 páginas.

Este artículo apareció originalmente en Times Literary Supplement 06.06.2022. Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia

Por Lydia Wilson

Investigadora en la Universidad de Oxford y en la Universidad de Cambridge, editora de New Lines Magazine y de Cambridge Literary Review.

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