*Por Nick Fisher
Bernard Williams es uno de los filósofos más distinguidos de la actualidad (ha ocupado cátedras en Londres y Cambridge, y ha compartido cátedras en Berkeley y Oxford, donde anteriormente había leído y enseñado Estudios Clásicos); junto con sus numerosas aportaciones a la filosofía moral y sus contribuciones más amplias a la vida pública, ha mantenido un profundo interés en las implicaciones morales y filosóficas de la literatura griega. En el prefacio de estas Lecciones Sather, confiesa, de forma apropiada, aunque innecesaria, su reticencia como profano al unirse a un grupo tan distinguido de eruditos clásicos, y al mismo tiempo reconoce su deuda con las figuras más importantes, para él como estudiante, de los clasicistas de Oxford Eduard Fraenkel y E. R. Dodds, por el ejemplo de sus diferentes enfoques en el estudio de la literatura y el pensamiento griegos. Es un placer tanto para él al igual que para sus lectores que retorne, en este libro admirablemente vigoroso y provocador, a los textos que estudió entonces y a los temas tratados en lecciones Sather anteriores, en particular Los griegos y lo irracional, de Dodds.
Uno de los principales objetivos del libro es exponer un argumento doble y complejo, que puede expresarse muy toscamente así: en primer lugar, que la sofisticación y profundidad de las respuestas morales a los problemas y desastres que se encuentran en la cultura griega antigua, exploradas por Homero y la tragedia, han sido a menudo subestimadas, especialmente por quienes (como Bruno Snell y A.W.H. Adkins) han descrito una progresión en la ilustración moral desde los griegos clásicos al platonismo, al cristianismo o a la ética kantiana, o por quienes (como Denys Page) asumieron que poetas como Homero o Esquilo no podían ser pensadores profundos. Y, en segundo lugar, correspondientemente, que a pesar de las muchas diferencias importantes de la cultura griega con respecto a la nuestra, y sus propios grandes defectos (sobre todo en su tratamiento e ideología sobre los esclavos y las mujeres), algunos patrones morales predominantes y modelos realistas de comportamiento humano que se encuentran en ella no han sido filosóficamente sustituidos en tradiciones occidentales más recientes, y todavía pueden ayudarnos a una mejor comprensión, aunque sea en las condiciones muy diferentes del mundo moderno.
Los principales temas que aborda, en capítulos sucesivos, son los conceptos de personalidad y acción (especialmente en Homero), el análisis de la responsabilidad y lo “voluntario” en relación con la ley y la tragedia, la diferencia entre las respuestas de vergüenza y culpa y la concepción individual de la identidad personal, la aceptación de las «necesidades» de la esclavitud y la sujeción de las mujeres, y los intentos (esencialmente los de Aristóteles) de justificarlas, y las implicaciones de las creencias griegas en la compulsión “sobrenatural” en un mundo no necesariamente justo ni orientado a las necesidades humanas. Se trata, pues, de un libro amplio y ambicioso, basado en un conocimiento más que adecuado de los textos y los estudios griegos, así como del pensamiento posterior, impregnado de penetración filosófica y escrito con envidiable precisión, vivacidad y elegancia; merece ser leído ampliamente, y su profundidad será recompensada con mucha reflexión y relectura.
Gran parte del argumento contra los “progresistas” desarrolla posiciones ya planteadas, pero las lleva por direcciones fascinantes. Se ha argumentado a menudo, por ejemplo, que la descripción que Snell hace del hombre homérico, crucialmente carente de una concepción unificada tanto del cuerpo como de la personalidad, e incapaz de tomar decisiones genuinas por falta de una “voluntad”, falla de manera radical en dar cuenta de la imagen de las personalidades y el comportamiento humanos que se encuentra en los poemas. Williams, por su parte, demuestra —con una serie de argumentos convincentes, algunos nuevos— que, en todos los aspectos esenciales, los personajes de Homero poseen los elementos para unas concepciones adecuadas del cuerpo humano como un todo, de una personalidad capaz de tomar decisiones y de las acciones humanas deliberadas; lo que, en particular, añade es la visión positiva de que si Homero carece de un concepto de voluntad, de deber o de un esquema de la personalidad basado fundamentalmente en categorías éticas, esto debería considerarse una ventaja, de la que aún podemos aprender. En todo este análisis, al igual que en los capítulos posteriores, Williams muestra tanto una sutil sensibilidad hacia las personalidades individuales —y claramente unificadas— de los poemas, así como una conciencia de que el estilo épico quizá no permita más que indicios de un proceso interno de desarrollo psicológico (por ejemplo, en Aquiles o Penélope), pero que es importante que tales indicios estén presentes. En tal sentido, Williams se distingue de los historiadores anteriores de las ideas morales que subestimaron la riqueza y complejidad de estos textos, así como su naturaleza genérica.
