La guerra somos nosotros

Las guerras están de nuevo muy presentes, como lo han estado en toda la historia humana. El historiador Richard Overy analiza la persistencia del conflicto bélico, y analiza sus causas, una mezcla de factores biológicos, antropológicos, sociales y psicológicos. Pero no queda la más mínima insinuación de que las guerras pueden desaparecer en el futuro.

* Por John Alic

Richard Overy es un destacado historiador de la guerra, especialmente de la Segunda Guerra Mundial. Es, tal vez, mejor conocido por su libro Por qué ganaron los aliados (1995; Tusquets, 2005), que me parece el mejor análisis de su tipo y, ciertamente, el más accesible. Como muchos otros libros sobre la Segunda Guerra Mundial, ese destacaba los logros productivos de Estados Unidos como el “arsenal de la democracia”. Junto con millones de trabajadores de la industria manufacturera, los ingenieros y científicos fueron vitales para esos logros, al igual que lo fueron para el diseño y desarrollo del armamento, incluyendo las espoletas de proximidad, las bombas atómicas y los B-29 que las lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki.

Los científicos fueron los principales responsables de los modelos analíticos y los cálculos técnicos subyacentes que llevaron a dos diseños muy diferentes para las primeras armas de fisión. Pero fueron ingenieros y otros trabajadores, incluidos gerentes industriales, quienes idearon cómo producir materiales fisionables (uranio y plutonio enriquecidos) en las cantidades necesarias. Estas tareas eran enormemente exigentes, y la experiencia en industrias pesadas como la química proporcionó la base para llevarlas a cabo. Luego, también ingenieros y otros técnicos diseñaron, desarrollaron y probaron el B-29 Superfortress en sus diversas versiones, una aeronave que, como sistema técnico, era mucho más compleja que cualquier otra anterior. Incluyendo los gastos durante la producción, los bombarderos terminaron costando una vez y media más que todo el Proyecto Manhattan.

Avión b-29 Fortress.

Ahora Overy ha escrito ¿Por qué la guerra?, que es una considerable desviación de su trabajo anterior, ya su historia es aquella de la amplia variedad de explicaciones propuestas a lo largo de los años sobre por qué los seres humanos (principalmente hombres, aunque a veces acompañados por mujeres) han luchado y se han matado unos a otros grupalmente, es decir, mediante la violencia organizada.

Overy se centra principalmente en los relatos ofrecidos a principios del siglo XX, la mayoría de ellos por científicos, naturales y sociales, de una tribu u otra, junto con otros historiadores. Los arqueólogos, en particular, han rastreado los conflictos armados hasta la prehistoria, cuando pequeños grupos luchaban por razones ahora imposibles de determinar, siendo la única evidencia que permanece fragmentos de armas y daños en cráneos y huesos. Las guerras, en el sentido más conocido del término, se convirtieron posteriormente en asunto de proto-Estados y Estados-nación: Persia; las ciudades-estado griegas de las que Tucídides escribió en su relato de la Guerra del Peloponeso; el Imperio Romano; y así hasta nuestros días. En nuestra época, el sociólogo e historiador Charles Tilly, al escribir sobre la evolución de la gobernanza en Europa Occidental desde el siglo XVI hasta el XVIII, declaró de manera célebre que: “La guerra creó al Estado, y el Estado creó la guerra”.

Como corolario, podríamos añadir: “La guerra creó técnicos, y los técnicos crearon máquinas de guerra”. Lo que comenzó con la fabricación artesanal de armas de mano y barreras rudimentarias para impedir que los saqueadores —ya fueran humanos u otros animales— entraran en los asentamientos prehistóricos, se convertiría milenios después en una ocupación reconocida: la ingeniería militar, de la cual se separó la ingeniería civil en el siglo XVII. Los ingenieros, junto con los arquitectos y los constructores navales, diseñaron y produjeron fuertes y armas de fuego; los buques de guerra a vela (un sistema técnico tan complejo para su época como lo fue el B-29 en los años de la Segunda Guerra Mundial), como aquellos con los que Gran Bretaña controló su imperio; explosivos de alta potencia; artillería de ánima rayada; y mucho más.

Los científicos, retrocediendo al menos hasta Galileo, complementaron y reforzaron los esfuerzos de los ingenieros, preocupados por los efectos de la gravedad y la resistencia del aire en el alcance y las trayectorias de las balas de cañón y los proyectiles de artillería. Mucho más tarde, científicos como Fritz Haber, el “padre de la guerra química”, y otros cuatro futuros premios Nobel sintetizaron gases venenosos que sembraron el terror en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. Y durante la siguiente guerra mundial, se construyeron las primeras computadoras digitales electrónicas para reemplazar los tediosos cálculos manuales para compilar tablas balísticas, aunque los modelos matemáticos para el diseño de ojivas nucleares, incluyendo exploraciones de una posible bomba de hidrógeno, rápidamente tomaron mayor importancia.

