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La zurda del capitán Beto: el mito que Spinetta quiso mantener a salvo

Acostumbrado a dotar su rock de sutilezas, quizás de allí se pueda explicar que por años la historia que escribió Spinetta de un colectivero devenido astronauta despertó una polémica alrededor de su trama. El Flaco se guardó el secreto identitario, pero al menos aclaró que no hablaba de su ídolo.

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En Argentina, el enganche es casi una prótesis vital. Acaso una necesidad o un síntoma, el fernet servido en botella recortada o el mate para merendar. Es aquel que se echa el equipo al hombro, patea los tiros libres, desactiva una urgencia y detenta la capacidad de mejorar al resto. Formidables productores de esta estirpe de futbolistas, probablemente no haya un solo equipo argentino que no se precie de adorar a un número 10 en su historia. Norberto Osvaldo Alonso tal vez sea el modelo final del enganche que fabricó la escuela riverplatense: genio despreocupado, desparramaba rivales con elegancia, cuando pisaba la pelota hacía de ella una extensión de su cuerpo. Entre 1971 y 1986, el mito nació, creció, llegó al sumun y se acabó en los pastos de Núñez. Lo disfrutaron también, con prisa, Olympique de Marsella y Vélez Sarsfield, y fue campeón del mundo en 1978 con la selección de César Luis Menotti. Con 33 años, monopolizador del 10 de River Plate en la espalda y desde luego del cariño del hincha, abdicó campeón Intercontinental en Tokio.

El exquisito medio brasileño Paulo Roberto Falcão, de cuyos pies nacía en gran medida el fútbol del Brasil de los ochentas, advierte que “después de Maradona y Messi, el mejor argentino que vi fue el Beto Alonso”. El melenudo enlace que conquistó San Carlos de Apoquindo, Néstor Raúl Gorosito, lo ubica a la altura de Rivelino, Diego Maradona y Michel Platini. “Los mejores número diez que vi en mi vida —dijo “Pipo”—, cada uno con lo suyo: la simplicidad de Platini, el cambio de ritmo de Maradona, la elegancia de Alonso y el panorama y la pegada de Rivelino”. Hay quienes sospechan que el Beto no fue Maradona tan sólo porque existió Maradona, y el propio Diego lo ensalzó en su autobiografía: “Me gustaba el Beto Alonso, porque era zurdo y a mí me parece que, no sé, los zurdos somos más vistosos”.

Para Luis Alberto Spinetta —fenómeno del rock nacional, embajador argentino del progresivo, acérrimo gallina— suponía una inspiración:

“Cuando crecí, mi gran ídolo fue Norberto Alonso —se delató con El Gráfico—. Grandioso el Beto, uno de los mejores diez que pisó el mundo. Con Pelé y Maradona, ahí”.

Y un banderín de River Plate…

El jardín de los presentes, tercera placa de Invisible, power trío devenido cuarteto para la ocasión, comenzó a distribuirse durante la segunda quincena de noviembre de 1976, en plena primavera porteña. Entonces, primeros meses de dictadura, la censura y persecución estaban a la orden del día, de modo que cualquier gesto artístico podía levantar sospechas. Cuenta el periodista Martín Graziano en el libro Tigres en la lluvia, “algunas eran triviales”, como sucedió con la polémica alrededor de la primera canción del álbum, El anillo del Capitán Beto, de la que se buscaba dilucidar la identidad de su protagonista.

“Debido a la filiación deportiva de Spinetta y la mención del banderín de River Plate —explica Graziano—, buena parte del público asumió que se trataba de un homenaje a Norberto Alonso”.

Tigres en la lluvia

A decir verdad, no parecía algo descabellado: un año antes el Beto se hizo prócer al convertir los goles decisivos que permitieron a los millonarios obtener el Metropolitano y cortar una sequía de dieciocho temporadas sin títulos. El Flaco, por supuesto, ya era gallina.

Spinetta, criado en Arribeños y Congreso, a unos metros del Estadio Monumental, fue vecino de Luis Machín, exconsejero y masajista de River, a la larga el responsable de hacerlo hincha. “Todo aquel mundo que me presentaba Machín —concedió en El Gráfico— llevándome a las concentraciones, dejándome salir al field, presentándome a los Labruna, Loustau, Federico Vairo, Néstor Rossi, Mantegari o Sola, me fascinó”.

¿Por qué, con esos antecedentes sobre la mesa, el colectivero argentino convertido en astronauta no podía ser él?

