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Percival Everett o cómo ir al infierno sin quemarse

Uno de los autores más destacados de Estados Unidos reinterpreta la novela central del país. La ingeniosa vuelta de tuerca que realiza Everett en torno a Huckleberry Finn trastoca el mundo de Mark Twain. En “James”, que ganó el National Book Award y el Pulitzer, Everett cuenta una historia muy conocida, desde una perspectiva distinta.

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Por Ron Charles *

Samuel Clemens, quien adoptó el nombre con algo de barco de vapor de “Mark Twain” como seudónimo, sabía que el Mississippi era un río peligroso para navegar. Pero se siente como un arroyo tranquilo comparado con las aguas turbulentas de la literatura estadounidense.

Se puede percibir esa tensión prefigurada al final de Las aventuras de Huckleberry Finn, cuando Huck admite: “si hubiera sabido lo difícil que era escribir un libro, no me habría puesto a ello, y no pienso volver a hacerlo”.

De hecho, Huck nunca lo ha tenido fácil.

Mark Twain trabajó en el manuscrito de forma intermitente durante años, a veces sin saber cómo continuarlo y claramente sin saber cómo terminarlo. Antes de que se publicara la novela, alguien notó que una ilustración del tío Phelps había sido mejorada con un agregado obsceno. Ese acto de vandalismo, presumiblemente obra de un grabador desconocido, fue corregido, pero apenas unas semanas después de la publicación del libro en 1885, la biblioteca de Concord, Massachusetts, condenó a Huckleberry Finn como “basura”. Una vez que los críticos captaron esa pista, nunca la abandonaron.

La tosquedad de Huck fue inicialmente el problema: “el libro era más apropiado para los barrios bajos que para la gente inteligente y respetable”, según un integrante del comité de la biblioteca. Y el dialecto por el cual Twain tanto sudaba por lograr ofendía las sensibilidades de los autoproclamados defensores del inglés que sabían cómo debía sonar un libro decente.

A medida que muchos estadounidenses blancos comenzaban a comprender el respeto que Huck sentía por su amigo negro, el uso de la palabra que empieza por “n” en el libro —más de 200 veces— se volvió cada vez más intolerable. Para la década de 1950, algunas escuelas expulsaron el libro Huck Finn por su insensibilidad racial. Tan tardíamente como en 2007, seguía siendo uno de los 10 libros más cuestionados del país. Cabe destacar que Huck comienza su propia historia refiriéndose al señor Mark Twain con una pequeña broma metaficcional: “y contó la verdad, casi siempre”.

Esa expresión “casi siempre” es tan ancha como el Mississippi en primavera. Y en la corriente de semejante torrente de posibilidades, Percival Everett ha situado James, su maliciosa respuesta a Las aventuras de Huckleberry Finn.

El momento puede ser accidental, pero no podría ser mejor. Nuestros estados apenas unidos vuelven a desgarrarse en relación a qué libros deberían prohibirse y cómo debería enseñarse la historia afroamericana. Mientras tanto, la película “American Fiction” —una adaptación de la novela de Everett de 2001, Cancelado, que satiriza la condescendiente consideración de la industria editorial hacia los escritores negros— ganó un Oscar. ¿Qué mejor momento para que uno de los autores más destacados de la nación reinterprete la novela central de la nación?

Al igual que Huck, podrías pensar: “Ya sé lo que es pasar por eso”, pero el título, James, sugiere inmediatamente lo que Everett trama con esta subversiva revisión. En estas páginas, el hombre esclavizado conocido como Jim puede declarar: “No pienso permitir que esta aflicción me defina… Mi nombre se volvió mío”.

Al principio de la novela, James adquiere un lápiz a un precio indescriptible, y no tiene miedo de usarlo. Hágase a un lado, señor Twain. “Me escribí a mí mismo”, proclama James.

Aquí está la historia que creíamos conocer, contada desde el punto de vista de un “hombre que conoce su mundo”, un astuto joven de 27 años que lee a Kierkegaard y puede reírse de la tensión entre la “ironía proléptica” y la “ironía dramática”. Everett no se sube exactamente a la balsa de Twain, pero navega por el mismo río, atracando en algunos de los mismos puntos y dejando pasar otros. Mientras tanto, el ingenio de la historia original ha sido reinterpretado con un matiz diferente. Este es un libro atormentado por la inocencia de un niño pequeño, pero ya no acorralado por ella. Mientras que Las aventuras de Huckleberry Finn satirizaba a la sociedad estadounidense a través de la ingenuidad de su joven narrador, James critica el racismo blanco con la aguda perspicacia de un personaje que ha sentido el látigo y que tiene una esposa y un hijo a quienes proteger de la tortura y la violación sancionadas por el Estado.

Everett, quien lleva más de 40 años escribiendo, ya ha atravesado el terror y el humor. De manera destacable, en 2021 publicó una novela titulada Los árboles. Es una comedia despiadada sobre linchamientos, algo que jamás habría creído posible antes de leerla en un solo día de angustia.

