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Dolor de cuello

Recordando una época de vigilancia y cuellos torcidos para evitar la ley, el autor reflexiona sobre los cambios y el relajo de las restricciones.

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Por un día de trámites en micro, metro y a pie, atravesé barrios universitarios, sectores de Providencia y Ñuñoa. En todos estos lugares olor a marihuana, carteles de oferta de esta misma hierba y de “queques mágicos” verde profundo, jóvenes con latas de cerveza arreglando el mundo sin ningún temor. Quizás qué otras sustancias guardan en sus mochilas. Producto de estas observaciones recordé una situación insólita en Madrid, mientras caminaba desde La Latina a Marqués de Vadillo.

La ley de tabaco en España se había modificado; no se podía fumar dentro de los bares ni en lugares cercanos a niños y niñas. Como decía, deambulaba a mitad de camino de ese trayecto de casi una hora y vi una discusión entre un joven y un Guardia Civil. El “chaval” increpaba al policía: “¿¡Que no me puedo fumar un puto porro en la plaza de mi barrio!?”. El uniformado: “No se trata de eso tío, es que ya no se puede fumar nada cerca de los juegos infantiles, vete un poco más allá”.

A la española, la discusión duró mucho más de lo necesario. Por dentro sopesaba lo inusitado, preguntándome por qué el cabro continuaba dialogando cuando el asunto estaba zanjado. Las pocas veces que viví algo así entre mis veinte y veinticinco, la mano más blanda de la fuerza pública nos hacía vaciar vasos y botellas en el pasto, apagando la guitarra de canciones punk y folclóricas o matando una conversación en apariencia trascendental. Si había cuete o cualquier cosa de ese tipo no había opción. Revisaban bolsos. Si uno del grupo tenía algo, todos a la comisaría y con ello la fila de padres y madres al rescate y un reto que ya no tenía sentido.

Eran operaciones peineta. La “zapatilla” —esas camionetas Chevrolet adaptadas para estos fines— se instalaba más o menos lejos y comenzaba la inspección grupo a grupo. Uno vivía doblando el cuello, de acá para allá, para advertir esta situación lo antes posible y tomar medidas. La mayoría, al ver las balizas y los jóvenes ponerse de pie a lo lejos para el procedimiento, tirábamos el bebestible o lo guardábamos en las mochilas para emprender la retirada. Siempre un rebelde se negaba, insistiendo con no moverse del lugar o un temerario instaba a esperar que los cabos estuvieran más cerca para aprovechar los últimos minutos. Mi generación vivió así los 2000. Torcíamos el cuello a cada rato y apurábamos el paso para subirnos a alguna micro que nos dejara en otra área verde. Por lo general todo declinaba con la ponzoña, la caída de la tarde y la noche presentándose a través de los vidrios.

Sorprendidos de madrugada no se podía zafar. No era raro recibir golpes o por lo menos una patada en el culo al subir al móvil. En la playa era tan común esta dinámica que mientras se ejercía el “protocolo” se seguía tomando hasta que llegaba tu turno. Algunos grupos corrían, otros se quedaban en la fogata asumiendo lo inevitable. No faltaba el delirante que se metía al mar con ropa, asegurando “aquí tienen que venir a buscarme los marinos, la armada, ustedes son de tierra”. Vi a más de un uniformado mirando el espectáculo cagado de risa.

Me pregunto en qué momento se estableció un pacto de no hinchar más las pelotas. Es interesante constatar cómo cambió el color de los vehículos de carabineros: negros en dictadura, verdes en transición y blancos después del “Estallido social”. Incluso la radio de Carabineros de Chile se ha puesto buena onda. Manejando, sin darme cuenta, la he dejado en ese dial. Suenan The Doors, Nirvana, Alice in Chains, cuyos integrantes son conocidos yonquis.

Por Gabriel Zanetti

Escritor, editor y profesor de escritura.

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