* Por Hugh Kelly
A la palma de mártir, que compartía con otros de sus heroicos camaradas misioneros en la Inglaterra isabelina, Robert Southwell sumó los laureles y el mirto del poeta. No es frecuente encontrar estas dos altas dignidades unidas en el mismo hombre. Como misionero, él no tenía el estilo de Edmund Campion ni alcanzó la fama de su compañero jesuita, tan parecido a él en muchos aspectos. Incluso el poeta en él tendía a eclipsar al mártir, hasta que la excelente biografía de Christopher Devlin —The Life of Robert Southwell (1956)—le hizo finalmente justicia.
Provenía de una familia del condado de Norfolk, la que estaba bien conectada, y lo había hecho bien en el saqueo de los monasterios, pero que se había mantenido fiel a la antigua religión. Southwell recibió su educación en colegios jesuitas del continente, en Douay, Clermont y el Colegio Romano. Ingresó en el noviciado jesuita de Roma en 1578, donde atravesó varias crisis espirituales que contribuyeron a reafirmar de manera inamovible su resolución de trabajar por sus compatriotas en la peligrosa misión en Inglaterra. Regresó a su país como sacerdote jesuita en 1586 y durante seis años vivió plenamente el camino del misionero isabelino. Este camino incluía frecuentes cambios de residencia, encuentros nocturnos secretos con fieles católicos, donde se celebraba la misa al amanecer y se distribuía la Sagrada Comunión; la reconversión de muchos que habían asistido a servicios protestantes; la constante vigilancia para evitar ser arrestado; la permanente sensación de que a cada paso se jugaba su vida: las escapadas por un pelo de sus perseguidores, las zambullidas en el escondite de los sacerdotes cuando los hombres de William Cecil (el secretario de Estado) irrumpían en la puerta principal al amanecer. No era una vida propicia para escribir poesía, sin embargo, toda su poesía en inglés fue escrita durante estos años. A pesar de su atracción por la poesía, su disposición gentil y su carácter dulce, él era un administrador capaz y poseía una férrea fortaleza de temperamento, el cual demostró en sus años de prisión. El padre John Gerard, su amigo, escribió sobre él: “era tan sabio y bueno, gentil y adorable”.
Esa carrera tuvo su inevitable final. Mientras se alojaba en la casa Bellamy en Uxenden, cerca de Harrow, fue arrestado por el infame Richard Topcliffe, quien se jactó de su captura ante la reina: “Jamás capturé a un hombre tan poderoso”. Esto fue en junio de 1592, y aún le quedaban dos años y medio que pasaría en prisión. Sobre este tiempo, declaró en su juicio: “Mi memoria está deteriorada por tan largo y solitario encarcelamiento, y he sido torturado diez veces. Hubiera preferido soportar diez ejecuciones”. Fue arrastrado a Tyburn en una carreta y ejecutado el 21 de febrero de 1595.
La tarea de editar sus poemas fue inusualmente tediosa y delicada, y presentaba numerosas dificultades críticas y textuales. Algunos de los poemas habían sido impresos apresuradamente en imprentas privadas, otros habían sido copiados a mano y hechos circular: se publicaron colecciones improvisadas, incluyendo poemas de otros autores. Los editores se enfrentaron a la tarea de descartar los poemas que no eran auténticos, de establecer un texto genuino mediante el cotejo de muchas versiones manuscritas e impresas, y, finalmente, de determinar el orden en que el poeta deseaba que se imprimiera su obra. El padre James McDonald, C.S.C., había trabajado durante años en los manuscritos, pero su delicada salud, que condujo a su muerte, dejó la mayor parte del trabajo a su compañera en la edición, Nancy Pollard Brown. Ella reconoce generosamente la labor del padre McDonald, pero cabe destacar que es gracias a su habilidad, paciencia y perspicacia que los poemas de Southwell se han puesto a disposición del público en una edición totalmente satisfactoria.
Es importante ver claramente como el poeta y el mártir permanecen uno al lado del otro en Southwell. Él no es simplemente un mártir que casualmente era un poeta. Su poesía era parte deliberada de su apostolado, y por eso Pierre Janelle habla de su “apostolado de las letras”. Al igual que Gerard Manley Hopkins, era un hombre de la más absoluta integridad. La religión que le dio estímulo a su carrera misionera y que lo condujo al cadalso, una muerte por la que había orado, fue al mismo tiempo la inspiración de sus poemas. Él fue un poeta de su tiempo y sintió el impulso hacia un estilo de poesía lírica nuevo y más elevado que el que se cultivaba en Inglaterra. De hecho, su objetivo era dar una nueva inspiración a ese movimiento, sustituir “las locuras y lamentos del amor, el tema habitual de sus viles esfuerzos” por la celebración del amor divino.
Dos santos: Garnet y Southwell. Henry Garnet, compañero y luego Superior de Southwell, también fue ejecutado, en 1606. Imagen de la película “Saint Robert Southwell” (Mary’s Dowry Productions).
