Por Daniel Kraft *
Hacia el comienzo de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, el profesor Pierre Aronnax admira la biblioteca que mantiene el misántropo y misterioso capitán Nemo a bordo de su fantástico protosubmarino. “Debe de tener seis o siete mil volúmenes aquí”, dice Aronnax. Nemo lo corrige: “Doce mil, señor Aronnax. Estos son los únicos lazos que me unen al mundo”.
La afirmación podría parecer un reflejo hiperbólico de la oscura excentricidad de Nemo, pero los lectores serios se reconocerán aquí. Uno de esos lectores es Peter Orner, el reconocido escritor de ficción y ensayista. A diferencia del capitán Nemo, Orner no es un misántropo; su compasión por la humanidad, tanto a pesar como a causa de las crueldades y los dolores que infligimos y sufrimos, brilla inconfundiblemente en su prosa. Pero, al igual que Nemo —y al igual que todos para quienes leer es vivir y vivir es leer, parafraseando el subtítulo de la colección de ensayos de Orner, ¿Hay alguien ahí?—, la relación de Orner con el mundo está mediada y se hace posible por su relación con los libros.
La más reciente colección de Orner, Sigo sin saber de ti, continúa la obra transgresora de géneros que inició en ¿Hay alguien ahí? Es un libro de memorias a través de la crítica, y de la crítica a través de las memorias; para Orner, la lectura está tan entrelazada con la vida que los proyectos de crítica y de memorias no pueden distinguirse en nada. En ¿Hay alguien ahí? Orner describió la experiencia de leer la ficción tardía de Chéjov como una en la que “la cadencia del cuento se acompasó con el ritmo de la propia respiración”. Esto es lo que significa leer para Orner: la forma y el contenido de un libro se asimilan a los mecanismos más instintivos y vitales del cuerpo del lector, hasta que el lector y el libro alcanzan un estado de reconocimiento mutuo.
En Sigo sin saber de ti, Orner describe con más detalle lo que significa leer de esta manera visceral y corporal. A lo largo de 107 capítulos breves, analiza a docenas de escritores —cuento 64, tanto conocidos como desconocidos, además de referencias pasajeras a muchos más— junto con anécdotas de su vida y de la historia de su familia. Orner viaja a través del tiempo y el espacio, desde el Chicago de su infancia hasta la Italia de Primo Levi, desde Vermont, donde vive con su esposa e hijos, hasta el México fantasmal de Juan Rulfo, y hasta Cincinnati, donde Orner vivió con su primera esposa, hace décadas.
Pero describir algo como ocurrido “hace décadas”, insiste Orner, es una forma errada de hablar, y este libro es tanto una meditación sobre el tiempo y la memoria como sobre la literatura. “Sobre lo falsa, lo insultante que es para la propia existencia esa noción de que el pasado se puede separar del presente, como si estuvieran divididos por una barrera impenetrable”, escribe. “Lo que pasa ya pasó y sin embargo siempre seguirá pasando”. O consideremos en sus recuerdos de las tensas y silenciosas comidas familiares que soportó en su infancia, mientras sus desdichados padres se divorciaban: incluso ahora, casi medio siglo después, “seguimos metidos ahí, porque no hay mayor mentira en la faz de la Tierra que la que dice que el tiempo es lineal. El tiempo es un círculo. Masticamos, tragamos y tratamos de no llamar la atención. La casa ya no está, la demolieron, y sin embargo seguimos intentando pasar la cena sin sobresaltos”.
Esas comidas eran tan tristes en gran parte porque el padre de Orner era un tirano. Pero esto no es excepcional. Como dice Orner, “hay padres autoritarios por docenas, en los libros y en la vida”. Nótese el paralelismo entre libros y vida, al que Orner presta poca atención. Para él, es axiomático que las personas de los libros y las de las vidas tangibles se reflejan mutuamente y no pueden distinguirse de forma obvia. Describe a la anfitriona de las fiestas a las que asistieron sus padres como una mujer “enroscada en su silla al final de la noche como un borracho triste de un cuento de John Cheever”. La vida no imita tanto a la literatura como la vida es literatura; esta mujer recordada de la infancia de Orner pertenece a un gran cuento, así como un personaje de un gran cuento pertenece al mundo tangible.
