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Mark Lilla sobre las debilidades de la razón

Este libro aborda la larga historia de no querer saber los hechos y las comodidades de no saberlos. El reseñista, sin embargo, plantea que Lilla coloca todas las sabidurías locales y todas las tradiciones como parte de una ilusión y a quienes las siguen como acólitos de la ignorancia. Tiene sus dudas al respecto.

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* Por Paul J. Griffiths

El elegante y estimulante libro Ignorancia y felicidad de Mark Lilla analiza los apetitos por la ignorancia, junto con sus efectos. Identifica cinco modos de buscar la ignorancia: evadir el conocimiento incómodo; poner algunos tipos de conocimientos bajo tabú; vaciarnos de conocimiento para inspirarnos; buscar la inocencia infantil; y nostálgicamente imaginar e intentar recuperar un paraíso perdido. Estos modos se superponen y entrelazan, pero, tal como los presenta, son lo suficientemente distintos como para que cada uno tenga su propio sabor característico.

Los modos de Lilla de buscar la ignorancia están todos informados por la misma postura hacia el mundo. Es aquel en el que mirar el mundo y tratar de comprenderlo resulta tan incómodo y angustioso que lo mejor —tal vez lo único— que se puede hacer es dar la espalda y cerrar los ojos, y luego vivir en algún tipo de fantasía en lugar de en el mundo como está dado. Esta actitud tiene una contraparte: la de aquellos que, cuando miran el mundo, se encuentran dispuestos a comprenderlo mejor porque es “un objeto de perplejidad y asombro”, y que luego viven en ese mundo real, incluso cuando se sienten tentados hacia la fantasía.

Lilla, quien es profesor de humanidades en la Universidad de Columbia, prefiere la segunda postura, y hay muchos ejemplos en el libro de una pasión por la ignorancia que se ilumina, se critica y luego se contrasta con el deseo de conocimiento. Es en esos contrastes donde emergen las preocupaciones normativas de Lilla, a veces en un lenguaje sorprendentemente resuelto.

No es que Lilla considere que todo conocimiento este abierto completamente a nosotros. Tampoco critica todos los rechazos del conocimiento. Es bastante claro en que todos tenemos, y debemos tener, algunos tabúes sobre el conocimiento; que no todo conocimiento vale la pena buscarlo por igual; y que el mundo no está claramente dividido entre buscadores de conocimiento y defensores de la ignorancia, es decir, los salvados y los condenados. Él quiere, más bien, identificar y criticar los extremos: prácticas y actitudes que buscan la ignorancia allí donde el conocimiento es tanto posible como preferible, y particularmente los compromisos epistémicos fundamentales que hacen imposible la adquirir algunos tipos de conocimiento. También tanto le interesa como le repugna la fuerza de la pasión por la ignorancia presente hasta cierto punto en cada uno de nosotros.

Lilla es lo suficientemente sutil y consciente de sí mismo como para ver la presunción que puede implicar el criticar los hábitos epistémicos de los demás. Se esfuerza por evitar dar la impresión de que los hábitos de búsqueda de conocimiento del profesorado son los correctos y que los de todos los demás deberían medirse con el rasero que ellos proporcionan. Pero aquí no siempre lo consigue. A veces surge en el libro un tono engreído y censurador, un tono que sugiere que Lilla considera que él y sus compañeros de viaje tienen la disposición correcta hacia el mundo; ellos ven su obstinación ante nuestros deseos, su belleza, su alteridad; ellos son capaces de vivir con la desazón; son adultos que dependen de la razón y la experiencia para llegar a una comprensión cada vez mayor de cómo son las cosas. Ellos también se sienten atraídos por la ignorancia, pero resisten. Por el contrario, están los infectados, aquellos que han quedado sometidos “como si algún bacilo psicológico se extendiera por medios desconocidos”, lo que “desplaza al sentido común y al conocimiento experto” y alimenta la pasión por la ignorancia. Estos, escribe, son especialmente numerosos ahora y son niños que necesitan crecer. A Lilla le gustaría que esas personas se curaran, que adoptaran actitudes hacia el conocimiento como las suyas y las de su tribu y, por tanto, que respetaran la sabiduría de los sabios, el conocimiento experto de los expertos.

