La mejor foto de David Lean, una que lo retrata de cuerpo entero, se la sacaron en mitad de una tormenta, durante el rodaje de La hija de Ryan. La vista es espléndida: el director y un puñado de asistentes luchando por sostener una cámara apuntada contra el inmenso viento que azota sin piedad la costa del condado de Kerry.
Ojalá hubiera servido de algo. El irreductible Lean, quien durante el rodaje de Lawrence de Arabia insistió en registrar multitud de amaneceres en el desierto hasta dar con el que buscaba, al final tuvo que rendirse y despachar un equipo de segunda unidad a registrar borrascas en Ciudad del Cabo, mientras él continuaba alargando por casi un año una filmación proyectada, en principio, para sólo diez semanas.
A medio siglo de distancia, cuesta entender tal desborde y gigantismo. Un proyecto como Lawrence necesitaba de la inmensidad por un asunto de narrativa: no sólo el desierto era enorme, también lo era el carácter de sus personajes; pero, ¿y aquí? En su momento, el director se justificó diciendo que esta historia de infidelidad que se convierte en el comidillo de un pequeño villorrio irlandés era una entre tantas variaciones posibles del argumento de Madame Bovary, pero una cuyo desborde y pasión subvierte el equilibrio de los elementos, generando esa tormenta que sopla y ruge sin control pero que al final no consigue lavar nada, ni el honor perdido del marido ni las transgresiones de los amantes ni la maledicencia de sus vecinos.
Para probar que ni la furia de la naturaleza puede opacar nuestra capacidad para la miseria y el deseo, Lean necesitaba mover cielo, mar y tierra en el clímax de su película, pero lo curioso es que ese cataclismo orquestado a máximo poder palidece y se diluye frente a un breve instante, captado casi al inicio del filme: Rosy Ryan (Sarah Miles), la chica más bella de Kirrary, hija única y orgullo del recaudador local, camina por el borde de una inmensa playa, quitasol en mano, avanzando descalza sobre las huellas que las botas del viudo profesor Charles Shaughnessy (Robert Mitchum) —su futuro marido y futuro engañado— han dejado sobre la arena. En un gesto casual, casi juguetón, Rosy posa su pie sobre la marca y se apoya, antes de caer sobre la pisada siguiente y la siguiente. Pero entonces la imagen corta directo a su rostro: su mirada revela un ardor súbito. Incluso la banda sonora toma nota del incendio en su pecho, desafinando acordes que poco antes se desplegaban en pantalla, alegres y aéreos. La cámara de Freddie Young filma una ola que se estira como una lengua, como un látigo que se enrosca en su larga falda, restándole equilibrio, tapándola hasta los tobillos, borrando las huellas de Charles, aplacando el calor y la ansia, ganando tiempo antes que estos vuelvan a desatarse, mucho más tarde, y ya sin medida.
Ryan’s Daughter (Inglaterra, 1970). Dirección de David Lean. 206 min. Disponible para arriendo en Apple TV
