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Loveless, un triunfo de la visión artística sin compromiso

Prólogo de Loveless (2023), de Mike McGonigal, perteneciente a la referenciada colección 33 1/3 dedicada a los álbumes más influyentes en la historia de la música, sobre el disco capital de My Bloody Valentine. Publicado por cortesía del sello Club de Fans.

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Me encargaron la tarea de prologar este libro acerca de Loveless e, inocente yo, debí presuponer que no sería fácil. El álbum se ha convertido en una especie de santo grial del indie y, en especial, de la crítica indie. Una obra difusa e incómoda de la que es muy complejo escribir algo que ya no se haya dicho antes y tan propensa a los clichés pretenciosos, que terminó generando toda un ala tóxica de periodismo musical, llena de hipérboles rimbombantes y frases sin sentido.

A riesgo quizás de caer en iguales excesos, me pregunto qué puedo decir yo —un músico pobre y tercermundista, que acababa de nacer para la época en que la banda lanzaba Isn’t Anything, a fines de 1988— sobre este verdadero monolito, en cuyo centro se conserva incólume su misterio, a más de tres décadas de su aparición.

En el sonido de My Bloody Valentine persiste una extrañeza, un elemento fascinante que no parece pertenecer a este mundo, si no a otro onírico y extraterrenal, un mundo misterioso que solo Kevin Shields y su banda podían desentrañar. Porque, a su manera, Shields operó para Loveless como un detective del sonido atrapado en ese influjo sónico, cual agente Cooper encerrado en Twin Peaks. Pero no siempre fue así.

Kevin Shields

Una de las cosas más extrañas de la banda, es que en un principio eran horribles. Sus primeros discos, hasta llegar al entrañable Sunny Sundae Smile, no revelan en absoluto su genialidad posterior. Pero algo se desarrollaba lentamente, y los dos EP siguientes, Strawberry Wine y Ecstasy, grafican esa transición de un jangle pop ruidoso y melódico a un grupo completamente nuevo. Jugando con el reverb en reversa y la palanca del trémolo de la guitarra, el grupo descubrió EL SONIDO. En un principio fue Slow, primera excursión a esa sonoridad en cámara lenta de guitarra planeadora y en desfase, que terminaría por fascinar a toda una generación con el EP You Made Me Realise y su primer larga duración de verdad Isn’t Anything (ambos injustamente eclipsados por lo que vino después).

Lograron un estilo único y distintivo, aunque, por supuesto, había antecedentes de ese sonido. Este se encontraba ya patente en el vértigo de Sonic Youth, Hüsker Dü y Jesus and Mary Chain, o en el diseño ensoñador de los Cocteau Twins, pero también se puede vislumbrar en ¿How Soon Is Now?, el futurista b-side convertido en himno para los miserables solitarios de The Smiths, con esa base rítmica machacante (combo bajo-batería) y aquella guitarra paneada al máximo con el trémolo hasta el techo que cruza la canción en efecto doppler. Otros precursores pueden hallarse en la vanguardia alemana (Faust), el avant pop desordenado del primer Brian Eno solista, e incluso más atrás, en las melodías abrasivas de The Byrds y el baño distorsionado y atonal de The Velvet Underground, banda clave a mi parecer para entender la evolución de MBV. 

Son esas cualidades sostenidas en una fiereza disonante, desorientadora y vanguardista, además de una emocionalidad crepuscular, las que le otorgan un aura imperecedera a la magia espectral que late en esta gema. Es un fruto de nueva psicodelia, una actualización de la apuesta al vacío de Pet Sounds o Revolver, comparaciones reiterativas, lo sé, pero no poco certeras.

Los logros de Loveless fueron producto de un proceso de creación muy exigente —Mike McGonigal lo reconstruye aquí con bastante detalle—, que involucró a numerosos ingenieros de sonido (la mayoría sin más trabajo que ubicar micrófonos en los amplificadores), estudios de grabación (baratos, según lo señalado por el mismo Shields) y a un sello discográfico independiente supuestamente al borde de la bancarrota (un titular tramposo y muy discutible). Este libro aporta algo de perspectiva. Durante esos tres años My Bloody Valentine no fue solo la neurosis perfeccionista de Kevin Shields contra el mundo. El músico debió luchar contra estudios defectuosos, desalojos habitacionales, enfermedades, depresiones, ex maridos celosos, drogas y un sello que nunca entendió del todo el potencial revelador de la obra. Todo esto mientras la relación entre Kevin Shields y Bilinda Butcher se desintegraba. Por eso el nombre del disco no es casualidad. Este es otro álbum que envuelve una ruptura; un difuminado, sensual y andrógino Blood on the Tracks, con un romanticismo pseudo trágico que cala hondo en cada una de sus canciones. Más allá de toda vicisitud, que Loveless haya visto la luz es casi un milagro, pero uno tremendamente real. Es el triunfo de la visión artística sin compromiso ni ataduras, de una estética sonora que luego se imitó millones de veces, la mayoría del tiempo de manera superficial y fallida.

