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La Comuna de París, la primera “dictadura del proletariado”

En 1871, la clase obrera parisina tomó el control de la ciudad. La historia de la Comuna de París, las batallas que se libraron en su defensa y la masacre que terminó con ella, son contadas por un joven que presenció y luchó por la Comuna, que tendría influencia en las revoluciones del siglo XX.

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* Por Clifford D. Conner

1789, 1830, 1848, 1871. Aunque tal vez los matemáticos no reconozcan esta secuencia de números como particularmente significativa, los historiadores europeos ciertamente lo harían. Representan los años en los que las revoluciones —hitos en el camino del progreso social humano— estallaron en Francia y tuvieron repercusiones mucho más allá de Francia. Las tres primeras resultaron en triunfos iniciales seguidos de retrocesos parciales, “dos pasos adelante y uno atrás”, por así decirlo.

La cuarta, 1871, fue testigo de una revuelta de un carácter sin precedentes desde el punto de vista histórico, que, si bien fracasó en sus objetivos revolucionarios, dejó un legado extremadamente fértil. El levantamiento ocurrió en París, la ciudad que estaba en el centro de las tres revoluciones anteriores. Como primer ejemplo en la historia de un movimiento obrero que se tomó el poder, la Comuna de París inspiró las grandes revoluciones socialistas del siglo XX.

Ya que la ciudad fue saqueada y la revolución aplastada no por tropas extranjeras, sino por un ejército francés contrarrevolucionario, la batalla para defender la Comuna de París fue una guerra civil. Prosper-Olivier Lissagaray, periodista parisino, fue un combatiente en esa lucha armada, un comunero que sobrevivió a las luchas y escapó de la consiguiente masacre de sus camaradas, lo que le permitió escribir un relato detallado de los amargos acontecimientos.

El informe de testigo ocular que entrega Lissagaray, publicado por primera vez en francés en 1876, es más que un libro de historia; es un documento histórico clave por derecho propio, similar a la Historia de la Revolución Rusa de León Trotsky. A diferencia de Trotsky, Lissagaray era, según su propia descripción, un simple miembro de la base que luchaba en las barricadas, en lugar de un líder central de la revolución. Sin embargo, su narración proporciona información invaluable sobre el proceso revolucionario que, de otro modo, se habría perdido para las generaciones posteriores. Además de esta información, Lissagaray también recopiló y preservó una gran cantidad de datos históricos, muchos de los cuales sólo habrían sido accesibles para alguien que hubiera participado en los hechos.

La Comuna de París de 1871 ha sido descrita como la primera revolución en la que la conciencia de clase jugó un papel importante. El movimiento obrero parisino demostró la conciencia de que los trabajadores constituían una clase social distinta con intereses diferentes y opuestos a los de la clase capitalista dominante. La dirección de la Comuna no era ideológicamente homogénea, pero la gran mayoría se consideraba socialista de una u otra índole. Ochenta y seis hombres fueron elegidos para la Comuna el 26 de marzo de 1871, pero los antisocialistas entre ellos —más de veinte— pronto dimitieron. De los que permanecieron, los más influyentes fueron los miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores, posteriormente conocida como la Primera Internacional.

En retrospectiva, la Primera Internacional suele asociarse con el marxismo, pero en realidad los marxistas eran una clara minoría dentro de ella, tanto a nivel internacional como en París. Entre los líderes de la Comuna, eran muchos los seguidores de Louis-Auguste Blanqui, Pierre-Joseph Proudhon y Mijaíl Bakunin que los partidarios de Karl Marx.

Comuneros alrededor de la estatua del emperador Napoleón en el suelo, en tiempo de la Comuna.

Como comunero, Lissagaray no se consideraba parte de la minoría marxista, pero su Historia de la Comuna de París de 1871 se vio muy influenciada por el análisis marxista de los acontecimientos. En su exilio en Londres, mantuvo un largo romance con la hija de Marx, Eleanor, quien tradujo su obra a la versión inglesa ampliada, publicada por primera vez en 1886. Aunque Karl Marx no sentía una simpatía personal por Lissagaray, él, sin embargo, dio su aprobación a la Historia. Eleanor afirma que su traducción fue “completamente revisada y corregida por mi padre”. Por lo tanto, en general, coincide ideológicamente con la perspectiva de los líderes revolucionarios que transformaron gran parte del mundo en el siglo XX.

La obra de Lissagaray puede, por tanto, leerse como un complemento indispensable del conocido análisis que Marx hizo del tema, La guerra civil en Francia. Mientras Marx proporciona el marco teórico, Lissagaray aporta los datos históricos esenciales necesarios para completar el panorama.

El que Lissagaray obviamente no fuera un observador neutral puede llevar a algunos lectores a cuestionar su “objetividad”, en otras palabras, a preguntarse si se puede confiar en él. Trotsky, al comienzo de su magistral obra sobre la Revolución Rusa, explicó cómo un historiador partidario, pero concienzudo puede producir un relato veraz de acontecimientos controvertidos:

“El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías no disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen. Ésta es la única objetividad histórica que cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada, no por las buenas intenciones del historiador de que él mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico y que él se limita a revelar”.

