En la película del concierto de Talking Heads Stop Making Sense, de 1984, el cantante David Byrne baila alegremente al ritmo de la banda con un traje gris de dos piezas de gran tamaño que ondula como el agua con cada movimiento de su desgarbada figura. Como observa el historiador de la vestimenta Christopher Breward, la chaqueta de proporciones absurdas satiriza tanto la ostentación de los yuppies como el monstruoso egotismo de los artistas; también hay alusiones al teatro Noh japonés y a las lacónicas instalaciones de Joseph Beuys.
Lo de Beuys es un buen detalle, ya que el libro de Breward, El traje, tiene su propia elegancia sobria y modernista. Presenta una historia decididamente despejada de la indumentaria masculina, trazando una línea clara desde los uniformes militares franceses del siglo XVIII hasta los dandis, las películas de Pasolini y la sastrería italiana del siglo XX, al mismo tiempo en que insiste en la “influencia omnipresente del traje en las culturas modernas y contemporáneas”.
La concepción de Breward de lo que constituye un traje —chaqueta abotonada de manga larga, pantalones largos, a veces un chaleco sin mangas— permite un enfoque expansivo. Enmienda cortésmente la historia convencional de la vestimenta que cita el origen del traje en la defensa de la “sotana” por parte de Carlos II (registrada con avidez por un entusiasmado Samuel Pepys en 1666), señalando deudas anteriores con los chalecos árabes y la indumentaria militar. El traje simboliza de diversas maneras la sobriedad posterior a la Reforma, los modelos aristocráticos de gobierno y la moderación de las clases mercantiles, pero también tiene una deuda, afirma, con la invención de la cinta métrica y las técnicas de sastrería desarrolladas en la década de 1820 que permitieron que la idea del cuerpo civilizado se produjera en masa.
A lo largo del camino, Breward hace un guiño a todos los sospechosos habituales de vestirse elegantemente: aparecen Beau Brummell, Thomas Carlyle y Oscar Wilde, y siguen diligentes discusiones sobre modas, las chaquetas Mao y los trajes zoot suit. Cuando el difunto teórico cultural Stuart Hall aparece cuestionando la decencia del “inglés nacido libre” vestido de traje y botas, la objeción parece una molestia dispéptica al lado del elogio de Breward a los hilos finos, y aunque el autor admite el punto de vista de Hall, también pone reparos, ligeramente a la defensiva, sugiriendo con qué facilidad los tejidos y las modas del imperio han permeado el estilo inglés.
Tal vez también haya una especie de galantería en los esfuerzos de Breward por extenderse a una perspectiva más global: presta atención al zhongshan zhuang chino, o traje Mao, con sus cuellos altos abotonados y bolsillos de parche; también al abrigo de cuello cerrado, o chaqueta Nehru, inspirada en el sherwani indio; y, lo más fascinante, al austero y elegante estilo iki japonés, cuyas líneas limpias han tenido una sorprendente vida posterior en la obra de los diseñadores Kenzo Takada, Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto.
Breward siente un inequívoco placer por su tema. Los textiles del especialista están cuidadosamente detallados: “finos estambres, suaves tweeds de Sajonia y ásperos Cheviots”, ricos en legado y misterio. Lo que falta, tal vez, es una sensación de algo más oscuro y triste que también persiste en el traje. La difunta historiadora Anne Hollander dice que hay una especie de “perfección irritante”, una completitud que no encaja con los bordes irregulares de la vida moderna. Breward lo reconoce, pero prefiere detenerse en la capacidad del traje para establecer “un código de relaciones humanas y sociales”. Señala a los banqueros de cara avergonzada que salen de Lehman Brothers con ropa deportiva cara después del colapso del banco en 2008: “Nada podría haber simbolizado mejor un colapso en la confianza pública”, escribe.
Más atractiva para Breward es la simpatía natural que ve entre los trajes y la arquitectura, las conexiones con la estética limpia y racional de Loos y Le Corbusier. Y hay algo profundo y fascinante en la sugerencia tácita de que también podríamos pensar en el traje como una especie de estructura habitable en la que se desarrolla la vida. El libro de Breward es un libro con todos los botones perfectamente abrochados, persuasivo en su afirmación de que el traje y la “civilización humana” que él representa perdurarán. Y, sin embargo, curiosamente, es en los momentos de desaliño o desviación cuando el traje parece más provocativo. Qué revelador es que, en un libro bellamente ilustrado, la imagen más impactante de todas sea la de una mujer, fotografiada por Helmut Newton, con el pelo corto peinado hacia atrás y un cigarrillo en la mano: silenciosa e inexpugnable en su esmoquin de Yves Saint Laurent.
Este artículo apareció originalmente en Financial Times 21.04.2016. Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia
