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Gisèle Pélicot: lo impensable y la justicia

Cuatro años separan la revelación de las violaciones bajo sumisión química y el inicio del juicio por estos hechos. La víctima: Gisèle Pélicot; el victimario: su marido (y 50 personas más). En “Un himno a la vida” ella relata su proceso de reconstrucción y su decisión de que el juicio no fuera a puerta cerrada.

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* Por Irène Théry

La orquestación mediática del lanzamiento mundial del libro de Gisèle Pélicot, Un himno a la vida, no debería ocultar que ella se siente incómoda con este estatus de ícono, que nunca buscó, habiéndose presentado siempre como “una mujer común”.

Una manera de definirse que es todo menos una coquetería: lo que hizo nunca habría tenido el mismo sentido ni el mismo alcance si no fuera, precisamente, el gesto de una mujer como cualquier otra, una mujer que fue feliz con lo que ella llama “su pequeña vida”, y que tras el choque con lo impensable que la dejó devastada, fue capaz de llegar hasta el final de una especie de fidelidad a sí misma y reinventar la fuerza que siempre había guiado su forma de ser y de actuar.

En efecto, esa famosa negativa a celebrar el juicio a puerta cerrada, que transformó el llamado juicio de las “violaciones de Mazan” en un importante problema social, no siempre ha sido comprendida. No se trata de una repetición del gesto de Gisèle Halimi en 1978, cuando decidió convertir el juicio de Aix-en-Provcnce (de violación múltiple de una pareja de lesbianas) en un asunto público. Tampoco proviene de una feminista comprometida, que imaginaba una gran plataforma judicial para denunciar el sexismo imperante, abrir un debate a fondo sobre la violación y cambiar su definición en el derecho francés.

Lo que Gisèle Pélicot decidió en mayo de 2024, en un camino solitario bajo el soplo de la brisa del mar, apenas cuatro meses antes del inicio del juicio, fue diferente. Fue, ante todo, un gesto muy personal, un gesto de supervivencia y de vida. No adquiriría su significado colectivo sino el 2 de septiembre de ese año en el tribunal de Aviñón, y sobre todo a medida que transcurrían los días y meses del proceso cuando otros se apropiarían de él. Periodistas, activistas, numerosas mujeres y algunos hombres que se sintieron afectados se congregaron en el juzgado o miraron desde las inmediaciones. Las redes sociales transmitieron en directo lo que se dijo en la audiencia y los medios organizaron un vasto debate ciudadano. La solidaridad feminista estaba presente. Gisèle Pélicot se convirtió en una heroína, aplaudida al salir del tribunal y celebrada en todo el mundo.

La autora se convirtió en una heroína. Manifestación contra la violencia hacia las mujeres en Francia.

Pero ¿cuál fue este gesto de supervivencia y de vida que lo inició todo? ¿Por qué rechazar un juicio a puerta cerrada fue inimaginable durante más de tres años y medio? ¿Cuál fue el largo y complejo camino que finalmente la llevó a esto?

A partir de estas preguntas, el libro de Gisèle Pélicot se inscribe en la línea de los grandes relatos de reconquista de sí que han marcado el movimiento #MeToo: los relatos de Vanessa Springora[1], Camille Kouchner[2] y Neige Sinno[3]. Cada uno de ellos, mediante la incisiva exploración de una historia singular, reveló una dimensión poco conocida de la violencia sexual y fortaleció este gran movimiento que reclama justicia. Este relato es un poco diferente. Gisèle Pélicot no se considera escritora, y su libro no existiría sin Judith Perrignon, quien apoyó, con su escucha y su escritura de notable finura y aplomo, el trabajo de resiliencia del que este libro es a la vez testimonio e instrumento. La renovada confianza en la conversación permitió que el libro desplegara todas las potencialidades de una dimensión de la acción indisolublemente psicológica, intelectual y moral: la búsqueda de la exactitud.

La socióloga del derecho que soy se ha esforzado durante todo el juicio por mantenerse a distancia del suceso y sus pasiones, para consagrar su trabajo a esclarecer los mecanismos jurídicos del enfrentamiento sobre la violación que se desarrolló en la audiencia: “violación de oportunidad”, “premeditación”, “circunstancias agravantes”, “intención”, “consentimiento”; estas fueron las categorías que exploré con la esperanza de contribuir a una mejor descripción y a una lucha más eficaz contra la negación machista de la violación en el debate social[4].

