“Qué hater” dicen por ahí cuando alguien muestra rechazo a lo que debería por naturaleza percibir como positivo, porque es positivo. Negarse a ir a una celebración esperada solo por el desagrado, a último minuto, de encontrarse con una persona a la que se le tiene mala, no se entiende. Se es amargado si se rehuyen ciertos ambientes festivos cuando el estado interior no acompaña. No hay respaldo a que irriten reuniones familiares cuando exigen explicaciones que no se quieren dar o desplegar un humor que de momento no se dispone. Se pide un esfuerzo de socialización que garantice la sanidad mental entendida como la capacidad de ser felices compartiendo. Lo que da tranquilidad a los demás, crispa. No hay generosidad en los auténticos haters.
El agudo escritor inglés William Hazlitt (1778-1830) —que dio origen a la noción de capacidad negativa de Keats— tuvo la entereza de escribir un ensayo titulado El placer de odiar en el que describe el amor como algo que pasa, que en el mejor de los casos se vuelve indiferente, “solo el odio es inmortal”. Siempre tenemos mucha bilis en la boca del estómago que busca un objeto en el cual derramarla. Este odio se palpa especialmente en lo que vamos dejando atrás, los viejos libros, las viejas opiniones y los viejos amigos, su ejemplo más brutal: “La mejor manera de reconciliarse con las viejas amistades es apartarse de ellas para siempre: quizás distanciados pudiéramos regresar (soñando despiertos) a los viejos tiempos y a los viejos sentimientos; aunque, de cualquier modo, lo mejor sería no pensar en renovar nuestra intimidad hasta no haber arrojado, con justicia, nuestro rencor, o dicho, pensado y sentido toda la animadversión que uno le guardó al otro; o podemos reñir con otra persona y hacerla nuestro chivo expiatorio, podría ser ése un excelente modo de sanar un hueso roto”.
Se les llama haters también a los que esparcen odio en las redes sociales. Pero esa es una condición mucho peor, porque en el ciberespacio la tendencia al odio no tiene un origen personal, no se ataca lo que se conoce por experiencia, se atreve con lo que está a distancia. Y es más virulento: el ensañamiento puede partir por algo pequeño entre dos personas y terminar en bandos formados de ejércitos de toxicidad.
Este odio sin proporciones es uno de los temas que toca la escritora punk francesa Virginie Despentes (Nancy, 1969) en Querido comemierda (Random House), novela que puede leerse mejor como un ensayo porque retoma la voz lúcida, mordaz y directa de su mítico manual del feminismo Teoría King Kong, con frescas y cautivantes teorías sobre las adicciones al alcohol, las drogas y más sobre el feminismo. También hay una reflexión sobre las diferencias generacionales.
El título es llamativo aunque algo forzado por la palabra comemierda, que los chilenos no usamos. Pero al menos hubo una discusión. El título original en francés era Cher connard que en España se tradujo como Querido capullo, pero, como bien advirtieron, no serviría para los latinoamericanos. Tras largas discusiones entre chilenos, colombianos y argentinos acordaron Querido comemierda, si bien los argentinos querían Querido boludo. Sin embargo, en chileno y colombiano Querido huevón se veía mal y no abarcaba Argentina. Mejor se hubieran quedado con la versión catalana Benbolgut imbècil (Querido imbécil). En fin es solo el título.
La novela arranca con el comentario machista y desafortunado del escritor Oscar Jayack hacia Rebecca Latté, una actriz también en sus cincuenta, a la que admiró, pero que ahora rechaza porque está convertida en una “trágica metáfora de una épica que se está yendo a la mierda… no solo vieja. Sino burda, descuidada, de piel repulsiva”. Ella responde con el mismo desprecio, “Querido comemierda: leí lo que publicaste en tu cuenta de Insta. Eres como si una paloma me cagara en el hombro: una inmundicia asquerosa”. Así comienzan un intercambio epistolar, la forma que adopta la novela. A la interacción de ambos, que se torna en amistad, se suma la voz iracunda de Zoé Katana, una joven bloguera abusada por Oscar mientras era la encargada de prensa de la editorial (aunque él no lo viera tan así). Como se puede advertir desde un inicio, las cartas y el blog, serán excelentes oportunidades de destilar las típicas genialidades sociológicas de la autora, más que el espacio para que progrese la acción de sus otras novelas exitosas como Fóllame y la trilogía Vernon Subutex.
Ponerse en la piel de un abusador no fue una buena idea para las feministas radicales seguidoras de la escritora, menos intentar comprenderlo incluso con ternura, llamándolo “querido”, pero Despentes no se deja clasificar, si bien dio una buena explicación en una entrevista en Infobae. Oscar está basado en un personaje real, un borracho y cocainómano que conoció en una editorial junto a otras feministas y lesbianas amigas con quienes discutió qué hacer porque a todas les caía bien, les dio pena cancelarlo y se enfrascaron en una discusión que le permitió imaginar la historia, “pensar qué hacemos con un chico que sí la ha cagado, que niega que lo ha hecho, pero a la vez desde el lado humano sabemos que hay cosas que hacen que él no sea el peor de todos”.
Porque Oscar no tiene buena pinta, es débil de carácter, no es el típico macho desagradable que estaría metido en algo así y si bien ha escrito novelas de cierto éxito, no se cree el cuento, tampoco escribe lo que le gustaría y por lo general es bien vago fuera de drogadicto. Juega a los juegos del teléfono al tiempo que ve series “así me paso seis o siete horas al día, mi teléfono es un traidor”. Y le cuenta a Rebecca, todo derrotista exagerando para conseguir su perdón: “Soy casi hipocondriaco y cuando alguien se mete conmigo en Twitter pierdo el sueño. La única actividad de hombre en la que era bastante bueno era en las drogas. Eso era lo que me diferenciaba de un pueblerino intelectual de mierda. Mi identidad de politoxicómano…”.
