Cuando se desintegró la Unión Soviética miles de siberianos, repentinamente privados de las garantías que les daba el Estado, corrieron a los bosques a recolectar hongos. Se dice que cuando en 1945 la bomba atómica destruyó Hiroshima el primer ser vivo que resurgió en el paisaje devastado fue el matsutake, un hongo apetecido que crece en lugares espeluznantes. El compositor estadounidense John Cage celebró el encuentro con los hongos con un conjunto de piezas cortas titulado Indeterminación. En una de sus obras más famosas 4’33” se escucha el silencio. Cuando falla el mundo controlado que creíamos tener ahí están los hongos. De la precariedad y la indeterminación puede venir una nostalgia que haga resurgir una economía. De estos temas escribe Anna Lowenhaupt Tsing, en Los hongos del fin del mundo: sobre las posibilidades de vida en las ruinas capitalistas (Caja Negra Editora).
Últimamente se habla seguido de los hongos, estudios médicos revelan su potencial terapéutico con resultados prometedores en síntomas depresivos, y cada vez es más popular la micología recreativa, pasatiempo que consiste en la búsqueda y recolección de hongos silvestres. “¿Qué haces cuando tu mundo empieza a desmoronarse? Yo salgo a pasear, y si tengo mucha suerte, encuentro alguno que otro hongo”, señala la autora, antropóloga feminista y teórica cultural, especialista en capitalismo. La especie de hongo aquí estudiada, el matsutake nos ilumina a través de toda una trama global, económica y ecológica donde la destrucción y la contaminación son necesarias para la magia de su aparición.
Desde un árbol que cae, abriendo una brecha de luz a un tsunami, pasando por inundaciones e incendios, todo eso es perturbación y posibilita nuevos conjuntos de paisajes. “Trabajar con gestores forestales en Japón cambió mi forma de pensar con respecto a la perturbación humana en los bosques. Utilizar una perturbación deliberada para revitalizarlos era algo que me resultaba sorprendente”. Que algunos tipos de ecosistemas florezcan gracias a actividades humanas es algo difícil de imaginar pero “de hecho, podría decirse que los pinos, el matsutake y los humanos se ‘cultivan’ mutuamente de manera involuntaria”.
Todo comenzó en Japón, cerca de Nara y Kioto. Los bosques deforestados para la construcción de templos permitieron al pino rojo reproducirse y con él el Tricholama matsutake, un hongo se convirtió en un valioso regalo. En el periodo Edo (1603-1868) pasó a formar parte de la celebración de las cuatro estaciones anunciando el otoño. Fue apreciado en la poesía: “La nube en movimiento se desvanece, y percibo el aroma de la seta”, dice un haiku de aquel periodo.
Cuando en Japón se agotaron los matsutake, no hubo manera de hacerlos crecer de forma deliberada y muchos asiáticos tomaron su conocimiento y se radicaron en Oregon, donde los hongos brotaron gracias a la tala en los años 80 que produjo matorrales cada vez más densos, y por árboles moribundos. Esta contaminación hecha por el hombre fue crucial, porque el hongo crece en bosques profundamente alterados. La autora cuenta que en sus visitas a esta zona de Estados Unidos, tuvo la sensación de haberse trasladado a alguna parte rural del sudeste asiático, habían llevado todas sus costumbres y casi no se mezclaban con los norteamericanos, hervían agua en latas de queroseno sobre trípodes de piedra y vendían sopa de pho.
Internet de los hongos y la simbiopoiesis
A diferencia de los humanos, los hongos siguen creciendo y cambiando de forma toda su vida, y pueden vivir eternamente, si es que no sufren por falta de recursos o por alguna enfermedad. “Mucha gente cree que los hongos son plantas, pero en realidad están más cerca de los animales, necesitan encontrar algo que comer. Sin embargo, la ingesta de los hongos suele ser generosa, puesto que crea mundos para los demás (…) además, los hongos digieren la madera; de no ser así, los árboles muertos se amontonarían en el bosque para siempre. Los hongos los descomponen en nutrientes que pueden reciclarse para crear nueva vida. Así pues los hongos son constructores de mundos, configurando entornos para sí mismos y para otros”.