Leer ahora el libro de Gisèle Pélicot ha sido una experiencia verdaderamente transformadora para mí, de la que me gustaría extraer algunas lecciones. De hecho, Un himno a la vida no se extiende mucho sobre el juicio: sólo dos capítulos de dieciocho están dedicados a él. Sin embargo, este es un libro valioso para cualquier reflexión sobre la justicia, ya que explora lo que no aparece habitualmente en los análisis del tratamiento judicial de la violencia sexual: el período de varios años transcurrido entre la conmoción del crimen y el inicio del juicio. Para el derecho y el sistema judicial en Francia, esta es la fase de “instrucción”, centrada en identificar a los autores, reconstruir los hechos y la calificación de los delitos. Para las víctimas, es un período privado, que no tiene nombre, una mezcla de recuerdos del trauma, sufrimiento íntimo, introspección y lucha por la vida. Sólo la presentación de la denuncia, algunas citaciones a la policía y al juez, y la elección del abogado y su preparación anticipan el clima del juicio que vendrá.

La paradoja es que en el momento en que se abren las puertas del tribunal, cuando las personas particulares se convierten en “la parte civil”, la temporalidad previamente experimentada parece desmoronarse. Ir a juicio significa presentarse como víctima, reivindicar a justo título tal estatus y tener que encarnarlo en la audiencia, aunque a veces se haya recorrido un largo camino de reconquista de uno mismo y ya no se sea solamente quien sufrió. Pero ¿cómo se puede hacer esto? Realmente no hay espacio para expresar tanto la persona que uno fue como la persona en la que se ha convertido. Aquí echa raíces un silencio que marca el espíritu: el silencio que, a excepción de dos audiencias en la corte y cuatro minutos de declaraciones públicas, una mujer común mantuvo conscientemente durante meses, cuando todo el mundo hablaba sin cesar de ella y de su historia, una mujer enteramente entregada al estatus de parte civil que había decidido encarnar de manera pública.

Antes del juicio: dos relatos entrelazados

El libro consiste, en lo esencial, del relato de lo que le ha pasado de importancia a Gisèle Pélicot entre el 2 de noviembre de 2020 —día de la impactante revelación de diez años de violación bajo sumisión química por parte de su marido, Dominique Pélicot, y decenas de desconocidos— y el 2 de septiembre de 2024, día de la apertura del juicio en el Tribunal Penal de Aviñón.

En este relato se encuentra incoporado otro relato, dividido en secuencias de flashbacks, sobre lo que se podría llamar “la vida de antes”: su infancia marcada por la muerte de su madre, su padre militar, amoroso pero ausente, y una odiosa madrastra que la obligó a entrar en la vida laboral a los 14 años con sólo un certificado de estudios primarios en el bolsillo; su encuentro a los 19 años con su futuro marido, quien también fue su primer amor; y la difícil relación de la joven pareja con la familia de origen de su marido, gravemente disfuncional; la felicidad de crear su propia familia, de progresar en la empresa que la emplea y de vivir en una casa en la región parisina; su romance con un compañero de trabajo y la crisis matrimonial que creía haber superado; la muerte de su padre y su hermano; la marcha de sus tres hijos ya adultos y la creciente brecha entre su ascenso profesional y los múltiples fracasos de su marido, las deudas que éste creaba y las preocupaciones económicas a las que debía enfrentarse constantemente; el orgullo de la felicidad familiar finalmente alcanzada, simbolizada en la mudanza a Mazan para vivir la jubilación y acoger a los primeros nietos.

Todos estos recuerdos nos permiten comprender, sin imponer jamás una interpretación simplista, los caminos que Gisèle Pélicot buscó incansablemente explorar, primero durante cuatro años y luego de nuevo tras el juicio, a través de sus intercambios con Judith Perrignon, para reconstituir el sentido de su vida, indagar en el origen de sus prioridades morales, de su vulnerabilidad, de su fuerza poco común, de sus puntos ciegos, rastrear los indicios que podrían haberla alertado sobre las mentiras y la doble cara de su marido, cuya obsesión como depredador sexual en serie ni ella ni nadie sospechó jamás (aunque uno de los hijos había descubierto, sin atreverse a decírselo a su madre, la consulta de su padre a sitios web pornográficas y ciertas actitudes malsanas hacia sus nietos).