Despentes ha dicho que el verdadero tema de la novela no es el infierno en el que se ha convertido el mundo con la tecnología, sino el alcoholismo y la drogadicción cuando deben superarse porque la edad no aguanta el patetismo de los pegados/pasados. Tanto Oscar como después Rebecca, convencida por él, terminan en Narcóticos Anónimos. La reflexión aquí entre ambos es que estando sobrios se decepciona a los amigos, ya no son tan divertidos y hay que vivir aguantando eso.
Y es el momento para la crítica cultural tan propia de Despentes: “La droga es como la violencia. Legítima en manos del Estado. Delito en manos del individuo. Si consumo la droga que me receta el médico me convierto en una adicta legítima (…). La idea del fondo del colocón es esa. Renunciar a tu país”. La droga es una solución para el que busca libertad, “y terminas en la Dark Web siguiéndole el juego a un montón de desalmados. Quien sabe si, después de todo, lo que busca el adicto no es precisamente eso: la punición salvaje, el correctivo administrado sin miramientos, el encarcelamiento. La anulación real de su ciudadanía”.
La edad es otro de los tópicos, y es doloroso porque no es justo ni tiene remedio. En las entrevistas y charlas que ha dado a propósito del libro repite su problema con la ira, atisbado solo por los malos ratos que ha debido pasar en el último tiempo y las relaciones que ha perdido, pero que cuando joven era parte de su atractivo. En la voz de Rebecca escribe: “Los rasgos de carácter que adorabas se han vuelto caricatura, la insolencia ha mutado en resentimiento, el humor huele a pis de incontinente, el encanto se ha podrido. Al final es un poco como la adolescencia pero en sórdido. Pocos son los que conservan la misma voz, la misma agilidad de razonamiento”.
Sus ensayos Teoría King Kong (2007) empezaron a estudiarse en Chile en un PDF que circulaba mucho antes de que se publicara como libro en 2018. En él la autora cuenta su violación a los diecisiete años mientras hacía dedo al volver de un concierto, el origen de su ira y del feminismo radical que lideraría. Una de sus teorías más interesantes es que las mujeres deberían acostumbrarse a la idea de que la libertad implica la posibilidad de ser violadas y que hay que vivir sin miedo. En Querido comemierda completa: “‘violación’ no significa nada. Tenemos cuarenta matices para referirnos al azul pero para violación una sola palabra (…) ahora dices que te han violado y tienes a todas las brigadas del buenismo cayéndote encima para aclararte que no se supera nunca”, se queja Rebecca cuando la psiquiatra intenta hacerle ver la gravedad de la disociación de las mujeres violadas. Pero si las mujeres viven disociadas, le responde Rebecca: “No conozco ninguna chica que coma sin preguntarse si engordará. ¿Cómo quieres disociarte de tu apetito y no disociarte de todo lo que eres”, da como ejemplo.
Con las redes sociales la violación es el acoso y no hay muchos métodos de defensa para las que caen en eso. Despentes se preocupa de este nuevo escenario que enfrentan las jóvenes, como se ve en el discurso de Zoé Katana que ha sufrido estos ataques —termina en un psiquiátrico con psicosis ilocalizable—, pero la autora no da mayor solución que blindarse de las redes, apagar el teléfono, salir de casa, nada muy novedoso.
Si bien se intenta escuchar lo que tienen para decir los hombres, la escritora no decepciona con declaraciones bien categóricas y originales sobre sus puntos débiles, la emancipación masculina no ha tenido lugar, sentencia: “Hemos entendido perfectamente lo que nos están diciendo, que es: sobre todo no se liberen de sus cadenas, no vaya a ser que en un mal gesto rompan las nuestras”. Y los patea en el suelo: “Hay que ocuparse de ustedes todo el tiempo, tranquilizarlos, atenderlos, asistirlos, cuidarlos. Es demasiado trabajo”. Por el final remata en un tono casi bíblico a tener en cuenta: “A los hombres no los abortaremos, no los privaremos de educación, no los quemaremos en la pira, no los asesinaremos en la calle mientras hacen jogging, no los asesinaremos en el bosque, no los asesinaremos en nuestras casas, no haremos que se avergüencen por haber nacido de su sexo (…), no los denigraremos porque deseen tener sexo, no les vetaremos el espacio público, no los excluiremos de los círculos de poder, no los mutilaremos, no les prohibiremos vestirse como les parezca, no los obligaremos a dar a luz, no los culparemos cuando tienen una afición que los aleje del hogar, no los declararemos locos por no ser buenos esposos…”.
Pero también hay una jugosa autocrítica bien irónica y también suena religiosa: “Queridas hermanas, un esfuerzo más, ya casi somos tan estúpidas como los hombres. Poder aparte. Imitamos las mismas asambleas necias. La misma indignación fingida. La misma rabia carcelaria. El mismo amor por la autoridad”. Despentes no quiere escuchar de autocomplacencia ni está para ninguna clase de salvación simplista, lo nuevo de esta novela son los matices. Con todo lo que la edad perjudica y desespera, esta es su versión más madura.
Ficha: Querido comermierda. Virginie Despentes. 2023, Random House. 264 páginas. Dónde comprar