La densa trama de filamentos fúngicos que forma el matsutake —que excluye a otros hongos y a otras bacterias del suelo— llevó a los agricultores japoneses a denominar a esta textura como shiro o castillo. Pero a la vez los hongos forman una estructura de interconexión entre especies que transmite información a través del bosque. De ahí que estudiosos usen el término wood wide web para definirlas: “Los microorganismos del suelo, que de otra manera permanecerían siempre en el mismo sitio, pueden viajar a través de los canales y enlaces que proporcionan conexiones”.
Uno de los hallazgos más revolucionarios para Tsing fue descubrir que muchos organismos se desarrollan únicamente mediante la interconexión con otras especies, un tipo de evolución que la síntesis moderna no había previsto. La evolución darwiniana y la estabilidad del ADN quedan relegadas a algo incompleto: “Algunos biólogos han empezado a hablar de la teoría hologenómica de la evolución”, aludiendo con ello al complejo de los organismos simbiontes como una unidad evolutiva: el holobionte. “La simbiopoiesis (o codesarrollo) contrasta con la autopoiesis de los sistemas internamente autoorganizados”.
La economía de la nostalgia y la felicidad
Los matsutake tienen un olor fuerte muy particular. En Kioto, la gente entra a los almacenes simplemente a olerlos, pues es demasiado caro. Se vende por el mero placer que proporciona, huele a vida de aldea y felicidad. Lo que en Japón es un placer, para las personas de origen europeo es nauseabundo. David Arora, un micólogo californiano calificó el olor como “un provocativo intermedio entre un caramelo de canela y unos calcetines sucios”. Como las magdalenas de Proust, el matsutake estaba impregnado de olor al tiempo perdido, escribe Tsing.
Nostalgia y sostenibilidad irían de la mano. Aquí la autora recurre al ejemplo de un profesor de economía que pensaba que con esa disciplina podría mejorar el mundo, ayudar a los desposeídos, pero a diez años de carrera se dio cuenta de que no era así, peor aún, en sus clases se topaba con la mirada inexpresiva de los alumnos. Nadie creía en lo que enseñaba. Algo lo llevó a recurrir a su trayectoria vital y recordar las visitas que hacía de niño a la aldea de sus abuelos: “¡Cuán vivo se sentía al explorar el campo!; aquel paisaje sostenía a la gente en lugar de debilitar su fuerza. Así que decidió reorientar su labor profesional hacia la restauración del paisaje campesino japonés (…) ¡qué entusiasmo despertaban ahora sus seminarios”.
Es que el progreso dejó de tener sentido, se atreve a señalar Tsing, al tiempo que cuestiona el progresismo. De ahí que en este estudio la autora no pretenda plantear una visión optimista, pero deja abierto un camino de ilusión respecto del encuentro entre humanidad, biología y economía. Al menos la precariedad dejaría de ser como hasta hoy, aterradora. Podría entregar una posibilidad en las ruinas del capitalismo: “¿Y si la precariedad, la indeterminación y todo lo que concebimos como trivial constituyen el centro de la sistematicidad que buscamos?”.
Matsiman es un recolector de hongos de Oregon que aparte de venderlos los estudia con fervor, tiene un sitio matsiman.com. Cuando Tsing fue a verlo estaba experimentando con el cultivo de hongos medicinales. En su búsqueda, recolección, estudio y venta ha elegido una forma de subsistencia en los límites del capitalismo que riñe con volver a ser asalariado y se contenta con encontrar bosques y vivir sin comprar ni alquilar una vivienda. “Matsiman puede ser cualquiera” escribe en su sitio web, basta con aprender a gozar de la observación y sacar de eso cierto valor económico.
Los hongos del fin del mundo: sobre las posibilidades de vida en las ruinas capitalistas. Anna Lowenhaupt Tsing. 2023, Caja Negra Editora. 448 páginas. Dónde comprar