Southwell no fue un poeta mayor, pero sí fue una fuerza de auténtica inspiración que no escribía simplemente para sus correligionarios católicos, su propia época o para ciertos círculos aislados. Escribía con el estilo y los métodos de los poetas líricos que eran sus contemporáneos. Era hábil e ingenioso en el uso de metáforas, imágenes y símbolos imaginativos. Pero bajo la metáfora y el símbolo suele haber una emoción humana genuina. Esto se aprecia claramente en su poema más conocido, “El niño ardiente”. Pero él logra el mismo efecto con frecuencia, incluso habitualmente. Bajo la ingeniosa metáfora, revela un sentimiento religioso puro y sincero. Tomemos como ejemplo los versos iniciales de “El sangriento sudor de Cristo”.
Suelo fértil, manantial rebosante, dulce olivo, uva de bendición
Que produce, que emana, que rezuma, que destilas,
Sin ser labrado, sin que se le extraiga, sin ser hollado, sin ser pensada,
Preciado fruto, claros arroyos, buen aceite, vino dulce a voluntad.
Comenzamos con asombro ante la sucesión de imágenes ingeniosas, pero la admiración por su ágil pericia imaginativa se transforma en un inconfundible sentimiento de amor y reverencia, incluso antes de llegar al pareado final de esa primera estrofa:
Así, Cristo, sin ser forzado, anticipa, al derramar su sangre,
Los látigos, las espinas, los clavos, la lanza y la cruz.
Como ocurre con Hopkins, su inspiración religiosa es distintivamente jesuita y evoca los Ejercicios espirituales de San Ignacio. El profesor Martz ha demostrado que muchos de los poemas de Southwell tienen la misma estructura que las meditaciones ignacianas, en las que la memoria o la imaginación, el entendimiento y, posteriormente, la voluntad, entran en juego a su turno. Y resulta también significativo que casi todos los poemas de la serie de la Virgen María sean sobre los misterios sugeridos por San Ignacio para la meditación.
Los poemas de Southwell, incluso durante su propia vida, marcada por la persecución, tuvieron una considerable influencia y reforzaron notablemente su labor misionera. Después de su muerte, ellos fueron mucho más ampliamente leídos y no solamente por los católicos. Entre su fallecimiento y 1636 se imprimieron dieciocho ediciones de sus poemas, lo que es un signo de que fue una sustancial influencia en la gran explosión de la poesía religiosa inglesa que caracterizó el siglo XVII. Esta muy satisfactoria edición de sus poemas probablemente les dará una nueva vida. Él siempre será leído, al menos por un pequeño grupo de lectores, por aquellos que buscan un auténtico poeta religioso, alguien que no solamente trate ideas religiosas, sino que sea capaz de transmitir una genuina experiencia religiosa.
Artículo aparecido originalmente en Studies: An Irish Quarterly Review 57-225 (1968). Traducción: Patricio Tapia
“Robert Southwell”. Braulio Fernández Biggs. FCE, México, 2025, 828 pp.
* Hugh Kelly (1886-1974) fue un sacerdote jesuita. Cultivado hombre de letras, se destacó en los estudios clásicos y en literatura inglesa. Fue director del castillo de Rathfarnham, adquirido por los jesuitas para usarlo como noviciado y casa de estudios. También fue rector de St. Stanislaus College (a menudo llamado Tullabeg College). Colaboró en numerosas publicaciones.
Su vida, estudio y traducción de su obra
En Robert Southwell. Jesuita, poeta y mártir, un considerable volumen, se aborda la vida y obra del santo inglés. En el libro, Braulio Fernández Biggs, profesor de la Universidad de los Andes y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, estudia el contexto tanto histórico como el político y religioso de la figura de Southwell, además de una visión de la historia inglesa. Es un trabajo amplio y minucioso que entrega una biografía de Southwell, el estudio de su poesía y de su prosa, y cómo se presenta dentro del panorama general de la Inglaterra isabelina, así como el lugar del autor en la tradición literaria inglesa, por ejemplo, en su influjo en los llamados poetas metafísicos e incluso dedica un capítulo a su posible relación con William Shakespeare, de quien fue contemporáneo.
Southwell vivió en un período de persecución religiosa bajo el reinado de Isabel I. Fue ordenado sacerdote en Roma y regresó clandestinamente a Inglaterra en 1586 para ejercer su ministerio. Arrestado en 1592, fue torturado y encarcelado casi tres años en la Torre de Londres para ser finalmente ejecutado.
En cuanto a la obra del escritor mártir el libro ofrece toda su poesía reunida (teniendo a la vista la edición de sus Collected Poems, de 2007, editados por Peter Davidson y Anne Sweeney), en versión bilingüe. La traducción de los poemas estuvo a cargo de Paula Baldwin, Neil Davidson, Sergio González, Vicente Silva y José Manuel Tagle.