Los retratos que Lissagaray hace de figuras tan diversas como Adolphe Thiers, Louis Blanc y Félix Pyat son, sin duda, expresiones de antipatía “abierta y manifiesta”, pero no hay indicios de que su juicio moral sobre sus acciones lo llevara a distorsionar el registro histórico de lo que hicieron para merecer su desprecio. El propio Lissagaray declara que “no se ha aventurado en ninguna afirmación sin absoluta certeza”, estando bien consciente de que sus críticos antisocialistas estarán “al acecho de la más mínima inexactitud para negar todo lo demás”.

La historia que cuenta Lissagaray no es una con final feliz. Los trabajadores y las trabajadoras de París se comportaron con valentía, dignidad y honor, y fueron masacrados por tropas bajo el mando político y militar de villanos perfumados como Thiers y el general marqués Gaston de Gallifet.

El conflicto surgió de una guerra entre Francia y Prusia. En agosto de 1870, el temerario emperador Napoleón III ordenó a su ejército invadir Prusia. El 2 de septiembre, el propio emperador fue capturado, junto con 100.000 soldados franceses, por el ejército de Bismarck. Su abyecta rendición abrió la puerta a una invasión prusiana de Francia.

La resistencia francesa se unió en torno a un “Gobierno de Defensa Nacional” provisional, encabezado por republicanos liberales opositores al emperador caído en desgracia, pero ellos también demostraron carecer de la voluntad para resistir la embestida prusiana. La Comuna de París surgió, en primer lugar, para defender París —y, por extensión, a toda Francia— del ejército de ocupación de Bismarck. El brazo militar de la Comuna era la Guardia Nacional parisina, una milicia de 200.000 efectivos organizada de manera fuertemente democrática.

Los prusianos sitiaron París, pero no lograron someter la ciudad. Bismarck calculó que las negociaciones con el cobarde Gobierno de Defensa Nacional podrían dar la victoria a Prusia sin más combates. Thiers no lo decepcionó. Cuando la Comuna de París dejó clara su intención de continuar la lucha por la independencia nacional, Thiers lanzó un asalto militar contra París.

El ejército francés se había visto muy debilitado por el conflicto con los prusianos, quienes tenían como prisioneros a un gran número de tropas francesas rendidas. Con las reducidas fuerzas militares que le quedaban, Thiers probablemente no habría podido derrotar a los parisinos, especialmente si los líderes de la Comuna hubieran percibido la amenaza a tiempo y hubieran enviado a la Guardia Nacional a Versalles, sede del gobierno provisional, para enfrentarse al gobierno de Thiers.

Pero Thiers y Bismarck colaboraron para aplastar la Comuna de París, que para entonces se había convertido en un gobierno socialista encabezado por la clase trabajadora. Bismarck entregó las tropas francesas prisioneras a Thiers, quien inmediatamente las envió a atacar París.

Los parisinos no se rindieron, ni siquiera cuando quienes los atacaban vestían uniformes franceses. El ejército de Thiers rompió las defensas externas de la ciudad y entró en París el 21 de mayo de 1871. La Guardia Nacional y los civiles parisinos, hombres y mujeres por igual, lucharon con valentía arrondissement por arrondissement y manzana por manzana, pero finalmente se vieron sobrepasados por la superioridad numérica y fueron forzados a deponer sus armas. Según las reglas habituales de la guerra en la Europa posterior a la Ilustración, los combatientes desarmados deberían haber recibido un trato humanitario, pero Thiers y sus aliados, en cambio, desataron una masacre furiosa y vengativa contra la indefensa población parisina. Se estima que 30.000 hombres, mujeres y niños fueron cruelmente asesinados en toda la ciudad durante los días siguientes.

La narración de Lissagaray es rica en detalles militares, políticos, económicos y sociales. No se anda con rodeos al describir las debilidades y deficiencias del liderazgo de la Comuna y los numerosos errores que cometió, los cuales contribuyeron al fracaso del gran experimento social. Pero también explica cómo lo que Lenin identificó retrospectivamente como la primera “dictadura del proletariado” del mundo abordó el reto de establecer la justicia económica y la igualdad social, así como la democracia política. Ya que la humanidad aún no ha alcanzado estos objetivos, este clásico de la historia revolucionaria sigue siendo importante.

Artículo aparecido originalmente en “Working USA. The Journal of Labor & Society» 16-2 (2013). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“Historia de la Comuna de París de 1871”. Prosper-Olivier Lissagaray. (Trad. W. Roces). FCE, México, 2024, 432 pp.

*Clifford D. Conner enseña historia en la City University of New York Graduate Center. Es autor del libro “A People’s History of Science” (2005) y las biografías de tres revolucionarios: Jean Paul Marat, Arthur O’Connor y el coronel Despard.

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