El disco quedó en la historia como uno de los ejemplos más valientes de diseño del ruido y de melodías invencibles (bajo todo ese manto de electricidad yacen increíbles canciones pop) e influyó en prácticamente la totalidad de la música de guitarras psicodélicas y brumosas que vino después. En Latinoamérica, por ejemplo, su influjo fue inmediato. Al año siguiente de su publicación aparecieron obras que bebían de su estilo: en Argentina estuvo Dynamo, de Soda Stereo, con aquella crudeza aterciopelada y la predominancia de guitarras llenas de efectos y samples, y en Perú, el 93, tuvimos el seminal e infravalorado En cielo de océano, de Silvania, un disco ensoñador, susurrante y textural (date un cariño y escúchalo inmediatamente si no lo has hecho antes; después me lo agradeces). En Chile, tras algunos respetuosos homenajes (Por costumbre de Solar, una suerte de Soon en clave madchester), rastreamos su estela en la electricidad nocturna de artistas como Shogún. Y a partir del nuevo milenio, buena parte de la región contaría con innumerables discípulos, tanto en el pop como en la vanguardia.

Algo que destaco en la mirada de McGonigal es su lucidez al evaluar con escepticismo el legado del shoegaze en las generaciones posteriores. My Bloody Valentine es una banda increíble e innovadora, pero sus hallazgos fueron malinterpretados por gran parte de sus seguidores quienes se contentaban con realizar pálidos remedos al uso de su estética distorsionada con la excusa de arropar simplonas y poco inspiradas canciones de amor.

En lo personal, Loveless fue decisivo para poder comprender la abstracción en la música pop, cierto sentido pictórico y la capacidad de poder conjugar elementos en apariencia discordantes o derechamente antagónicos en una misma canción. Yo, como tantos otros, me obsesioné y llegué al punto de buscar diariamente en Internet noticias de la banda (anhelando por un regreso que finalmente sucedió luego de años de espera) y en mi memoria quedan para siempre episodios como mi primer ácido en el cerro San Cristóbal, donde contemplé estrellas que explotaban en el cielo como fuegos artificiales, mientras sentía la tierra respirar. Creo que nunca antes les había prestado atención a las letras, pero desde ese momento me hacen mucho más sentido; ese vértigo sensorial me acurrucó dulcemente. Otro momento inolvidable vinculado al grupo ocurrió seis años después, una mañana de febrero al despertar, cuando me enteré de la salida de m b v, el sucesor de Loveless. La noticia me chocó un poco. Tenía miedo de escucharlo, lo había deseado tanto que tenía miedo de que no estuviera a la altura de mis expectativas, pero me enamoré en un instante. En She Found Now suenan como si no se hubiesen ido un instante, seguida

de ese himno absoluto que es Only Tomorrow. Repetí esa escucha, diariamente, durante meses y les compré el vinilo apenas estuvo disponible en su propia tienda. Me pareció lo más cool del mundo comprarles el disco directamente a ellos, sin necesidad de un intermediario que probablemente habría entorpecido su publicación. Kevin Shields había aprendido la lección.

Como fan de My Bloody Valentine valoro que en este libro asistimos a los testimonios en primera persona de casi todos los miembros de la banda, a excepción de Colm, quien no quiso ser entrevistado, probablemente harto, como señala el autor, de referirse a un álbum en el que escasamente participó. 

En estas páginas también podrás leer acerca de las teorías del ruido y los experimentos sociales de Kevin Shields, de la odisea de cuatro desadaptados que emprendieron una lucha solos contra el mundo. Es una obra que se trata principalmente de música (¿imaginan lo refrescante que es eso?) y del amor a esta y después de su lectura, por qué no, tal vez te animes a montar tu propia banda. Es el efecto que dejan los clásicos; te empujan a apostar por ti mismo. Te dan confianza. Eso fue lo que Loveless hizo por mí y por esto le estaré eternamente agradecido.

Loveless

Ficha: Loveless (colección 33 1/3). Mike McGonigal. 2023, Club de Fans. 144 páginas. Dónde comprar

Por Juan Pablo Órdenes

Músico al frente del grupo Columpios al Suelo, el proyecto Juan Desordenado y también toca la guitarra en la banda de Chini.png.

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