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El joven Bolaño: «Coyotito» en la Colonia Obrera

Extracto del libro Roberto Bolaño: real infrarrealista (2023), del investigador y escritor mexicano Raúl Silva de la Mora, elocuente suma de testimonios que da forma a los real visceralistas de Los detectives salvajes. Publicado por cortesía de Carbón Libros.

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Victoria Soto, sentada en la sala de su casa, calle Comonfort, Cuernavaca, Morelos, México, junio de 2009. Lo recuerdo como si fuera el día de hoy. Yo era amiga de su mamá, la conocí porque trabajamos en la misma oficina, y en una ocasión ella me invitó a comer a su casa. Llegué, me metí a una recámara para sacarme el abrigo, la bolsa, y ahí estaba Roberto, paradito con su hermana al lado. Se me quedó viendo así medio irónico, como quien dice: “¿y ésta quién es?” Yo le pregunté: “¿quién eres tú?” “Roberto”, me contestó, “y ella María Salomé”, la hermana, y ya no los vi en la comida ni nada. Era un chavito delgadito, pálido, con una melena castaña que nunca se peinaba. Sus ojitos muy tristes, como caiditos. Vivían entonces en la colonia Obrera y sus padres todavía estaban juntos. León, se llamaba su papá, y Victoria su mamá. Luego se mudaron a Abraham González y ahí los frecuenté mucho más, e incluso viví con ellos durante tres meses. Entonces nos veíamos constantemente y ahí llegué a conocer más a Roberto. Cuando yo lo conocí sus papás estaban juntos, pero después ya no se llevaban bien. Eran tan antagonistas y se peleaban mucho, pero ¿sabes qué veía?, que a Roberto no le afectaba gran cosa. No se mortificaba porque se pelearan, hasta medio se mofaba: “Ya han de estar peleando, seguro que mi mamá no se quiso acostar con mi papá”. Pero no sentía que estuviera muy apesadumbrado. Victoria y León se separaron: él encontró otra mujer y ella encontró otro compañero. Su padre siempre le decía que en lugar de andar escribiendo tanto se pusiera a trabajar, “estudia algo, si eres bien inteligente. Cómo te pones a escribir, es una pérdida de tiempo, de aquí a que seas famoso, güevón, van a pasar años, si es que llegas a famoso”. En cambio, la mamá lo apoyaba mucho: “Coyotito”, le decía. “No coyotito, tú vas a ser escritor, no te detengas, sigue escribiendo, lo haces bien”. Me decía Victoria que cuando era muy chiquito aprendió a leer. Pensaban que era porque veía los carteles en la calle y se le grababan, por ejemplo, los de Mejoral, Coca-Cola, Chiclets, todo eso. De repente se dieron cuenta de que a los cuatro años ya estaba leyendo cosas y frases largas. Así, muy especial el niño. Me admiraba mucho que escribiera y se dedicara tanto. Porque era un jovencito y escribir parecía ser su vida entera, mientras que los otros chicos andaban de enamorados, pololeando, como decimos en Chile. Pero lo que me trastornaba mucho era verlo en sus depresiones. Andaba, me acuerdo muy bien, con unos zapatos chuecos que no lustraba, unos botines que arrastraba, y sus pantalones de mezclilla todos sucios. Así andaba. ¿Qué le deprimía? No lo sé, ya ves que las depresiones son muchas veces indescifrables y no se sabe qué te deprime, se supone que es falta de litio en el cerebro. Era muy triste. Yo recuerdo eso de él. Y era chiquito, era niño, dieciséis, diecisiete años; pero era un chico muy simpático, me acuerdo que era muy agradable, no bailaba, no tenía idea de bailar, quería bailar y me decía: “enséñame”, pero luego yo me arrepentía porque no tenía idea, no tenía ritmo para bailar, ni para cantar, peor tantito. Su casa era una casa tan amena, tú llegabas a la hora que querías, tomabas café, te quedabas si querías a dormir, si querías te quedabas dos días, si querías no, o sea, era una casa abierta, con la puerta abierta. Su madre era muy generosa. Entonces, en la casa siempre había una amiga, un amigo que se quedaba, que tenía algún problema, allí llegábamos.