La visión de Lilla sobre lo que la razón puede entregar es optimista, y tal vez de forma algo ingenua. Por supuesto, él no tiene la extrema confianza que habría tenido un filósofo del siglo XVIII en las concesiones de la razón, pero parece estar lejos de un incluso modesto escepticismo. Esto es importante porque la pasión por la ignorancia figuraría de manera muy diferente de como lo hace en este libro si Lilla abrazara, o al menos albergara, tal escepticismo.

Podríamos decir, por ejemplo, que sabemos muy poco de lo que podría saberse, que nos equivocamos acerca de una gran proporción de lo que creemos saber y que somos virtuosos en estar seguros de aquello de lo que, de hecho, nos equivocamos. Esto, podríamos seguir diciendo, es cierto respecto de cada uno de nosotros individualmente y respecto de todos nosotros colectivamente. Y podríamos agregar que estas afirmaciones sobre la fragilidad de la razón se encuentran entre las relativamente pocas en las que podemos confiar. No se trata de un escepticismo radical que niegue toda posibilidad de conocimiento. El escepticismo total es difícil de formular con coherencia porque debe eximirse él mismo del alcance de su propia afirmación. Pero el escepticismo más modesto que describo es un correctivo a la arrogancia intelectual. La razón, según los escépticos modestos, tiene entre sus pocos dones la capacidad de mostrar, con claridad, sus propios límites. El Sócrates de los primeros diálogos habría estado de acuerdo. Lilla, por lo que puedo ver, en su mayor parte no lo estaría.

Él confía en lo que la razón, junto con la experiencia, puede enseñarnos acerca del mundo y, por lo tanto, está deseoso de abrazar el tipo de curiosidad que busca saber, así como de condenar la pasión por la ignorancia que frena la búsqueda del saber. Es esta confianza la que lo lleva, cuando sus propias certezas aparecen, a presentarlas en tonos crudos y desmesurados.

Un ejemplo. En el curso de su discusión de la nostalgia como principio político, Lilla describe elegantemente y (hasta donde puedo apreciar) precisamente la estructura de las apelaciones a una edad de oro perdida, ya sean hechas por salafistas, eslavófilos o nacionalistas escoceses. Escribe: “Si le das a alguien un conjunto de principios políticos, tendrá que entenderlos antes de actuar. Si le das una historia, un relato que suscite ira y orgullo, esperanza y coraje, habrás creado un soldado al instante”. Esto es excesivamente dicotómico. Por un lado, están las historias nostálgicas que crean soldados, y por otro, las declaraciones de principios que requieren comprensión antes de que se pueda actuar en consecuencia. Lilla prefiere los principios a la nostalgia, el esfuerzo por comprender a la toma de armas, los profesores a los ignorantes salafistas y eslavófilos. Y sus preferencias se fundamentan en la confianza de que la razón puede lograr algo en la esfera de los principios políticos.

Pero considérese lo siguiente: una afirmación fundacional de los principios políticos estadounidenses en la Declaración de Independencia contiene una apelación axiomática a verdades evidentes por sí mismas. Esa apelación es representativa, en absoluto un caso atípico. Las declaraciones de principios políticos contienen, de manera frecuente y característica, compromisos axiomáticos que son inaccesibles a la razón. Las apelaciones a la autoevidencia colocan los principios que enuncian más allá del alcance de la razón. Si no les parece evidente por sí mismo (como no lo es para mí) que todos somos creados iguales, y así sucesivamente (nótese que no parecer autoevidente no es lo mismo que no parecer verdadero), entonces aquellos a quienes estos principios sí les parecen autoevidentes no los involucrarán en una discusión, porque ¿qué argumento podría hacer más que apelar a la autoevidencia? Ellos intentarán llevarte a terapia o, más probablemente, matarte, tal como lo hacen algunos salafistas y eslavófilos, salvo que probablemente con más entusiasmo y menos moderación. Nuestro historial estadounidense de masacrar a aquellos cuyo orden político preferido es no democrático y, por lo tanto, no responde a estas supuestas autoevidencias, hace que los salafistas y los eslavófilos parezcan aficionados. (Por no hablar de los nacionalistas escoceses, que apenas han ido más allá de la defensa de los kilts).

