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El día a día de Kant 

En este libro el inglés Thomas de Quincey (1785-1859) construye un retrato del filósofo alemán Immanuel Kant  (1724-1804) que mezcla documento histórico, ensayo literario y memorias de otros que, como dice el reseñista, “es más que una nueva versión y menos que una manipulación”. 

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Por Alberto Olivetti*

Thomas De Quincey publicó Los últimos días de Immanuel Kant en Blackwood’s Magazine en febrero de 1827. Se trata de un recorrido por los últimos años y días del filósofo tal como los describe Ehregott Andreas Christoph Wasianski, diácono de la iglesia de Tragheim en Königsberg, en sus memorias Immanuel Kant en los últimos años de su vida. Es una contribución al conocimiento de su carácter y de su vida familiar a partir de los encuentros diarios con él que el diácono publica en 1804, pocos meses después de aquel 12 de febrero que fue el día de la muerte de Kant, dos meses antes de su octogésimo cumpleaños. Wasianski llevaba veinte años cuidando la casa y el patrimonio del filósofo. De las páginas de Wasianski, transcribiendo, citando, editando, De Quincey extrae una narración que es más que una nueva versión y menos que una manipulación. El escritor, famoso por sus Confesiones de un inglés comedor de opio (publicadas en 1821, terminadas en 1822 y reimpresas en 1856) diría que deja a su lector a un lado al indicar, paso a paso, lo que le llama la atención, ya subrayando, ya combinando este o aquel pasaje del minucioso relato del diácono de Königsberg, escrito mientras asiste al filósofo durante los años de decadencia física e intelectual, hasta su muerte.

Refiero lo que escribe Eugenio Garin sobre el testimonio biográfico sobre Kant que nos dejó Wasianski: “Con un estilo desprovisto de adornos, a veces casi con los modales de un informe clínico, Wasianski sigue en todas sus etapas la disolución de un cuerpo y el oscurecimiento de la una mente. Al lector no se le ahorra nada de las debilidades y miserias que, de vez en cuando, pueden revelarse a la enfermera incluso más que al médico o al sacerdote. No se puede decir que haya complacencia; pero una especie de memento mortis constante, sí”. “Y más que un llamado a la muerte”, advierte Garin, hay “una insistencia en la fragilidad del hombre, y una oposición deliberada al orgullo del pensamiento humano, de esa desintegración, no tanto de un cuerpo, cuanto de una inteligencia”.

Se puede fácilmente estar de acuerdo en que es esta peculiaridad de la memoria de Wasianski lo que atrae a De Quincey. De pie, por así decirlo, junto al diácono, entra con él en la casa de Kant y observa al filósofo a través de sus ojos; luego escucha su voz, constata su fragilidad y sus pequeñas manías, reconoce sus gustos y predilecciones, mientras nota, en particular, el debilitamiento y luego el apagarse de las ocasiones de convivencia tan amadas por Kant.

Se sabe que Kant, desde su juventud, se adhirió a una regla cotidiana inflexible que él mismo se había impuesto. Uno de sus estudiantes, Reinhold Bernhard Jachmann, en su Immanuel Kant descrito en cartas a un amigo publicado en 1800, cuenta que Kant dormía siete horas, en una habitación sin calefacción, con una manta ligera, desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana. Trabajaba hasta el mediodía. Sólo comía una vez, al mediodía. Su comida favorita era probablemente el bacalao y le gustaba mucho el queso y, entre los vinos, sobre todo tintos y ligeros, prefería el Médoc. No bebía cerveza y le gustaba mucho el café. Durante el día no tomaba nada excepto agua.

Su placer especial era invitar a conocidos y amigos a almorzar, muy frecuentemente, en una mesa que acogía, a veces, a invitados en número de tres (incluido Kant) como cuántas son las Gracias, y no más de nueve, como cuántas son las Musas. Con los almuerzos estaba el placer de la conversación, que “duraban hasta tres o cuatro horas”, apunta De Quincey. Wasianski recuerda que “no había ningún amigo de Kant que no considerara el día en que almorzaba con él como un día de fiesta”.

Y no deja de recordar que, en la dimensión de esa convivencia, la conversación de Kant estaba marcada por un estilo “familiar en el más alto grado y no escolástico, hasta el punto de que cualquier extraño, que tuviera algún conocimiento de sus obras, pero no de su persona, le habría resultado difícil creer que en ese amable y cordial compañero se encontraba ante el profundo autor de la Filosofía Trascendental”.

Artículo aparecido originalmente en Il Manifesto 06-09-2024. Traducción: Patricio Tapia

Los últimos días de Immanuel Kant, Thomas de Quincey (Trad. J. García Olmedo). 2022, Firmamento. 102 páginas.

*Alberto Olivetti es filósofo, fue profesor de estética en la Universidad de Siena. Su último libro es Intimità delle lontananze (2020).

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