El repaso del “antes” se une al relato del “después” cuando expone la revelación de las causas de su tremendo deterioro de salud durante los últimos diez años: el malestar, la inflamación, la pérdida de memoria, las “ausencias” cada vez más graves. Creía estar enferma de Alzheimer o de cáncer, mientras que la sedación química que le administraba su marido —quien tan amablemente le preparaba la cena envenenada y la acompañaba al médico las mañanas después de sus violaciones nocturnas— estaba en camino de llevarla a la muerte. Estas páginas, que se acercan al aterrador enigma de la perversidad criminal arraigada en la intimidad conyugal, son atrapantes.

Enfrentar lo impensable

El corazón del libro está formado por capítulos que testimonian los cuatro años durante los cuales Gisèle Pélicot, devastada por la noticia de lo que había sufrido, tuvo que enfrentarse a lo inimaginable y lo insoportable. Redescubrimos hasta qué punto el trauma psicológico es también una crisis importante de lo que Paul Ricœur llama “identidad narrativa”[5], llegando incluso a suspender la capacidad del individuo —a la vez banal y esencial— de tejer su inscripción en la temporalidad y la continuidad de su personalidad al “tramar” sus acciones, sus relaciones, sus días, su vida. Cabe pensar en cómo comienzan los relatos de reconstrucción de las víctimas de atentados terroristas, en un estado de conmosión y casi afasia, y que presentan muchos puntos en común.

Salvo que, como han demostrado Véronique Nahoum-Grappe[6], Antoine Garapon[7], Denis Salas[8] y especialistas en el tratamiento judicial de la violación y en el desarrollo de una nueva “justicia restaurativa”, la violencia sexual criminal atrapa literalmente a las víctimas en el silencio de un mundo interior devastado, tan imposible parece inicialmente deshacer el apego psíquico y corporal a la relación de contaminación que se les ha impuesto. Este apego forzado a actos que violan toda forma de adhesión es, desde la perspectiva sociológica que define la violación como un “delito relacional”, lo que se llama la vergüenza. El silencio de las víctimas da testimonio del ataque al lenguaje que se ha sufrido, de la extrema dificultad de expresar con palabras lo sucedido, cuando el violador se presenta no sólo como un delincuente capaz de transgredir todas las prohibiciones, sino como un ogro capaz de encerrar a su víctima en la cueva secreta de un crimen oculto en el corazón mismo de la casa y un déspota absoluto que disfruta deshumanizando a su víctima, al mutar en “dueño del sentido”[9].

Una de las dimensiones más destacables del libro de Gisèle Pélicot es la forma en que muestra cómo la revelación de las violaciones que sufrió, atestiguadas por miles de vídeos, sumada a los indicios que justificaban las sospechas de incesto respecto de su hija Caroline y tocamientos inapropiados a un nieto, destrozó repetidamente a su familia, a pesar de que los vínculos entre ella y sus seres queridos eran, y siempre serían, de una gran intensidad. Esta ruptura es característica de las situaciones que siguen a la denuncia de violencia sexual, pero aún es difícil de comprender, tan arraigada está en la conciencia colectiva la idea de que, ante la angustia de uno de los suyos, la respuesta “normal” de las familias debería ser la solidaridad de grupo. Desde esta perspectiva, sólo las características psicológicas individuales, los viejos antagonismos, los celos arraigados en la infancia y una forma muy seria de control que mantiene la protección del culpable explicarían el conflicto, visto como una desviación de la norma de cohesión familiar fortalecida por la adversidad.

La autora y sus hijos en el juicio

Pero, nada más lejos de la realidad. Como muestra el relato de Gisèle Pélicot, es casi lógico que la familia se desintegre. Cada uno se ve afectado por la conmoción de la revelación de los crímenes de forma distinta, desde una perspectiva distinta, con diferentes intereses en juego, y todas las tentativas de afrontar la situación solidariamente se ven frustradas por la necesidad vital de cada uno de movilizar sus propios recursos. Todo esto se ve agravado aún más por la polarización entre dos fuerzas opuestas: para la madre, la conmoción insoportable de la certeza de las violaciones ante la presencia de pruebas, y para su hija, la angustia no menos insoportable de la incertidumbre del incesto ante la ausencia de una confesión. Lo más destacable del libro no es sólo la negativa a edulcorar los momentos de ira, los reproches, la consternación, el choque de formas de ser y de reaccionar. Está en la descripción extraordinariamente sutil de una amenaza diferente: la de que todas las posiciones de parentesco serán trastocados, invertidos, falsificados, cuando una mujer mayor que lo ha perdido todo, cuya vida ha sido pisoteada, cuyo marido ya no es más un marido, cuya casa ha sido vaciada a toda prisa y las llaves devueltas al propietario, llega de repente a un andén de la Gare de Lyon, con sólo dos maletas y un perro como únicas posesiones.

