Costello está sentado, mirando directo al espectador y dando la espalda a lo que ocurre en la escena, sólo que detrás suyo no hay nada: una pieza de techo alto, pintada de blanco y unos cuantos muebles y cachivaches, arrumbados en desorden. Cuando comienza a hablar es como si ni él ni las cosas estuviesen ahí:
“Recuerdo este lugar. La recuerdo a ella en este lugar. A veces estaba feliz y bueno, hablaba de esto y lo otro, de aquí y allá. En un momento estaba aquí y al minuto siguiente eran cuarenta años después. Así que te sentabas a su lado, a rebotar los años con ella”.
El plano se corta y comienza la canción.
Quizás porque soy de la época en que los videos dominaron el mundo (al estilo de los dinosaurios) aún tiendo a pensar en ellos como “mini películas”. En esos días, el mercado los consideraba y, en cierto modo, aún los considera poco más que publicidad televisiva —un artefacto destinado a estimular la compra de un producto—, sobre todo porque la gran mayoría era precisamente eso. Pero en un medio como la TV, que jamás iba a dar cabida a los cortometrajes ni menos a la experimentación, los clips fueron durante una década y media lo más cercano a eso que tuvimos a mano, en especial si apostaban por sacarse de encima el cliché de la banda cantando frente cámara y se arriesgaban a dar un paso “más allá”. Big Time, de Peter Gabriel, era una pesadilla surreal, fabricada con plasticina y filmada en stop motion; The Queen is Dead, de los Smiths, era un filme de un cuarto de hora, donde Derek Jarman proponía un pasional equivalente en imágenes de la poética de Morrissey y Marr; y en su peregrinar desde Material Girl a Ray of Light, Madonna fue cambiando de look, de escenarios, tramas y directores cual camaleón puesto bajo un prisma.
Veronica, de Elvis Costello, no tiene esa ambición. El video va alternando las tomas del músico con secuencias de la vida de la protagonista, retazos sueltos de su infancia, juventud y adultez que, tal como alude la letra, van colapsando y borrándose, paso a paso, dejando el vacío ahí donde una vez existió la persona: Well, she used to have a carefree mind of her own and a delicate look in her eye / These days I’m afraid she’s not even sure if her name is Veronica (Bueno, ella solía tener una mente vivaz y una mirada delicada / Estos días, me temo, ella ni siquiera está segura de si su nombre es Verónica). El clip avanza y esos segmentos tristes, melancólicos, extraños, alborozados, se aceleran hasta volverse un confuso torbellino en cuyo centro está rostro de la anciana de mirada perdida a la cual Elvis le canta, pero no de la forma en que suelen hacer los músicos en sus videos. El cantante en cámara no mueve la boca al ritmo de la letra, no trata de hacer lip sync. Estamos escuchando a dos Elvis: una voz pregrabada, que va al ritmo de la melodía, y una voz en vivo que susurra los versos, que habla y de pronto calla, que reza casi, arriba de su propia canción.
Costello cuenta en sus memorias (y en más de alguna entrevista) que la heroína de su canción es Molly, su abuela paterna, quien solía confundirlo con Ross, su padre, también músico, cada vez que la visitaba en el asilo. “Verónica es una versión esperanzada de su vida con Alzheimer, una suerte de oasis que aspira a protegerla de las alucinaciones e incertezas que aquejaban a Nana en la vida real”, escribe su libro, usando la misma mezcla de afecto y seriedad con que inunda su canción. Quizás por eso le resulta imposible hacer la mímica de esos versos y se obliga a pronunciarlos en voz baja, en clave de testimonio, sin jamás convertirlos en un lamento.
Verónica (Reino Unido, 1989). Escrita e interpretada por Elvis Costello. Dirección de John Hillcoat y Evan English. 4 min. Disponible en YouTube.