Las diferencias entre vergüenza y culpa, la cuestión de si el discurso griego reconoce los sentimientos de culpa o si resulta útil analizar la Grecia primitiva como una “cultura de la vergüenza” con tal vez cierta evolución posterior hacia una “cultura de la culpa”, son temas que se han debatido de forma constante y acalorada, especialmente desde Los griegos y lo irracional. El libro Aidós (1993), de Douglas Cairns, fue publicado simultáneamente con el de Williams, examina su concepto de forma extensa y sutil desde Homero hasta Aristóteles, insiste con fuerza en el argumento de que aidós, o vergüenza, abarca un conjunto de respuestas al honor relativo de uno mismo y de los demás, y a menudo refleja un conjunto de valores profundamente internalizados o incluso una “conciencia”. Cairns considera que la idea de una distinción clara entre las culturas de la vergüenza y la culpa es prácticamente inútil. El argumento de Williams coincide con el de Cairns (y con el de muchos psicólogos y antropólogos recientes) de que la vergüenza a menudo se ha interpretado de forma simplista, asumiendo que siempre se externaliza o se dirige a otros, y que, de hecho, suele reflejar fuertes respuestas emocionales a los propios ideales u objetivos del individuo. Pero, a diferencia de Cairns, Williams insiste no sólo en que las respuestas de la vergüenza son significativamente diferentes de la culpa y son más características de la cultura griega que de nuestra cultura cristianizada, sino también en que considerar la vergüenza como algo más relacionado con la identidad individual, considerando “lo que soy” y los estándares establecidos tanto por la sociedad como por uno mismo, en lugar de con los actos y sus efectos en las víctimas, tiene importantes consecuencias: como explora con más detalle en el Apéndice 1, la vergüenza puede verse como trabajar con un “modelo” de un “observador” internalizado que comenta, con enojo o arrepentimiento, el fracaso o la pérdida de poder del yo, mientras que el modelo de la culpa implica una víctima o ejecutor internalizado que castiga con enojo la falta. Para Williams, lo más interesante es que el “modelo” de la vergüenza es un patrón más amplio y valioso, que puede, de hecho, incluir la culpa, pero a la vez conducir a concepciones más ricas de la autonomía moral y del yo “con carácter” que las concepciones de la “culpa” basadas en el incumplimiento de actos y deberes específicos. Esta posibilidad se desarrolla posteriormente en un impresionante análisis del Hipólito (respaldado por un tratamiento más detallado de los temas del discurso del “doble aidós” de Fedra en el Apéndice 2).
Mi mayor desacuerdo con los argumentos del libro se refiere al análisis de la esclavitud. El análisis se basa en un contraste entre las imágenes de esclavos en Homero y la tragedia, con su enfoque en la lamentable reducción a la esclavitud de los desafortunados plenamente humanos —por ejemplo, como cautivos de guerra— y el patético intento de Aristóteles de argumentar que una categoría significativa de humanos es apta para la servidumbre y estar feliz en ella. El análisis de Aristóteles no sólo demuestra, como lo han hecho varios tratamientos recientes, las desalentadoras contradicciones profundamente arraigadas en sus argumentos, sino también cuán necesario fue para Aristóteles, comprometido con la visión de que la vida, por terrible que a menudo fuera en la práctica, no podía ser estructuralmente injusta, justificar la esclavitud como institución, al tiempo que admitía que, en ciertos casos, ella podría ser injusta. Donde Williams puede ser algo engañoso, creo, es en la impresión dada de que la mayoría de los griegos no sentían esta necesidad, sino que aceptaban la naturaleza injusta y coercitiva de la esclavitud, así como tendían a aceptar la injusticia inherente de otras “necesidades divinas”; esto parece subestimar la probabilidad de que, al menos desde principios del siglo V, muchos griegos tanto los poco reflexivos, así como los reflexivos (como era el caso del autor de Aires, aguas y lugares) sintieran que la evidente inferioridad de los bárbaros hacía que la esclavitud, tal como se practicaba ampliamente en Grecia, fuera algo natural y apropiado para todos los involucrados. El énfasis en los horrores de la esclavitud en algunas obras de Eurípides puede ser más crítico de la ideología recibida de lo que Williams admite (esto puede verse también en el libro de Edith Hall, Inventing the Barbarian).
En general, sin embargo, hay mucho —y mucho que no tengo espacio para mencionar— que es emocionante y valioso en este vigorizante libro, que sirve admirablemente a los objetivos de las Lecciones Sather: sobre todo por su erudita y provocadora demostración del valor perdurable para el pensamiento poscristiano de la moralidad de algunas concepciones griegas antiguas sobre la naturaleza de nuestro mundo, y por sus sugerencias detalladas para un programa de este tipo, que, curiosamente, tienen características en común, así como diferencias igualmente importantes, con los programas comparables de Nietzsche y Alisdair Maclntyre.
Artículo aparecido originalmente en The Classical Review 45-1 (1995). Se publica con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
“Vergüenza y necesidad”. Bernard Williams (Trad. A. Montes). Editorial La Balsa de la Medusa, Madrid, 2011, 286 pp.
*Nick Fisher es profesor emérito de Historia Antigua en la Universidad de Cardiff. Es autor de Hybris: A Study in the Values of Honour and Shame in Ancient Greece (1992) y de numerosos artículos sobre la Grecia Antigua.
