* Por Jessa Crispin
A cuatro patas comienza con un misterio. Un hombre ha sido visto usando un teleobjetivo para fotografiar la casa de la narradora. ¿Será un acosador? Nuestra protagonista, después de todo, es una versión ligeramente ficticia de la autora, artista y cineasta Miranda July —“una mujer”, descubrimos, “que a muy temprana edad cosechó éxitos en diversos medios”— y atrae a gente rara. Sin embargo, la vigilancia no sólo la inquieta, sino también la emociona un poco. Hay una carga erótica en la idea de que alguien se esfuerce tanto por captar un vislumbre de ti, incluso con una bata poco favorecedora.
Este encuentro con el fotógrafo inspira a nuestra alter ego autoral, sumida en un estado de ánimo de miedo existencial, a conducir desde la casa de Los Ángeles que comparte con su esposo, productor musical, y su hijo no binario hasta Nueva York. Planifica metódicamente su viaje, con la esperanza de que la convierta en una persona diferente. Pero apenas ha salido de los suburbios de Los Ángeles cuando se encuentra con una salida y se refugia durante varias semanas en un motel. Allí se enamora perdidamente de un hombre casado y mucho más joven, deseándolo hasta el punto de decidir destruir su cómoda vida en busca de algo más apasionado.
En 2022, la propia July anunció que ella y su esposo, el cineasta Mike Mills, se separaban románticamente, pero que seguirían viviendo juntos para criar a su hijo. Aquí es precisamente donde termina el libro. Podríamos llamarlo unas memorias ficcionalizadas o una justificación para romper los lazos habituales del matrimonio, pero no es precisamente una novela. July abandona rápidamente su trama y comienza a escribir una guía para la liberación femenina, que, según ella, se logra a través de productos de baño de lujo, poliamor y alfombras caras. Es como leer un anuncio extenso de un spa “todo incluido”.
Cuando nuestra narradora se separa de su esposo, lo hace por el bien del género humano femenino: “Me imaginé levantándome ipso facto, saliendo de casa para luego descubrir que todas las mujeres de la vecindad estaban saliendo también”. Hay una larga sección en el medio donde ella se hace análisis de niveles hormonales y descubre que está en la perimenopausia, tras lo cual July nos abruma con información sobre los efectos de la menopausia en la mente, el cuerpo y la libido femenina. Incluso ella incorpora una práctica tabla sobre la producción de estrógenos. Esto es prácticamente indistinguible de los anuncios que, a mí misma, una mujer de mediana edad, me muestran los algoritmos de Instagram.
A pesar de toda la ansiedad acerca de cómo ella es percibida, July nunca considera la posibilidad de que luzca ridícula. El tipo de la cámara resulta ser un agente inmobiliario que quiere que la narradora sepa que su casa vale millones. El hombre más joven que ella desea no la ve como una mujer de mediana edad, invisible y patética; es un gran admirador de su trabajo. Esa admiración crea una especie de aura, un brillo que disimula cualquier imperfección. Supongo que así es como se crea un libro como A cuatro patas: estar rodeada de gente que te dice lo asombrosa que eres.
Es una pena que la novela se desmorone de esa forma, porque hay algunas escenas de sexo extático y algunos buenos chistes. El marido de July sospecha de su posible infidelidad; ella lo desvía anunciando que está pasando por la menopausia, y él se retracta de inmediato. También hay un fragmento oscuramente divertido sobre una abuela que se suicidó arrojándose por una ventana, ya envuelta en una bolsa de basura gigante para no molestar a nadie con el desorden.
A cuatro patas parece, al principio, un giro extraño para una estrella querida del mundo indie como es July. Parece estar situada en los primeros años del milenio, una época de capricho agresivo en la que sus coetáneos, desde Dave Eggers en las letras hasta Michel Gondry en el cine, exploraron la grandiosidad de lo mundano. July escribió libros y dirigió películas que buscaban despertar a su público a la abrumadora belleza del mundo, pero tendía más a menudo a mostrarnos cuán peculiar era su creadora. (En caso de que lo hayan olvidado, ella eligió narrar su película de 2011, “El futuro”, con la voz suave y chirriante de Paw-Paw, un gato callejero). Pero en la década de 2020, ya no basta con que nuestros escritores sean confesionales o creativos. También tienen que ser gurús de un estilo de vida. Al fin y al cabo, eso es lo que vende.
Artículo aparecido originalmente en The Telegraph 03.05.2024. Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia

“A cuatro patas”. Miranda July. (Trad. L. Murillo Fort). Editorial Random House, Barcelona, 2025, 384 pp.
* Jessa Crispin es escritora, editora y fundadora de revistas. Ha vivido en diversos lugares y escrito para numerosas publicaciones. Es autora de los libros: El complot de las damas muertas (2015; Alpha Decay, 2018), El Tarot creativo (2016; Alpha Decay, 2019), Por qué no soy feminista (2017; Ediciones del Lince, 2017), My Three Dads (2022) y What Is Wrong with Men (2025)

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