*Por Paul Heelas
Como cualquier persona al corriente de la teoría crítica contemporánea no puede dejar de notar, no todo marcha bien con el yo de la modernidad. Como dice Nikolas Rose: “Los teóricos sociales han escrito incontables obituarios para la imagen del ser humano que animó nuestras filosofías y éticas por largo tiempo: el sujeto universal, estable, unificado, totalizado, individualizado, interiorizado”. Uno de los argumentos más contundentes en La invención del sí mismo es que Rose tiene poco que ver con todo esto. “Se trata del hecho peculiar”, escribe, “de que, en este preciso momento, en el que esta imagen del ser humano es declarada passé por teóricos de lo social, como nunca antes en la historia de las prácticas de regulación que buscan gobernar a los individuos a través del vínculo con su ‘sí mismo’, con las ideas de la identidad y con otros aspectos afines, adquieren una importancia creciente en la mayoría de las prácticas que involucran a los seres humanos”.
En la práctica, el sujeto, el yo, está lejos de estar muerto. “Si hay algún valor aparentemente irreprochable”, escribe Rose, “en nuestro confuso ambiente ético actual, se trata del sí mismo y de los términos que se agrupan alrededor de él: autonomía, identidad, individualidad, libertad, elección, realización”. Y así llegamos a una cuestión crucial: ¿por qué debería ser así? En términos generales, el argumento es que “el crecimiento de las tecnologías psicológicas en Europa y Norte América, desde fines del siglo XIX, está intrínsecamente ligado a las transformaciones en el ejercicio del poder en las democracias liberales contemporáneas”. En términos algo más específicos, “gobernar a los ciudadanos democráticamente significa gobernarlos a través de sus libertades, sus elecciones y sus solidaridades, en vez de a pesar de ellas. Quiere decir transformar a estos sujetos —sus motivaciones y sus interrelaciones—, desde sitios potenciales de resistencia, en aliados del gobierno”. Y más específicamente aún, la psicología, la psiquiatría y disciplinas relacionadas realizan la labor de garantizar que aquellas elecciones que parecen “emanar de nuestros deseos individuales de satisfacernos a nosotros mismos en nuestra cotidianidad” sean en la práctica las «elecciones educadas e informadas” de quienes ejercen su —necesariamente aprendida— “autonomía” para vivir democráticamente; para vivir como «buenos” sí mismo emprendedores, ciudadanos activos, miembros de familia, miembros de la comunidad.
Se aborda el “problema del orden”. Frente al hecho de que los sujetos de la modernidad democrática están “obligados a ser libres”, el sí mismo ha adquirido mayor importancia: su subjetividad ha llegado a ser realzada por aquellas prácticas que alientan a los individuos autónomos a esforzarse por la “autorrealización” mientras que al mismo tiempo sirven para «alimentar y dirigir» estas luchas individuales para que ejerzan su libertad en las formas apropiadas. El argumento de Rose es demasiado complicado (e importante) para ser abordado en detalle aquí, aunque hay un punto que no se puede ignorar. Esto es: Rose a menudo escribe como si las personas fueran pasivas, incluso víctimas. Así leemos sobre “todos aquellos proyectos que buscan conocerlos y actuar sobre ellos para decirles su verdad”; de personas “atrapadas en estas máquinas”; de la «multitud de líneas que han ensamblado a los humanos en distintas relaciones”; de “el adentro como una operación del afuera”. La invención del sí mismo, uno se siente tentado a concluir, podría titularse mejor Los sí mismos inventados.
Por supuesto, podría darse el caso de que los humanos, la personas, estemos “maquinadas”. De interés inmediato, y suponiendo que lo estén, ¿cuáles son las implicaciones para el proyecto crítico de Rose? El volumen concluye con las líneas: “si no podemos desinventar-nos, al menos podemos mejorar la contestabilidad de las formas de ser que han inventado para nosotros, y comenzar a inventar-nos de manera diferente” (cursiva mía). Rose podría lograr el desarrollo de una “sociología” del conocimiento para revelar los juegos de poder de las disciplinas psicológicas en cuanto desempeñan roles constitutivos y gubernamentales con respecto al sujeto moderno, unificado y práctico. Pero el hecho es que está comprometido con una visión teórica del sí mismo como “un ensamblaje heterogéneo de cuerpos, vocabularios, juicios, técnicas, inscripciones, prácticas”. Ensamblados en términos de aquello “rizomas” que no pueden sostener un sí mismo unificado, desprovistos de todas “las propiedades esenciales” —en particular la agencia, la capacidad crítica de reflexionar por sí misma en lugar de simplemente replicar (¿o incluso solo adjudicar?) aquello que ha maquinado—, ¿cómo seremos capaces nosotros siquiera de comenzar a inventarnos de manera diferente? Parece que el precio a pagar por abordar el problema del orden es exacerbar el problema de la agencia, y el del futuro.
Atacar los fundamentos de los teóricos endógenos de la naturaleza humana; atacar los fundamentos y el “empalagoso humanismo” de aquellos constructivistas que recurren a la “agencia interior”; atacar a quienes enfatizan la libertad y la autorreflexión de nuestros tiempos; y, cabe destacar, también sostener que se rechaza a quienes ven al ser humano como “un producto pasivo o un títere de fuerzas culturales”: los objetivos críticos son ambiciosos. También lo son los objetivos positivos de retratar el yo como un “ensamblaje” y de enfatizar las “prácticas”. El alcance y las perspectivas de lo que Rose tiene que decir sobre lo que significa convertirse y ser un humano bastan para asegurar la gran importancia de este volumen. Y luego están las riquezas de los análisis más etnográficamente informados: la importancia del yo subjetivado (que sirve para disipar ciertos relatos posmodernos), junto con los roles desempeñados —en conjunto con disciplinas y prácticas asociadas— como una especie de (psicologizada) tradición.
Articulo aparecido originalmente en “The Journal of the Royal Anthropological Institute” 4-2 (1998). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
“La invención del sí mismo”. Nikolas Rose. (Trad. S. Vetö, N. Bornhauser y F. Valenzuela). Pólvora editorial, Santiago, 2019, 385 pp.
*Paul Heelas es antropólogo y sociólogo, que ha estudiado la espiritualidad y la religión. Ha estudiado las espiritualidades contraculturales. Autor, entre otros libros, “The New Age Movement” (1996) y “Spiritualities of Life” (2008).
