El último castor se titula la dinámica y absorbente nueva novela de Daniel Campusano que vuelve con su acostumbrado ritmo ligero y particular buen oído para adentrarnos en el lugar más austral de Chile, el misterioso Puerto Williams. Desde allí urde una amplia y disparatada trama compuesta por una intensa amistad, un amor engañoso, ambientalistas enfrentados a salmoneras o salmoneras a centolleras, el absurdo del conflicto limítrofe con Argentina y una plaga castores que al igual que el narrador llegaron a la zona sin mayor motivo que el capricho de otro. Se trata de una narración sobre todo visual, cargada de ingenio, ironía y de toques humorísticos.
Amaro es sociólogo, tiene 34 años y está pasando por un mal momento: durante el último año recibió las cenizas de su padre en una sala de aeropuerto, chocó ebrio contra unas barreras de contención, renunció a un trabajo “en una fundación ingenua y fanfarrona” y un psiquiatra le recetó antidepresivos que le provocaron escalofríos y la sensación de tener hormigas en la frente. Está completamente desacomodado cuando de forma intempestiva una amiga de su infancia llega a imponer su presencia con tal intensidad que no le queda otra que despabilarse.
Maya también es socióloga, pero ha tenido una carrera exitosa que la tiene en su actual puesto de diputada de un partido en la derecha renovada, algo así como de Evópoli (la novela está llena de estas referencias bien contextualizadas en el tiempo). Con Amaro son personalidades opuestas, porque él no tiene ideología ni planes, vive permanentemente en contra, por inútil que sea, y no tiene ningún reparo en herir los sentimientos de sus interlocutores. Pero lo hace por humor hacia sí mismo y esperando una reacción empática que nunca pasa porque todos se toman muy en serio. Por el contrario, Maya es una gestora enérgica y complaciente hasta el patetismo que tiene soluciones para todo y la vida resuelta.
Pero es justo lo que Amaro necesita, de ahí que no sea descabellado cruzarlos en este momento de crisis, porque Maya viene saliendo de un desengaño amoroso y sacudirlo de su apatía, al invitarlo a un viaje y a vivir con ella, le resta dolor a la propia pérdida. Estamos frente a una relación antigua y genuina, que sobrepasa cualquier diferencia, y les proporciona apoyo vital.
“–Vámonos al sur –dijo Maya, girando la tapa de una botella en una mesita de apoyo–. Vamos a acampar a la Patagonia. A la isla Navarino. A Puerto Williams. Yo te compro el pasaje.
–No entiendo. ¿Apenas me escribiste durante años y ahora quieres llevarme a la chucha del mundo?
–No seas orgulloso, hueón. ¿Encontraste trabajo?
–Yo no fui scout como tú, Maya. ¿Desde cuándo me gusta el camping? No puedo dormir en saco. Espera, ¿dónde dijiste que era?”.
La propuesta es demasiado tentadora, la meta son los Dientes de Navarino, un parque nacional que compite en belleza con las Torres del Paine, con una caminata por lagunas turquesa, cascadas y rocas de colores.
“¿Por qué estaba a punto de bajarme en un lugar así? Hacía días estaba despojándome de mis cosas, instalándome en una habitación deprimente y planchando camisas a medias para enfrentar entrevistas de trabajo: Momentos donde intenté enhebrar discursos entusiastas y predecibles que nunca pude acompañar con mi tono, mi postura, mi risa”, reflexiona Amaro.
Pero al llegar descubrirá que Maya tiene otros planes para él, un trabajo por tres meses para la Gobernación de Magallanes como investigador de un centro científico. Cautivado por un encuentro casi místico con un castor, acepta la oferta.
Contrario a lo predecible, Amaro se mimetiza rápidamente en el paisaje y el pueblo. Arrienda una cabaña, se involucra como uno más en una agrupación ambientalista formada por afuerinos de clase alta, como Florencia de quien se engancha y es quizás la mayor razón de su empeño y carretea con ellos como esta vez en que amanece con caña moral: “Lidiaba con martillazos dentro de los ojos, la nuca y la mandíbula. Había tomado cerveza, vino blanco, vodka con ginger ale y piscola. Activé el radar de la culpa y la vergüenza. ¿Había hablado de más? ¿Había sido engreído o antipático? ¿Qué temas de discusión pública había relativizado?”.
También conoce y se encariña con Anselmo, uno de los personajes más interesantes y logrados del texto, un viejo marginal y asistémico que juega con su biografía, a ratos es espía a ratos militar o periodista, teoriza con el fin del mundo y mira la zona con recelo: “Oiga joven, tenga las pepas bien abiertas. No se deje secuestrar por nadie. No le dé su confianza a cualquiera”.
Amaro hace su trabajo con el mismo espíritu del pueblo donde a nadie le importa nada, a la rápida, copiando y pegando información, haciendo una que otra pregunta. Como dice la dueña de un café: “Aquí las viejas tejen y los viejos toman. ¿Qué más le vas a pedir a este pueblo de mierda”.
Autor de otras tres novelas con los sugerentes y espléndidos títulos, La incapacidad (2011), No me vayas a soltar (2017) y El sol tiene color papaya (2019), Daniel Campusano escribe El último castor sin temor a equivocarse, desde una perspectiva siempre ambigua y opta por no quedarse en detalles o en descripciones, con lo que quizás busca lo que logra, entretener con una ocurrencia tras otra. De su trazo firme y sus colores primarios surge esta panorámica compuesta de lugares idílicos, asuntos verosímiles y un protagonista contradictorio que en el fondo no tiene más aspiración que la de sentirse incluido en esta escena.
El último castor. Daniel Campusano. 2024, Tusquets. 250 páginas. Dónde comprar