El propio Alonso se ufanó alguna vez del cariño que le expresaba el músico: “Venían a cantarnos varios muchachos para divertirnos en la concentración. Y, de repente, entra el Flaco Spinetta y empieza a cantar. Y dice: quiero que me disculpen todos los muchachos, pero yo tengo un ídolo y, la verdad, me gustaría poder cantarle una canción. Yo, por supuesto, estaba escondido, me daba vergüenza. Después fui y le agradecí cuando terminó todo, y lo invité a mi casa a compartir una tarde”.

Spinetta, en tanto, se permitía apenas repetir lo que ya estaba puesto en la letra. Dijo en la revista Expreso Imaginario que «El anillo del Capitán Beto es una historia con una gran carga folclórica. Un tipo se larga al espacio con una nave que se hace construir en Haedo. Comienza el viaje y durante quince años recorre el espacio. Es entonces cuando deposita su fe en un anillo que por sus poderes lo protegerá de todo. Pero Beto se equivoca, pues su anillo lo protege de todo menos de la tristeza. Es en ese momento que Beto decide volver a su infancia».

Sin rastros de Beto, se dispararon otras teorías. Por ejemplo, añade Graziano, “que Beto era Juan Alberto Badía, el locutor detrás Flecha juventud y otros programas pioneros en la difusión del rock argentino”. Incluso, por obra de Tomás Gubitsch, cuarto invisible, se le atribuyó a la canción “una sustancia política”.

Pero, a fin de cuentas, “para deslindar a su personaje de cualquier referencia —precisa el periodista en Tigres en la lluvia—, mucho tiempo después Spinetta le otorgaría una carnadura completa. Nombre y apellido (Heriberto Aguirre), una historia (un chofer tanguero que decidió dejar su oficio cuando la policía quiso utilizar su colectivo ‘para llevar pibes detenidos, a la salida de un concierto del Flaco Spinetta’) y una edad (partió al espacio con sesenta años)”.

Con el humor de costumbre, el Flaco se propuso mantener el relato a salvo.

El mito del capitán Beto

La popular revista Rolling Stone firmó el 26 de abril de 2007 el artículo 15 mejores mitos del rock nacional. 

Al interior, entre las “grandes leyendas siempre repetidas, nunca comprobadas”, se consideró el origen de Beto, que resumieron así: “La historia del cosmonauta nacido en Haedo posee muchos puntos en común con el ex número 10 del equipo de Núñez: el club del cual eran simpatizantes, el hecho que Alonso fue capitán del club millonario y, claro está, el apodo. Muchos afirman que quien hizo correr el rumor, que no tiene nada de cierto, fue Juan Alberto Badía”.

A esas alturas, a Spinetta no le había quedado de otra que reconocer que nunca se inspiró en su ídolo para escribir la canción y, a propósito, confirmó la culpabilidad del conductor de televisión y locutor.

Se desahogó con El Gráfico en 1989: “Es un mito que ayudó a crear Juan Alberto y está bien que así sea, porque el Beto se merece eso y mucho más. Una sinfonía”. Mucho más adelante, cuando se presentó un martes de junio de 2007 al programa ¿Cuál es?, por FM Rock & Pop, largó que “una vez estuve con el Beto y le dije que no la había compuesto pensando en él. ¿Cómo le iba a mentir? No se puede gambetear a un 10 majestuoso como él”.

Pero si no era el enganche de River Plate, ¿quién era?

Luis Alberto Spinetta

El Flaco se llevó el secreto. Pero Carlos Alberto Rufino, bajista de Invisible, lo reveló:

“Todos los Albertos y los Betos empezaron a decir que Spinetta se los había dedicado —le protesta a Graziano en Tigres en la lluvia—, pero no es así. En realidad, el nombre se me ocurrió a mí. Luis tenía lo del Capitán, y yo le dije ‘el Capitán Beto’”.

“Ahora, ¿por qué elegí el nombre Beto? Beto era un vecino mío de Palermo. Yo vivía en la calle Paraguay entre Serrano y Gurruchaga. Y este chico amigo, que tenía más o menos mi edad, se mató en un accidente en una pileta de natación. No me olvido más, porque el sepelio fue tremendo: todo el barrio en la calle, Paraguay cortada, carrozas. Y yo me acordé de Beto, ese amigo de la infancia que había muerto”. 

“A Luis le pareció genial porque aparte Beto es un sobrenombre muy común”, cerró Machi.

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