Al parecer esta es una generación de niñas y niños aburridos. Lo he comentado por ahí, en mi entorno laboral, amigos, familiares y justifican el fenómeno con las vacaciones y que los padres están trabajando —salvo excepciones aristocráticas de parientes con campo— y no pueden prestar mucha atención. Durante mi infancia, es decir en los años ochenta y la primera parte de los noventa, aún se practicaba la violencia física y verbal con los infantes. A mí nunca me pegaron, aunque me crié con respuestas tajantes. Cuando decía a mis papás o abuelos que estaba aburrido me decían de forma seca y segura: “Los tontos se aburren”.
Algunas semanas de enero y febrero eran intensas con los amigos de siempre. Carreras en bicicleta, completos y Coca-Cola a la hora del té, piscina, pichangas en el parque Juan XXIII, videojuegos en un local de Irarrázaval que se llamaba “Graffiti”. De forma excepcional, algunos padres hacían invitaciones. Recuerdo una en especial: el papá de Jorge Van de Wyngard nos llevó a una parcela en Melipilla a cazar conejos. Con otros cabros invitados, después de la inducción del adulto responsable respecto al uso de la escopeta, comimos asado, hicimos una fogata, dormimos en carpa, salimos de madrugada. No vimos ningún conejo, solo pájaros. Mejor, no quería matar a ningún animal.
Mi sensación de hastío era provocada por la soledad. De pronto “los delincuentes” —como mi papá llamaba a mis amigotes— se iban de vacaciones. Como mis padres trabajaban y había años en los que no había veraneo, pasaba los días en la casa de mi abuela materna, un hogar con hábitos marcados —desayuno temprano, en la cama, con El Mercurio al lado y tele prendida en el Canal 7, almuerzo a las una y media, siesta—. En la casa reinaba un silencio —o tranquilidad, porque de fondo se oía alguna teleserie y los ronquidos de mi abuelo—. Al final de mi infancia, antes de llegar a la preadolescencia, gracias al aburrimiento, me acerqué a la biblioteca familiar. Descubrí a Francisco Coloane, Manuel Rojas, Rudyard Kipling, Daniel Defoe, Mark Twain. A veces me quedaba dormido leyendo en el sofá.
Debo admitir que, a pesar de leer, seguía lateado. Sin embargo, esta circunstancia provocó algo positivo y un hábito que no abandoné más. En estos tiempos, tal vez por culpa, buenos deseos, válida preocupación, imposición social o traumas personales, niñas y niños —cosa que he observado durante este verano— exigen completa atención y actividades diarias. Si no hay panorama se derrumba la jornada y la convivencia familiar se hace insoportable. Frustración generalizada: no hay vida adulta ni infantil. La regla es que se anule la vida adulta, sacar entradas para el cine, buscar actividades gratuitas, preguntar a amigos si están en Santiago para juntar a los niños. No basta con ir a una plaza con juegos —donde, por lo general, se niegan a hacer nuevos amigos—. Resulta evidente el efecto post pandemia. Los admiro y me pregunto cómo serán en su futuro adulto.
