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La obsesión por cuantificarlo todo

¿Se puede cuantificar el desempeño humano en sus diversas manifestaciones? Todo tipo de organizaciones suponen que el camino al éxito está en esta cuantificación, hacer públicos los resultados y repartir recompensas según las cifras. Esto puede amenazar la calidad de nuestras vidas y de nuestras instituciones.

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* Por Simone Raudino

El sugerente libro La tiranía de las métricas de Jerry Z. Muller retoma antiguos argumentos pospositivistas sobre los límites del conocimiento cuantitativo mediante el uso de nuevas herramientas teóricas y su aplicación a estudios de caso originales. Indirectamente, el libro contribuye a una rica literatura que cuestiona los valores del positivismo, el cual, a partir de la obra de Marx Horkheimer y Karl Popper sobre el metatema de la epistemología, se ha extendido progresivamente a las ciencias sociales más “finitas”, como la economía y la gestión pública, dos áreas a las que este volumen contribuye directamente.

Después de una breve introducción del problema en cuestión (la fijación métrica, o la obsesión por las mediciones estandarizadas y públicas del rendimiento), sus implicaciones prácticas (su uso como base para la creación de recompensas y sanciones profesionales) y sus recurrentes deficiencias (la distorsión de la información y la tendencia humana a manipular las métricas), Muller ofrece una interpretación teórica del fenómeno, para posteriormente pasar a una revisión de estudios de caso y a una discusión de posibles soluciones.

La narración lleva al lector a través del desarrollo histórico de la fijación métrica, ofreciendo algunas explicaciones sociológicas de por qué se ha vuelto tan común en las sociedades occidentales. La rendición de cuentas y la transparencia serían funciones de las sociedades democráticas y meritocráticas, donde quienes ostentan el poder necesitan justificarlo constantemente, recurriendo a menudo a criterios aparentemente objetivos. La mentalidad métrica se habría apoderado tanto de la izquierda política (“hacer que las instituciones de élite rindan cuentas al pueblo”) como de la derecha (“garantizar que las instituciones públicas no se gestionen en beneficio de sus empleados”), inculcando un razonamiento instrumental que empaña a muchas profesiones. Las personas y las instituciones se ven obligadas a justificar sus acciones basándose en métricas que a menudo carecen de sentido y, en ocasiones, son contraproducentes.

En la segunda parte, Muller presenta convincentemente su teoría en un análisis de casos prácticos, proporcionando ejemplos específicos en siete áreas políticas (universidades; escuelas; medicina; policía; ejército; negocios y finanzas; filantropía y ayuda exterior). No será difícil para cualquiera que trabaje en estos sectores imaginar a qué se opone Muller: profesionales e instituciones que justifican los resultados mediante la deshonestidad (tratando e informando primero sobre las tareas más fáciles); omitiendo o distorsionando (clasificando casos inconvenientes de una manera que no es detectada por las métricas); manipulando (reduciendo los estándares de evaluación para que la variable medida sea más alta) o incluso recurriendo al fraude descarado.

La conclusión es que, en la mayoría de los casos, las métricas causan un “desplazamiento de objetivos” al desviar los esfuerzos de lo que se debe hacer hacia lo que se puede demostrar; por ejemplo, los medios métricos a menudo han llegado a reemplazar los fines profesionales que originalmente debían servir. Muller observa que la transparencia puede ser enemiga del rendimiento en muchas profesiones y concluye que las métricas cobran mayor sentido en trabajos rutinarios, individualizados y altamente focalizados, por ejemplo, como estímulo extrínseco en empleos que ofrecen relativamente pocas recompensas intrínsecas.

El mérito del libro reside en el análisis de varias interpretaciones perspicaces y originales. Estas incluyen la esclarecedora identificación de la rendición de cuentas tanto con llevar cuentas como con la transparencia, una definición que, lógica, aunque erróneamente, conduce al reconocimiento del rendimiento a través de las métricas. Identifica una brecha constante entre lo que se mide y lo que originalmente se pretendía medir, consecuencia de la separación entre el “gerencialismo” —la disciplina que se originó en las ideas y acciones profesionales de personas como Frederick Winslow Taylor y Robert McNamara— y las disciplinas o industrias específicas a las que se aplica. De manera perspicaz, también denuncia una tensión inherente entre el desempeño medido y la ética profesional, y la sugerencia de que las prácticas gerenciales representan una amenaza para valores importantes, como las motivaciones intrínsecas y las relaciones personales.