Otro ejemplo. Lilla parece en gran medida confiado en que la razón y la experiencia son los principales dispositivos que tenemos para la adecuada formación de las creencias. Pero no lo son. La mayor parte de las creencias que cualquiera de nosotros tiene sobre algo se derivan más o menos directamente de testimonios. Ese testimonio puede llegar a nuestros oídos, como cuando la gente nos cuenta cosas, o a nuestros ojos, como cuando leemos cosas que la gente ha escrito o miramos las cosas que han hecho; y puede llegar a nosotros desde los muertos o desde los vivos. Pero llega y debe llegar. Si consideráramos las interpretaciones del mundo derivadas del testimonio como ilegítimas o más dudosas que las derivadas de la razón y de nuestra propia experiencia personal, viviríamos vidas empobrecidas e incluso imposibles. Tengo muchas creencias sobre la República Popular China sin haber estado allí, y muchas creencias sobre la validez de tal o cual prueba matemática sin poder evaluar por mí mismo las matemáticas que involucra. Todas estas son creencias a las que se llega a través del testimonio. Lilla también parece tener muchas de esas creencias, pues debe hacerlo.

El autor del libro y profesor de humanidades en la Universidad de Columbia, Mark Lilla.

El hecho es que (y este es otro ejemplo de lo que la razón puede hacer en la forma de evaluaciones de sí misma a la manera de un ouroboros) que las decisiones epistémicas más fundamentales que cada uno de nosotros toma son sobre en qué testimonios confiar y en torno a ellos ordenar nuestras vidas. Y estas decisiones siempre se toman sin razones decisivas (y a menudo sin ninguna) independientes de cómo se toman. Esto no es un error en nuestra situación epistémica, sino una característica de ella. La negación de esta característica es inseparable de la crítica de Lilla a los entusiastas de la ignorancia.

¿Qué tenemos entonces en este pequeño volumen, del que obtuve una gran cantidad de placer y algunas enseñanzas? Un tratado para los tiempos actuales. Una intervención en una situación política convulsa. Una súplica ingenua para recomponer a los epistémicamente enfermos, que son los infectados que caminan afuera, por parte de los epistémicamente sanos, que están felizmente dentro de sus casas escribiendo sus libros. Lilla podría haber escrito un libro más modesto que se limitara a describir una forma particular de estar en el mundo, un libro que sugiriera límites, en lugar de abjuraciones, de la nostalgia, la inocencia, la evasión y el tabú. Habría sido un libro que hubiera ofrecido una invitación a algo: Ey, mira esto, podría haber dicho. Así es como mi tribu ve las cosas, aquí está nuestra sabiduría local. Y de hecho hay algo de eso en el libro.

Pero, desafortunadamente, también hay un intento de deshacerse de la sabiduría de otras tribus, retratando a sus miembros como niños que necesitan crecer o como personas enfermas que necesitan ser sanadas. Estas formas son condescendientes, injustas e irrazonables. El escepticismo modesto del tipo brevemente esbozado aquí modera a la vez tanto el entusiasmo por el propio modo de ocupar el mundo como el desprecio por aquellos que lo ocupan de manera diferente. Sus defensores pueden hacer más fácilmente un ofrecimiento subjuntivo del mundo que habitan que aquellos cuya epistemología es más optimista y que, por lo tanto, se sienten atraídos por el modo indicativo o por el garrote del imperativo.