Carla Rippey, calle Leonardo da Vinci, colonia Mixcoac, Ciudad de México, julio de 2008. Fue en 1974 cuando conocí a Roberto, a través de Ricardo Pascoe, mi marido de entonces. Habíamos vivido en Chile durante la época del golpe de Estado a Salvador Allende. Ricardo estudiaba en FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Nosotros llegamos a México en octubre del 73. Cuando salimos de Chile, cada uno tuvo que hacerlo por su lado. Ricardo salió por la embajada mexicana y me pidió que no volviera al departamento porque estaban allanando las casas. Todo el mundo sabía que la mayoría de los extranjeros eran izquierdistas, solidarios con el gobierno de Allende. Entonces fui a la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), donde mi suegro trabajaba en el programa de desarrollo de Naciones Unidas, en Bolivia, y me sacaron un boleto para ir con su familia. De ahí viajé a México y aquí nos reencontramos Ricardo y yo, bastante traumatizados por lo que habíamos vivido. Por esa circunstancia, al llegar teníamos muchos amigos chilenos y sospecho que conocimos a Roberto por Juan Esteban Harrington, aunque Ricardo no se acuerda bien, y yo menos. Juan iba a jugar ajedrez con Ricardo y un día llegó con Roberto. Yo estaba embarazada de mi primer hijo, Luciano, y Roberto se fascinó tanto con la idea de su nacimiento, porque era yo la primera amiga embarazada que conocía. Yo tenía veintidós años y él ha de haber tenido diecinueve. Cuando nació Luciano fue también el primer bebé que conoció. Roberto tenía mucho cariño por él, un cariño que luego se vio magnificado en el trato hacia sus propios hijos. Roberto quería mucho a los niños. Yo no había estado en México antes. Conocía Chile y Bolivia. Fui a Chile con Ricardo, nos casamos y después del golpe nos venimos para acá. Ricardo siguió trabajando en la izquierda. Yo estaba tratando de hacer arte y como primero me embaracé de Luciano y luego de Andrés, se me dificultaba eso de andar con el clan infrarrealista, porque siempre estaba amamantando o pariendo. Me tocó una época difícil, pero de todas maneras éramos muy amigos de Roberto. A través de nosotros él conoció a Juan Pascoe, que recién había comenzado el proyecto de Martín Pescador. También en aquellos días conocí a Cuauhtémoc Méndez y hasta es posible que Ricardo y yo conocimos a Roberto por Cuauhtémoc, porque él trabajaba con mi marido políticamente. Estaban en el mismo partido, el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). Ricardo comenzó con ese partido y antes fue parte del MAS (Movimiento al Socialismo), pero con el PRT se desencantó, como muchos.

Juan Esteban Harrington, Santiago de Chile, comuna de Ñuñoa, junio de 2023. A finales de 1975, Roberto Bolaño y Bruno Montané llegaron a mi casa reclutando jóvenes secuaces para el proyecto infrarrealista. Yo entonces estaba a punto de cumplir 16 años y escribía con pasión y deseo, maquinita en muñequeo con el tiempo y el talento. Me citaron a un taller de poesía en Casa del Lago en Chapultepec, una mansión afrancesada a la orilla de la poza grande del parque. En un sótano al que se llegaba desde el jardín, se leía poesía y yo leí mis poemas. Atentos y sabedores escuchaban los maestros. Sonreían y sabían. Yo apenas alzaba la cabeza de mis textos para verlos. Eran sabios ellos. A borbotones, vomitaba los versos, pedazos de pulmón, de alma, terminé de leer y agotado y espléndido escuché como Roberto y Mario Santiago despedazaban de taquito mi esfuerzo. Jajá, jejé, caminamos luego como amigos bajo la luz de los faroles y el sonido de los patos.

José Peguero, San Andrés Totoltepec, Tlalpan, Ciudad de México, julio de 2006. Cuando Bruno llegó a México, en 1974, después del golpe de Estado en Chile, fue a buscar a Roberto a su casa porque se enteró que había un poeta chileno por aquí. Llegó al departamento en Versalles y le preguntó a Roberto por un poeta chileno. Roberto le dijo: “ese soy yo”, pero como no tenía ningún acento, porque llevaba seis años viviendo en México, no parecía chileno.

Rafael Catana, Cuernavaca, Morelos, México, julio de 2009. Su post adolescencia es mexicana, porque se involucra con la literatura del país y esto lo hace ser un escritor mexicano. Su relación con los jóvenes poetas de su generación, que son poetas hijos de 1968, algunos de ellos golpeados por la guerra sucia, que en esos momentos se llevaba a cabo en México, no cercanos al Partido Comunista, más bien críticos de una izquierda conservadora y autoritaria, más cercanos a la poesía Beat y a la poesía latinoamericana de Vanguardia: los peruanos Martín Adán, Javier Sologuren, Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, los Nadaístas colombianos, la valoración del Movimiento Estridentista (Roberto los entrevistó, a Manuel Maples Arce, Arqueles Vela y Germán List Arzubide). Algunos de esos poetas jóvenes eran activistas obreros y dirigentes sindicales, locos callejeros, con quienes, en largas noches de discusión y caminatas sobre la ciudad, Bolaño aprendió de ese otro México, así como de otra forma de ser escritor y de ser poeta. Estas dos cosas se refieren a una actitud rabiosa de sus amigos los infrarrealistas.