Pero el horror se acumula con suavidad en James. Primero, Everett intenta reorientar a estos personajes en su propio panorama moral. “Los críos aquellos, Huck y Tom, me estaban vigilando”, dice James una noche de luna. “Siempre jugaban a que yo era un villano o bien su presa, pero en cualquier caso me usaban de juguete”.

Ya no.

Noten también esa voz. En lugar de simplemente descartar el dialecto de Jim, Everett lo convierte en central para la historia. Cada persona esclavizada en James es esencialmente bilingüe, capaz de alternar entre el inglés sofisticado que usan en secreto entre ellos y el dialecto vernáculo que hablan con la gente blanca. “Moverse de forma segura por el mundo”, señala James, “era algo que dependía del dominio fluido del lenguaje”. Y así lo vemos enseñando a su hija a agradecer a la señorita Watson por un trozo de su horrible pan de maíz:

“¿Pero, qué le vas a decir cuando te pregunte?”

La niña practica: “Señorita Watson, nunca en mi vida m’he comío un pan de maíz como ese”.

“Mejor ‘nunca en la vida mía’”, le dice Jim. “Es la gramática incorrecta correcta”.

La “gramática incorrecta correcta” es una metáfora perfecta de la estructura rígida pero absurda del racismo estadounidense con el que James lidia. Cada situación, insiste, debe ser cuidadosamente diseñada para preservar la ilusión de inferioridad negra. En una reunión nocturna que se lee como una sesión de capacitación de recursos humanos en el infierno, James explica que el frágil sentido de generosidad, justicia y tranquilidad de los blancos se ve constantemente amenazado por su propia brutalidad y la humanidad de sus víctimas. “La gente blanca espera que hablemos de una manera determinada y siempre va bien no decepcionarlos”, dice. “Y cuanto mejor se sientan, más a salvo estaremos”.

Aunque no se haya leído Las aventuras de Huckleberry Finn en el colegio, sorprenderán las recreaciones de Everett de muchas escenas de la novela de Twain. Pero cada una ha sido reinterpretada de maneras sorprendentes. En una, por ejemplo, no es culpa de Huck que una serpiente de cascabel muerda a James, y en su delirio, bajo los efectos del veneno, James debata el sentido de la igualdad con Voltaire.

Más tarde, esos sinvergüenzas de siempre, el Rey y el Duque, se abren paso a empujones hacia la balsa. Everett hace bien su papel, pero los mantiene a raya. Esto se debe en parte a que James está menos impresionado por estos estafadores que Huck, pero también a que Everett tiene un control más firme de su trama. Esta no es la historia contada por un niño que va la deriva por el río; es la historia contada por un hombre que lucha contra el caos para recuperar a su familia.

Por supuesto, eso significa que se pierden por completo algunos momentos memorables, incluyendo cualquier cosa que Jim no presencie en la historia de Twain, como la disputa entre los Grangerford y los Shepherdson. Personalmente, nunca me canso de Emmeline Grangerford —su poesía sentimental, sus dibujos arácnidos— pero, como compensación, Everett nos ofrece nuevos y evocadores incidentes, como la participación de James en un grupo de cantantes de caras pintadas de negro, un ejemplo perfecto de la sátira contrapuntística del autor.

Otras omisiones son más estratégicas y más reveladoras. Everett prescinde del viaje absurdo a la granja de Phelps que arruina el final de Las aventuras de Huckleberry Finn. En cambio, James se apoya enérgicamente en sus elementos de thriller y cobra velocidad y terror como una tormenta que crece. Su conclusión es tan impactante como conmovedora.

Lo más sorprendente, en definitiva, es la forma en que James a la vez honra e interroga a Huck Finn, así como a la nación que lo venera. ¿Qué significa que —en palabras de Hemingway— “toda la literatura estadounidense moderna proviene de un solo libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn”? ¿Cómo logramos privilegiar la historia de la agudeza moral de un niño blanco por encima de la difícil situación de peligro existencial de un hombre negro? A pesar del genio cómico y la valentía social de Twain, Huckleberry Finn permite a los lectores blancos hablar sobre la esclavitud sin dejar de ser el centro de la historia. Al igual que Huck, podemos sentirnos reconfortados al decidir valientemente ir al infierno por Jim, sin quemarnos.

En las primeras páginas de la novela de Everett, la señorita Watson nota algo extraño. Le pregunta a James: “¿Has estado en la biblioteca del Juez Thatcher?”.

“¿La sala esa donde tié los libros?”.

“Sí”.

James se ríe y dice: “¿Qué iba a haser yo con un libro”.

Sólo espera y ya verás.

Artículo aparecido originalmente en The Washington Post 08.03.2024. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

JamesPercival Everett (Trad. J. Calvo), Editorial Seix- Barral/ De Conatus, Barcelona, 2025, 342 pp.

* Ron Charles escribe sobre libros para The Washington Post. Ha recibido varios premios como crítico. Durante años enseñó literatura estadounidense y teoría de la crítica. Fue editor de la sección de libros de The Christian Science Monitor.

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