Sin embargo, los principales argumentos de La tiranía de las métricas también se basan en algunas contradicciones fundamentales, y podemos legítimamente sospechar que Muller las detecta y las acepta de manera voluntaria. Dos de ellas son particularmente importantes.

La primera contradicción es la confusión entre el origen de la motivación para usar métricas y su uso real. Así como Muller señala que el uso de las métricas como fin parece haber sustituido su función original como medio, parece que el uso instrumental de las métricas a veces se confunde con el impulso que lleva a las personas a explotarlas en primera instancia. Las métricas pueden convertirse en la herramienta de un impulso maligno, de la misma manera que lo puede ser un resumen bien expuesto de un abogado o un párrafo bien escrito de una ley. Los impulsos humanos existen independientemente de las herramientas que utilizan, ya que, si el impulso es adquirir poder o ganancias de forma imprudente, tiene poco sentido culpar a las métricas que son explotadas para lograr ese fin.

En otras palabras, los sesgos selectivos, la fijación en los resultados y la información degradada pueden utilizarse como simples herramientas por una ética de acción que existiría independientemente de las propias herramientas. Es engañoso sugerir que los fraudes o incluso las crisis financieras podrían haberse evitado si el mundo hubiera dependido menos de las métricas. Los casos de Mylan y Wells Fargo en 2008 son un buen ejemplo: atribuir la culpa a la obsesión por los números significa ignorar, en primer lugar, la obsesión general de las empresas estadounidenses por las ganancias, así como todas las demás circunstancias permisivas y no métricas —incluida, más recientemente, la Ley Gramm-Leach-Bliley de 1999— que permiten que las crisis financieras ocurran con regularidad.

Si bien Muller introduce varias advertencias y cuestiona explícitamente si los fraudes masivos sean “un problema de la naturaleza humana o de la propagación del credo de pagar por resultados medidos”, esta última variable también es una función de la naturaleza humana, más que del uso de métricas per se. Además, esta confusión parece repetirse a lo largo del libro: por ejemplo, el crear un número creciente de ganadores, reduciendo así el valor de ganar, está más relacionado con políticas deliberadas que con la fijación métrica. Decidir tener el mayor número posible de graduados, desplazando así el baricentro del promedio nacional de educación y los niveles salariales asociados, es el resultado de una política educativa (inter)nacional: las métricas se utilizan para justificar, monitorear e incentivar dicha política, en lugar de crear la voluntad política para adoptarla. Además, desde una perspectiva económica, dicha política educativa también puede ser racional, ya que una nación puede decidir mejorar su promedio general de educación en un intento por especializarse en los niveles superiores de las cadenas de valor globales.

Una segunda contradicción resulta de lo siguiente: si bien el libro señala que el problema no reside en el paradigma (la métrica), sino en su mal uso y abuso, también concibe el paradigma y sus manifestaciones como compartimentos estancos, donde sería posible aceptar el primero y renunciar a las segundas. Sin embargo, el cambio principal, el salto entre 0 y 1, es la transición del conocimiento basado en la experiencia al conocimiento cuantitativo. Una vez dado ese salto lógico, el resto se produce como una serie de pasos consecutivos en una cadena lógica predecible: una vez que el átomo nuclear se divide, no hay vuelta atrás, y es de esperar que se produzcan desarrollos en todo tipo de usos, desde la producción de energía hasta las armas de destrucción masiva. Para bien o para mal, la era del conocimiento positivo sigue aquí, y las organizaciones modernas difícilmente pueden funcionar sin (obsesivo-compulsivas) mediciones.

Entonces, ¿cómo sobrevivimos a las métricas y qué alternativas tenemos? En última instancia, parece haber una creciente necesidad de sentido común, algo de lo que las sociedades positivas crecientemente carecen, y algo que el libro constantemente insinúa.

Artículo aparecido originalmente en “The European Legacy» 24-7/8 (2019). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“La tiranía de las métricas”. Jerry Z. Muller. (Trad. M. Pimentel). FCE, México, 2025, 304 pp.

* Simone Raudino enseña en la Escuela de Economía de Kiev y en la Escuela de Estudios Superiores de Comercio de París. Es autor de “Development Aid and Sustainable Economic Growth in Africa” (2016) y coeditor (con Patricia Sohn) de “Beyond the Death of God” (2022).

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