Ignorancia y felicidad comienza y termina con versiones de la alegoría de la cueva de Platón. Lilla los utiliza, en parte, para indicar la dificultad de adoptar la postura hacia el conocimiento que él prefiere. En la versión con la que concluye el libro, hay dos personas que han dejado la cueva de la ilusión, donde estaban cómodos. Se encuentran en la orilla pedregosa de un océano donde están amarrados algunos barcos y desde donde se ven vagamente islas en la distancia. ¿Qué deberían hacer? Uno está ansioso por lanzar un barco y navegar hacia las islas, sin saber si podrán llegar allí o qué pasará si lo hacen. El otro está dubitativo y se pregunta si debería retirarse a la conocida y cómoda cueva. “¿Qué harías tú?”, pregunta Lilla y agrega: “Piénsalo muy bien antes de responder a esa pregunta”.

Sí, deberíamos pensar muy bien sobre la pregunta, y no sólo en el sentido que Lilla quiere implicar, que es que ninguna de las respuestas es fácil y que nadie debería pensar que se lanzarían fácilmente al mar. Piensa que las comodidades de la ignorancia son demasiado atractivas para que eso sea probable. Pero también podemos pensar en el marco y los supuestos de la pregunta de maneras que Lilla parece no hacerlo. Los dos que abandonaron la cueva y se encuentran en la orilla no tienen nada más que ellos mismos: ni suposiciones, ni autoridades, ni testimonios en los que confiar, ni una visión del mundo. Son pizarras en blanco, conscientes sólo de que el lugar desde el que vienen les ha enseñado mal y que no saben hacia dónde podrían viajar. Quizá sean los estudiantes de Columbia que a Lilla le gustaría tener, aquellos que podrían convertirse en virtuosos de la curiosidad, abiertos a lo que sea que pudiera venir. Sin embargo, hay que resistirse a semejante experimento mental. Coloca todas las sabidurías locales, todas las autoridades locales y todas las tradiciones en la cueva de la ilusión, y convierte a quienes las siguen en acólitos de la ignorancia. Un cuadro así lo dibujan aquellos que conocen la verdad (Platón y Lilla), y permanecen fuera del marco del cuadro, donde no puede ser abordados ni vistos. La imagen muestra a todos los que están dentro de su marco como esclavos de la ignorancia o como una tabula rasa, lo cual, si bien supongo que es una visión del actual cuerpo político estadounidense que Lilla rechazaría, encaja cómodamente con lo que él escribe. Hay una línea corta y bastante directa entre la alegoría de la caverna y la filosofía política de las Leyes de Platón, y esto, para mí, no es un pensamiento alentador.

A los estadounidenses, por el momento, no nos resulta fácil tener una vida juntos. El libro de Lilla sugiere que la respuesta es seguir permitiendo que los intelectuales gobiernen. Después de todo, ellos son los que saben, y nosotros, los ignorantes, sólo tenemos dos buenas opciones: dejar que nos digan qué es qué, o tratar de ser como ellos. Hasta donde puedo ver (no muy lejos, estoy seguro), esa prescripción es desastrosa. Esto se debe en parte a que los hábitos de conocimiento de los intelectuales a veces producen tanto error como los de los buscadores de ignorancia, y en parte a que un sistema de gobierno democrático —que para bien o para mal es lo que tenemos— no puede sobrevivir si sus clases educadas hacen que muchos (¿la mayoría?) de sus conciudadanos necesiten una reeducación radical. Una mejor pregunta para los miembros de la intelectualidad es: ¿Qué tengo que aprender de aquellos que, según me parece, toman la ignorancia como una bendición?

 Artículo aparecido en “Commonweal” 25.07.2025. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“Ignorancia y felicidad”. Mark Lilla. (Trad. D. Gascón). Editorial Debate, Barcelona, 2026, 240 pp.

* Paul J. Griffiths (1955) es teólogo y estudioso de la religión, con un interés particular por el cristianismo y el budismo. Ha sido profesor en las universidades de Notre Dame, Chicago, Illinois y Duke. Entre sus libros se cuentan: “Song of Songs: A Commentary” (2011), “The End: An Eschatological Assay” (2013), “Why Read Pascal?” (2021) e “Israel: A Christian Grammar” (2023).

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