Victoria Soto, sentada en la sala de su casa, calle Comonfort, Cuernavaca, Morelos, México, junio de 2009. La vida, en general, está hecha de trivialidades. A veces yo quisiera recordar de qué hablábamos, pero todo me llega en retazos. Seguro que eran cosas cotidianas: “¿cómo te fue, y que esto y que lo otro, pásame la sal, te voy a presentar a un amigo”, me decía, “porque cada vez que te veo sola… Mira, este tipo es para Vicky, se lo voy a presentar”, y me presentó como a tres. Yo ya tenía 30 años y él veía que no me casaba ni tenía novio, y andaba desesperado. “¿Cómo es posible?” me decía. “Éste sí, el que no te gustó, bueno, no te gustó, pero este otro sí”, y nos reíamos. “¿Por qué no te gustó?” y de eso hablábamos: “Es que ¿sabes qué?, no me gustó por esto y lo otro”, y yo le decía: “Es muy mala onda de tu parte que le digas a él que le vas a presentar a una chilena bien buena onda, el tipo cree que una chilena va a ser una muchacha linda, con un cuerpazo, y le sales con que soy yo. Nunca digas eso, si me quieres presentar otro no le digas que yo voy dispuesta, porque más bien voy prejuiciada”. Pero no me hacía caso: “Es un chavo de treinta y seis años, soltero, esto y lo otro”. Así era nuestra amistad, de gente joven que vive lo que sucede en el momento. Además, yo era amiga de la mamá y con ella hacíamos comidas, hablábamos de que te liga fulano y que no sé qué, lo de siempre. A Roberto le gustaba mucho la comida chilena. Le pedía siempre a su mamá que le hiciera empanadas, y cuando fue a Chile me dijo: “¿Sabes de qué me di cuenta? Comí tomates a lo bestia”, porque el tomate chileno, bueno, el jitomate, es más sabroso que el de acá, me dijo. La sandía no, esa no es mejor. Pero él no cambiaba a este país, lo quería mucho. Estuvo de los quince a los veintitrés aquí, y digamos que estuvo en Chile cuando uno no recuerda mucho las cosas, entonces sus vivencias fueron más de acá que de allá.

Carla Rippey, calle Leonardo da Vinci, colonia Mixcoac, Ciudad de México, julio de 2008. Roberto, cuando iba a visitarnos, en general venía solo. Pero si nos encontrábamos en otro lado siempre andaba con Mario Santiago, era como su incondicional. En ese momento su novia era Lisa Johnson, la chava a quien dedicó ese poema tan terrible que comienza así: “Este halo de luz pudo haber sido una gran poeta”. Pero al final Lisa no quería saber nada de Roberto, capítulo cerrado y tralalá. Cuando él ya estaba muy enfermo quería hablar con ella, pero ella no quería hablar con él. Me pidió que fuera intermediaria, pero no pude serlo. Te puedo decir, a mi Roberto me trató siempre muy bien, pero no era su mujer. Fue un amigo muy fiel, de veras, y yo luego no lo pelaba, pero él siempre me escribía.

Luis Antonio Gómez, colonia Copilco, Ciudad de México, septiembre de 2006. El otro día estaba hojeando 2666 y me encontré un pasaje donde Roberto describe el viaje que hicimos a Tlamacas, al pie del volcán Popocatépetl, y menciona a Lisa Johnson, a las hermanas Larrosa. Recuerdo que ese viaje lo hicimos también con Raúl, Consuelo, Bruno, Lucero y yo. Quién iba a pensar que esas vivencias se iban a convertir en literatura. Cuando Roberto empezó a publicar sus novelas y a ganar fama, yo me preguntaba qué estrategias de novelista se requieren para recrear toda esa época. Porque Roberto despliega una gran capacidad de memoria, se transforma en un narrador que se va haciendo de un método de trabajo donde la memoria es fundamental, aunque ya sabemos que está al servicio de la imaginación, también.

Roberto Bolaño: real infrarrealista

Ficha: Roberto Bolaño: real infrarrealista. Raúl Silva de la Mora. 2023, Carbón Libros. 120 páginas. Dónde comprar

Por Raúl Silva de la Mora

Escritor y traductor. Autor de Roberto Bolaño: real infrarrealista.

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