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Fotografías de escritores 

A todos nos toca mandar una fotografía para prensa cuando se publica un nuevo libro. Personalmente, el mejor consejo, me lo dio un editor de un suplemento desaparecido: “Necesito que en la foto salgas serio como un sheriff”. 

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Tal vez por una nueva amenaza de crisis económica, la oferta de talleres literarios ha entrado a un punto de fuerte competencia. Circulan afiches por todos los medios. He constatado que prácticamente la totalidad lleva una fotografía del escritor o escritora que enseñará a escribir. Observando en Instagram, sentí cierta repulsión ante tantas caras de autores y autoras. Algún astuto editor se debe haber dado cuenta que atinadas fotografías de archivo familiar —pienso en Kafka, que probablemente jamás habría posado— tenían un poder comercial inmenso, al generar un nexo emocional vinculado a la admiración.

Me pregunto quién habrá sido el primer autor o autora en posar para la fotografía de una solapa o portada de un libro. Enrique Lihn, además de imágenes casuales y divertidas —las de Gerardo de Pompier o esa en la que sale en el centro de Santiago con un tubo de papel—, tiene una demasiado “de escritor”, con ambas manos juntas tapando de la nariz hacia abajo, que terminó siendo la portada de la antología Porque escribí del Fondo de Cultura Económica. Ese libro lo leí a los veinte años. Poseído en la trampa de la admiración —que no es otra cosa que una forma de vanidad— terminé tatuándomelo en el antebrazo izquierdo.

El siempre astuto Nicanor Parra se debe haber percatado de este fenómeno. Se sacó un puñado de fotografías que rozan el ridículo. Resultaron expuestas en varias universidades y centros culturales. La del GAM —probablemente el punto más potente de validación artística junto a los premios del Estado—, una gigantografía donde aparecía con los dedos en los ojos como si fueran lentes ópticos, debe haber influenciado a miles con aspiraciones artísticas, lo que da como resultado venta de libros.

¿Esto vendrá de la política? ¿De las imágenes de Stalin, Lenin, Camilo Cienfuegos, el Che Guevara, Mussolini, Allende, Hitler o Pinochet? No lo sé. Reviso Internet, veo a Julio Cortázar con su barba, peinado, cigarro y mirada orgullosa y me da un poco de asco. Los afiches de los talleres: todos y todas en fotos de hace diez años atrás, con la biblioteca de fondo y una mirada premeditada. Al único que le perdono que salga fumando es a Armando Uribe —cuya incorrección en todo ámbito parece ser la última que vio el siglo XXI—, porque se fumaba un cigarro tras otro con admirable compulsión. El rostro de Mario Benedetti, poeta sobrevalorado, terminó impreso en especies de papiros —junto a sus poemas intolerables—, colgando de las ferias artesanales de todo Latinoamérica. José Donoso posó en multitud de ocasiones —como todos los del “Boom”—, sin embargo, tiene una fotografía excepcional y delirante: con ambas manos detrás de las orejas, como si no pudiese escuchar lo que le dicen. Juan Román Riquelme, conocido crack argentino, celebraba de la misma manera sus golazos. El gesto es conocido como “El Topo Gigio”.

En el caso de las mujeres, tal vez, la exposición es aún mayor e incluso contradictoria. Idea Vilariño, poeta clave de nuestro continente, que no necesitaba más de una toma para verse hermosa, aparece en todas las editoriales a cuerpo completo, o por lo menos con un zoom facial que destaca sus evidentes rasgos de belleza. Clarice Lispector, cuya gracia era particular, siempre en su sillón o silla de escritorio con esa mirada que atraviesa cerebros. Alejandra Pizarnik, de ojos transparentes de niña melancólica, provoca admiración inmediata de cualquier adolescente. Otras, han hecho del pelo extremadamente largo una especie de posición política. La literatura parece ser desplazada por rostros que devienen en símbolos, que anulan cualquier posibilidad de un discurso que cuestione sus manifiestos y posiciones. Al parecer, no importa el programa de estudios, solo el estatus que esa cara otorga.

Sin embargo, en esta profesión —si así puede llamársela—, a todos y todas nos toca mandar una fotografía para prensa cuando se publica un nuevo libro. Personalmente, el mejor consejo, me lo dio un editor de un suplemento desaparecido: “Necesito que en la foto salgas serio como un sheriff”. Pienso en Marcelo Matthey Correa, escritor de pocos y buenos libros, y escasas fotos. Por supuesto, en J. D. Salinger, que después de dos obras maestras —El guardián entre el centeno y Nueve cuentos se escondió por ahí, en el Estados Unidos profundo, dejando más imágenes de las que él habría querido. Su gesto, de alguna forma dice: “No se tiene veinte años para siempre”. Aunque suene contradictorio: qué admiración.

2 respuestas a «Fotografías de escritores »

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