¿Por qué los humanos, una vez que evolucionaron hasta convertirse en depredadores superiores, continuaron tratando a otros de su especie de manera similar a como trataban a los animales cazados para obtener carne? Overy responde, de manera convincente, que la guerra no puede vincularse directamente a ninguna causa única entre las ocho enumeradas en los títulos de sus capítulos de una sola palabra, presentadas aquí en cursiva: biología (la guerra está grabada en nuestros genes, es nuestra naturaleza); psicología (es un comportamiento aprendido, aunque quizá parcialmente instintivo); antropología (armas como garrotes y lanzas, usadas para matar animales, para protección o alimento podrían usarse fácilmente contra otros humanos); ecología (ante factores de estrés naturales como la sequía, la gente buscaba pastos más verdes; quienes ya habitaban la tierra luchaban para mantenerlos fuera); recursos (petróleo para Alemania y Japón, entre otros motivos para iniciar la Segunda Guerra Mundial); creencias (las Cruzadas, la ideología marxista-leninista); poder (algunos gobernantes nunca tienen suficiente); y seguridad (en un mundo anárquico con ninguna una autoridad superior que proteja al clan, comunidad o Estado más débil del más fuerte). Cada conciso capítulo explora y sintetiza la literatura especializada, de la que Overy proporciona abundantes citas. Estoy familiarizado con sólo una pequeña parte de lo que él abarca, como las relaciones internacionales, pero no encontré nada que mereciera una discusión.

Overy considera que ninguna de las ocho categorías explicativas es adecuada por sí sola. Pero, según sus cálculos, considerándolas todas juntas, no queda la más mínima insinuación de que las guerras pueden desaparecer en el futuro. Esto es lo contrario a los argumentos de otros, como el cientista político John Mueller, en Retreat from Doomsday: The Obsolescence of Major War (1989), y Steven Pinker, cuyo trabajo se centra en la ciencia cognitiva, en Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones (2011; Paidós, 2019). “Las causas de la guerra han persistido durante milenios”, escribe Overy. Su conclusión es cruda y convincente: “La idea de que la guerra está programada para morir por agotamiento resulta imposible de reconciliar con la cosecha de conflictos desde 2000 o con la crisis ecológica anticipada, la presión sobre los recursos y los conflictos religiosos en las próximas décadas, que pueden provocar los tipos de guerras para los que existe una larga historia histórica”.

Ataque aéreo a Ucrania por parte de Rusia

La brutal invasión rusa de Ucrania, por no hablar de las guerras civiles en Siria y otros lugares, parecen por sí solas suficiente para sugerir cuán similar es nuestro mundo, en este sentido, al descrito por Marco Polo en el siglo XIII. En sus Viajes, Polo se refiere repetidamente a la “guerra constante” en las tierras por las que viajó o de las que escuchó, con historias tras historias de batallas campales en las que “la tierra se tiñó de escarlata con la sangre de los caídos”.

Desde sus inicios como disciplinas técnicas racionales, la ingeniería y las ciencias físicas han estado entrelazadas con la guerra. Aunque sólo sean superficialmente conscientes de lo que en otros lugares he llamado el complejo político-militar-industrial estadounidense, los científicos, ingenieros y otros técnicos son facilitadores, dado que el conocimiento en casi cualquier dominio técnico puede convertirse en un arma. La inteligencia artificial, que alguna vez fue un campo de investigación arcano y ahora una preocupación de políticos, analistas y plutócratas, es simplemente la última encarnación. En la década de 1980, el Pentágono reclutó a figuras brillantes entre los expertos en inteligencia artificial de esa generación para trabajar en proyectos como vehículos de carga robóticos del ejército (chocaban mucho). Ahora la gente se preocupa por los robots asesinos.

No se cuestiona la necesidad de sistemas militares eficaces. Se necesitarán armas que funcionen mientras el mundo sea como lo describe Overy. Las preguntas son ¿qué sistemas, a qué costo, con qué propósitos y con qué sacrificio para otras necesidades humanas? Desgraciadamente, la gran mayoría de los ingenieros evitan estas cuestiones, junto con lo que probablemente sea una mayoría algo menor de científicos. En Estados Unidos, las organizaciones privadas emplean alrededor del 90% de la fuerza laboral de ingeniería; como trabajadores contratados, los ingenieros siguen órdenes. Lo mismo ocurre con los aproximadamente 70.000 ingenieros y científicos civiles empleados por las agencias de defensa, casi todos los cuales reportan directa o indirectamente a oficiales militares. Algunos científicos universitarios, que tienen menos probabilidades que los profesores de ingeniería de obtener dólares de las agencias de defensa, buscan influir en la política de seguridad nacional. Rara vez lo logran.

Los consejos sin rodeos sobre sistemas militares desaparecieron en gran medida después de que el entonces presidente Richard Nixon, cansado de que la Oficina de Ciencia y Tecnología y el Comité Asesor Científico del presidente le dijeran cosas que no quería escuchar, los despidió a ambos. Las repeticiones posteriores de órganos asesores internos del Gobierno se han mantenido al margen de los asuntos militares, dejando las decisiones técnicas a los funcionarios políticos y altos oficiales militares. Pocas de estas autoridades que toman decisiones tienen un conocimiento profundo de la base científica del armamento o de los ingredientes técnicos de los sistemas de combate altamente complejos desarrollados bajo su mando. Dadas las propensiones a la guerra destacadas por Overy, esa no parece ser una receta para un futuro sostenible.

Artículo aparecido originalmente en “Issues in Science and Technology” 41-3 (2025). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“¿Por qué la guerra?”. Richard Overy. (Trad. F. García Lorenzana). Editorial Tusquets, Barcelona, 2026, 380 pp.

* John Alic ha enseñado en varias universidades. Es coautor de New Rules for a New Economy (1998) y de Beyond Spinoff: Military and Commercial Technologies in a Changing World (1992). Su libro Trillions for Military Technology apareció en 2007. 




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