Hacia el final de Beowulf, el recién coronado rey Wiglaf contempla la barca que lleva hacia al océano los restos del héroe. La imagen debería conmoverle, pero a estas alturas del relato este sufrido veterano ya ha visto de todo: cortesanos decadentes, reyes muertos, reyes puestos, monjes locos, monstruos transfigurados en víctimas y mitos con pies de barro. Mil y un fragores lo separan del día en que como escudero del joven Beowulf sorteó una endemoniada tormenta para librar al reino de Hrotghar del azote de Grendel, el engendro de la caverna, y su enigmática Madre Dragón. La hazaña convirtió al guerrero primero en una leyenda, después en flamante monarca y mucho más tarde en un viejo arrepentido por los kilómetros recorridos, la sangre derramada, el poder obtenido; un héroe imperfecto que, al final del camino, avizora de pronto algo parecido a una segunda oportunidad. Poco importa eso, ahora: acunado por la suave marea, el bote se incendia con furia, tiñendo el atardecer. Wiglaf imagina las cenizas de su amigo esparcidas —ingrávidas— en la brisa, mientras sus propios pies se hunden en la pegajosa y húmeda arena…
Sólo que esa arena, esos pies, la barca quemándose en la lejanía, incluso el aire donde se esparcirá lo que quede de Beowulf, son nada más que pixeles, cientos de miles de puntos luminosos animados por un artista, combinados y modelados a partir de imágenes de referencia filmadas por Robert Zemeckis junto a actores harto menos heroicos, musculosos y épicos que las figuras que el espectador está viendo con sus lentes estereoscópicos en la pantalla. En la vida real, la panza y la estampa de Ray Winstone —quien encarna al atlético protagonista— le impedirían hacer cualquier cosa que se pareciera a una hazaña, pero enfundado en el traje de motion capture, que capta cada movimiento suyo y lo traspasa a una secuencia concebida en tres dimensiones, este actor con sobrepeso es capaz de insuflar vida a un titán, dotarlo de propósito y voluntad de una forma, la verdad, no tan distinta a los rapsodas que construyeron verso a verso, episodio tras episodio el cantar del primer héroe nórdico, traspasado a la página en las cercanías del año mil y ahora —un milenio más tarde— transformado en espectáculo 3D, uno de los primeros de su especie. El resultado luce imperfecto y limitado, claro, pero a la vez enigmático y fascinante: al contrario de la gesta recogida por el texto original, que preserva las correrías de un paladín tan inmaculado como salvaje, el guión escrito por Neil Gaiman no puede sino tomar distancia y someter a crítica la aventura. Beowulf deviene en inmortal, precisamente porque los escribas que fijaron sus conquistas en el papel lo despojaron de las limitaciones de los mortales. Anularon todo posible miedo, duda o inseguridad; toda codicia, pequeñez y lascivia. Posmoderno como es, Gaiman apuesta a que puede devolverle toda esa colección de defectos y así acercarlo a nosotros, otra vez. La ironía es que su noble intención queda mancillada por los malditos pixeles:
El barco aún no se hunde y la noche todavía no cae cuando Wiglaf siente un golpe en sus botas, la marea ha depositado a sus pies el dorado cuerno de Grendel, el mismo que Beowulf tomó de la cueva y llevó hasta la corte para probar el asesinato de la bestia. El soberano lo toma entre las manos, mira hacia el navío y ve cómo la Madre Dragón se enrosca sobre el muerto. Lo hizo suyo en vida y será suyo también en el Averno. Los últimos maderos se hunden y ella vuelve a emerger entre las aguas. Sin soltar el cuerno, Wiglaf camina hasta que el agua le sube a la cintura. ¿Está escuchando un llamado? Porque nadie dice palabra. Flotando al compás de las olas digitales, el Dragón dorado (Angelina Jolie) contempla en silencio al nuevo rey (Brendan Gleeson). No son actores los que se miran, son sus apariencias. Creaturas que abren y cierran sus ojos muertos.
Beowulf (Estados Unidos, 2007). Dirección de Robert Zemeckis. 105 min. Disponible en Max