Vivir los libros de esta manera no siempre es fácil, ni para Orner ni para quienes lo rodean. En otro capítulo, Orner se encuentra con un amigo en un restaurante de San Francisco. El amigo le cuenta la desgarradora historia de haber presenciado cómo un hombre era pisoteado hasta la muerte frente a su departamento. Es comprensible que se sienta perturbado e intente procesar la herida moral que siente, cuando Orner lo interrumpe: “Empecé a hablarle sobre un cuento de Isaac Babel, sobre un criado que…”.
“¿Nunca vas a parar? ¿No te cansas de hablar siempre de lo mismo?”, interrumpe a su vez el amigo.
Orner no se detiene. Parece incapaz de hacerlo, y continúa resumiendo un cuento de Babel cuya violencia evoca la violencia que su amigo ha presenciado. El amigo no se consuela con esta mezcla de vida y literatura. Orner tampoco: “Dios sabe lo harto que estoy de repetir siempre…”, le dice a su amigo, pero eso es irrelevante. Invocar a Isaac Babel en un momento así es simplemente lo que Orner debe hacer para desentrañar e intentar dar sentido a nuestra a menudo simultáneamente hermosa y brutal existencia.
Si hay alguna falla en Sigo sin saber de ti, reside en la estructura del libro, compuesta por capítulos breves, algunos de los cuales apenas tienen un párrafo. Pueden resultar irregulares e inestables, y algunos lectores desearían que Orner ampliara sus secciones más cortas o encontrara transiciones más coherentes entre ellas, en lugar de parecer acumular fragmentos de sus lecturas y su vida biográfica. Pero la descripción que Orner hace de la peculiar biografía sobre Etheridge Knight escrita por el poeta Terrence Hayes, To Float in the Space Between (“Flotar en el espacio intermedio”), proporciona una clave para el propio método de Orner y compensa su ocasional y aparente falta de cohesión.
“Su método”, dice Orner sobre Hayes, “me parece la única forma honesta de tratar de reconstruir una vida en papel. Un rejunte de fragmentos. De las historias que se contaron sobre nosotros. O de las historias que nosotros contamos. Desordenadas tal como nos vienen nuestros pensamientos día a día”. La escritura de Orner comparte este enfoque y, a través de él, ofrece la única representación honesta de lo que realmente se siente tener la conciencia de un lector, ensamblada a partir de libros, poemas, relatos, ensayos y recuerdos personales, intentando dar sentido a los momentos confusos que, unidos, constituyen una vida. ¿Qué es una vida, después de todo, tanto para Orner como para todos nosotros, sino un montón de historias fragmentadas, que oscilan dentro y fuera de la coherencia?
En un momento de Sigo sin saber de ti, Orner describe cómo violó el confinamiento durante la pandemia (solamente permitido a trabajadores esenciales) con el objeto de ir a su oficina, donde le esperan sus libros. “No debería estar aquí”, dice, con su característico tono autodeprecativo. “Nunca he tenido nada de esencial”. Quienes vemos nuestras vidas reflejadas en nuestros libros, y nuestros libros reflejados en nuestras vidas, discreparíamos. Si los libros son tan importantes como Orner afirma, y como lo demuestra la fuerza de su escritura, pocas cosas son más esenciales que su capacidad de extraer claridad y belleza, mediante la lectura y la escritura, del aparente caos del mundo.
Artículo aparecido originalmente en On the Sea Wall 02.05.2023. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
“¿Hay alguien ahí?”Peter Orner (Trad. D. Tullio), Chai Editora, Buenos Aires, 2022, 276 pp.
“Sigo sin saber de ti” Peter Orner (Trad. D. Tullio), Chai Editora, Buenos Aires, 2023, 252 pp.
* Daniel Kraft estudió en St. John’s College en Maryland y en la Harvard Divinity School. Sus poemas, ensayos y traducciones aparecen en diversas publicaciones. Es editor de la revista Gashmius.
