El cine y la televisión nos han entregado innumerables imágenes del fin del mundo. Cientos de películas y series alimentan nuestras pesadillas y paranoias. El acabose incluye zombis, monstruos, invasiones extraterrestres, pandemias, rupturas del espacio-tiempo, páramos nucleares, máquinas exterminadoras y portales cósmicos por donde cruzan los seres más ridículos y crueles.
Narrar el final de los tiempos en papel, contar la hecatombe interior de los protagonistas y apelar al paisaje local es una mezcla que, por ejemplo, hizo de El Eternauta —la novela gráfica de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López— un clásico. Aunque la adaptación que estrenó Netflix puede parecer poco novedosa para las nuevas generaciones —criadas con una amplia dieta de efectos especiales digitales—, su ambientación y su argentinidad fueron una carta de triunfo. Sí, lo viejo funciona y relatar cómo arde tu aldea también te hará universal.
La muerte y el meteoro (Laurel, 2025; publicada originalmente en 2019) de Joca Reiners Terron cuenta los estertores de una hermética tribu amazónica —los kaajapukugi— como una historia de horror terminal en el patio trasero de nuestra América. El escritor brasileño envuelve el ocaso de medio centenar de indios en una operación política y burocrática, a ratos delirante y desesperada, coronada por una galería de antihéroes y funcionarios que son la flora y fauna de nuestras sociedades. Por supuesto, habita en sus páginas una crítica al colonialismo y a los grandes males del hombre blanco, pero su motor es la soledad, el hastío, el duelo infinito y la esperanza que desfallece en cada vuelco.
Mientras la inteligencia artificial es noticia en desarrollo, del mismo modo como en la novela una misión china a Marte mantiene a la humanidad mirando el cielo, la batalla por la supervivencia transcurre entre polvo, ciudades desangeladas y ruinas. En Un pianista de provincias del uruguayo Ramiro Sanchiz —otra formidable odisea posapocalíptica sudaca—, uno de los personajes se sorprende de que nadie anticipó que “el futuro iba a ser el mundo de nuestros bisabuelos”: un territorio rural de fuerza bruta, trabajos manuales y atardeceres sin neones ni computadoras.
La distopía de Terron es la tragedia de los pueblos sometidos y el fracaso del progreso continuo a través de la tecnología. La muerte del título está en cada rincón del libro: es amenaza, destino inexorable y contrapunto entre la cosmogonía de los indígenas y el naufragio espiritual de los ciudadanos de buena (y mediocre) voluntad que intentan el salvataje de los kaajapukugi en tierras mexicanas. Cuando la farsa antropológica muestra la hilacha, Terron matiza con sutil humor negro y un firme anclaje en la realidad: la cuenta regresiva ya comenzó, no es un simulacro, nos alerta entrelíneas. Es ciencia ficción que no parece tal, especialmente para los alérgicos al género. La muerte y el meteoro es melancolía para sobrevivir al cinismo, es una magna compañera para estos días en que la demencia y la ansiedad bélica son un loop en nuestras pantallas de bolsillo. Hay que leerla antes de que el corazón se nos detenga o una roca espacial nos borre para siempre.
