Entre los 5 y los 22 años, el escritor Orhan Pamuk había decidido que dedicaría sus días a la pintura, de ahí que su ingreso a Arquitectura en la Universidad Técnica de Estambul no extrañó a nadie, hasta que otra disciplina lo remeció por completo.
“A los 22, murió el pintor que había en mí y empecé a escribir novelas”, contó en una entrevista con El País. “Yo tendría 23 años y le dije a mi familia y a mis amigos que no iba a ser el arquitecto o pintor que todos ellos querían, sino un novelista. Todos me dijeron que no lo hiciera, que yo no tenía ni idea de la vida. Creo que pensaban que iba a escribir una sola novela. Pero les dije que existían Borges y Kafka, y que ellos tampoco tenían ni idea de la vida”.
Autor de ese monumento llamado Estambul. Ciudad y recuerdos, acaso uno de sus mejores libros, Pamuk recuerda el momento exacto en que quiso dedicarse a las letras: “Fue una tarde de marzo o abril, en la primavera de 1973. Agarré un papel y un bolígrafo y me puse a escribir. Así fue. Recuerdo haber leído El extranjero, de Camus, y a pesar de que no influyó en mi escritura pensé que me iba a ayudar a ser escritor”.
Su historia en adelante es más o menos conocida: a partir de los elogios que John Updike dedicó a la novela El castillo blanco, su nombre se volvió contagioso y sinónimo de una narrativa atravesada por el hüzün, la llamada melancolía turca.
Pero fue cuando ganó el Nobel de Literatura en 2006, como un escritor que, “en búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal, ha encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la interconexión de las culturas”, según la academia sueca; que Pamuk volvió a vérselas con los materiales que acompañaron buena parte de su juventud.
“Entré en una tienda y salí con dos enormes bolsas llenas lápices y pinceles largos, entre el placer y el temor, empecé a dibujar en pequeños cuadernos”, relata en las páginas de su nuevo libro.
Desde entonces escribe y dibuja su día a día, en libretas Moleskine llenas de vivencias y reflexiones, de las que nunca se desprende y las que acaba de publicar bajo el nombre Recuerdos de montañas lejanas.
Allí anota, entre sueños y confusos paisajes marítimos, la geografía de Estambul y sus constantes viajes por el mundo (como la gira de lecturas que lo trajo a Chile en 2011), justo antes de separarse de su compañera Kiran Desai.
La intimidad del autor asoma en su propia selección de cuadernos, que abarca los años 2009 y 2022, es decir cuando escribe y publica en nuestra lengua la colosal El museo de la inocencia, seguida de Una sensación extraña, la apocalíptica Las noches de la peste y la atávica La mujer del pelo rojo, volúmenes que constantemente se cuelan en sus dibujos y ocupaciones.
Desde “la vista que hace olvidarlo todo”, frente a una de sus casas en el barrio Cihangir de Estambul, a los innumerables escoltas que han seguido sus pasos a causa de sus polémicas declaraciones y las violentas reacciones de los nacionalistas turcos, los museos —sobre todo los museos—, las caminatas, los sueños y los barcos que cruzan el Bósforo; todo el material de su obra literaria es también representado en pequeños dibujos y garabatos.
“¿Por qué dibujar barcos me hace feliz? Porque vuelvo a la infancia, me dice Asli (su actual esposa, casi 25 años menor), tan inteligente. Pero lo que yo tengo en mente no es la infancia. Quiero irme lejos. Un lugar lejano”, escribe en uno de los paisajes.
En otro, situado meses más adelante, reflexiona: “Querer que cada día tenga sentido es un error… Vivimos momentos, el tiempo pasa y ese sueño al que llamamos nuestra vida poco a poco se difumina. Un barco se va. Míralo y sueña para empezar de nuevo”.
“El mundo al que me gustaría pertenecer es, por supuesto, el mundo de la imaginación”, cuenta Pamuk en uno de los discursos reunidos en su libro La maleta de mi padre.
Allí también anota: “Ahora pienso que en realidad siempre he hecho lo mismo, fuera pintando o escribiendo: lo que me une a la pintura o a la escritura es el deseo de refugiarme en un segundo mundo más profundo, más complejo y más rico que el mundo aburrido, sofocante y frustrante que conocemos”.
Diarios de un escritor
Como el epígrafe de Estambul. Ciudad y recuerdos, lo que más aparece en los cuadernos de Orhan Pamuk son paisajes, pero no se trata de una ficción. Recuerdos de montañas lejanas es más bien un diario de escritor en sintonía con La novela luminosa de Levrero o Los diarios de Emilio Renzi de Piglia, dedicado a “la alegría de cubrir un dibujo con un texto”, los que a su vez aparecen traducidos al español.
Allí el escritor pone en relieve sus disgustos cotidianos, sus opiniones estéticas y políticas (“en la Alhambra hay una belleza que te hace olvidar la crueldad de la Historia”), las amargas dudas y su oficio de novelista, e incluso el espacio incierto de la primavera árabe, que siguió atentamente “por la CNN y la BBC”:
“Tengo lágrimas en los ojos. ¿Por qué?”, se pregunta el Nobel turco, “¡Por la esperanza de que los países musulmanes conozcan por fin la democracia! ¿Es eso posible?”.
Entrevistado por la editorial Gallimard, Orhan Pamuk contó que estos cuadernos siempre estuvieron pensados como una posible publicación. “Soy un autor consciente de sí mismo”, dijo. “No quería un diario que fuera una memoria o una confesión, quería hacer de estas páginas un espacio artístico”.
No por nada, con su habitual letra apretada y despliegue de técnicas como el puntillismo, Pamuk lanza: “Hay que ver y leer un paisaje como en un sueño”. Luego, a modo de confesión, cierra: “Uno empieza a pintar cuando ve lo que ha olvidado. Luego, el mismo paisaje empieza a sugerir el tiempo”.
Ficha: Recuerdos de montañas lejanas. Orhan Pamuk. 2024, Random House. 392 páginas. Dónde comprar