Acogida en el hogar de sus hijos, lucha por encontrar su lugar y ve con angustia la perspectiva de perder su autonomía y de convertirse en la hija de sus propios hijos. Necesita imperativa separarse, irse lejos. La isla de Ré, donde redescubre la fuerza luminosa de la amistad, se convierte en su refugio de soledad, de naturaleza y de senderos. Un año después, en el piloto atomático de “la primera Navidad de una familia destrozada”, ella descubre un consuelo que nunca se había permitido: un respiro. “Sentí entonces la fuerza de los nuevos vínculos. Entendí que se puede pasar la Navidad lejos de la familia y seguir queriéndola. Que es un alivio cenar a solas pan tostado, queso y un tomate, sin preocuparse por nadie más que por una misma. Y sobre todo que necesitaba una casa”.

Este respiro es como la primera verdadera pausa en la larga marcha de reconstrucción que había comenzado mucho antes de que ella fuera consciente de eso, cuando no era más que un rechazo a lo que la asfixiaba y un asombro por lo que se estab proyectando sobre ella, y que gradualmente se transformó en una afirmación positiva. Ella continuará. Sin poder relatar aquí todas las etapas, veamos cómo la llevará a la decisión de rechazar las puertas cerradas.

Rechazar un juicio a puerta cerrada

La hipótesis de rechazar un juicio a puerta cerrada no llegó tardíamente en las reflexiones de Gisèle Pélicot. Al contrario, fue propuesta rápidamente por su primera abogada, quien consideró su caso extraordinario e imaginó organizar “un gran juicio público sobre la violencia contra las mujeres”. Gisèle, muda de vergüenza, casi se desmaya cuando se le presntó esa posibilidad. Se sintió “despojada de toda protección”. La brecha entre su intimidad herida, su identidad pulverizada y la actitud de su abogada, quien no dudó en solicitar a la prensa, blandiendo su caso como una especie de récord: “Violada doscientas veces, ¡doscientas veces”. En otoño de 2022, tras una aparición en los medios de comunicación de más, cuando había recuperado la confianza suficiente para hacerlo, Gisèle Pélicot informó a su abogada que ya no la representaba.

¿Fue esta una mala experiencia? Cualquiera que sea la razón, lo que se ha mantenido constante a lo largo del tiempo, incluso con la asistencia de dos abogados ejemplares, es la idea de que una audiencia a puerta cerrada y el anonimato son su única protección. Se lo reiteró a la jueza de instrucción en 2023: no solamente ella insiste en la confidencialidad de los debates, sino que se niega rotundamente a ver los videos: “No quiero quedarme traumatizada de por vida. Creo que, de alguna manera, sufriré una segunda violación si los veo”. Si se muestra alguno, abandonará la sala.

Pero en 2024, con la proximidad del juicio, comienza una especie de cuenta atrás que acentúa la disociación entrela persona que ella es y aquella que sufrió el escarnio de la violación bajo sedación química. Una disociación que, según ella, no le deja otra solución que la evasión mental: “Habría querido desaparecer, no ver ni que me vieran, dejar que mis abogados se ocuparan de todo y hablaran por mí, y cuando llegara el día del juicio, enviar al otro lado de las puertas cerradas a mi doble, o al menos a una parte de mí, la que en un principio no había reconocido en las fotos que el suboficial Perret me había mostrado en noviembre de 2020, la que en la prensa se llamó Marie y después Françoise. Y que todo acabara, que me dejaran en paz, lejos del ruido, de la multitud, de los rumores y de los focos”.

El miedo, inevitablemente, se acentúa con la cuidadosa preparación de la audiencia con sus abogados, Stéphane Babonneau y Antoine Camus, quienes la protegen de antemano, no excluyéndola, sino al contrario, ayudándola a anticipar lo que sucederá y lo que inevitablemente ella vivirá. Este miedo se multiplica cuando le piden que lea las 400 páginas del escrito de acusación. Una lectura muy difícil que la obliga a confrontar los detalles de lo que nunca quiso saber, la cruda descripción de los actos, el placer a la vez despreciable, sórdido y repugnante (me permito estas palabras, al no encontrar otras más apropiadas) que su esposo y sus acólitos obtenían al insultarla y tratarla como un “saco” y una “basura”, la desfachatez de la negación de los acusados, su bravuconería al afirmar que no ven dónde está el problema, su espantosa grosería hacia ella. Anticipar lo que será la defensa de ellos comienza a transformar su percepción del juicio a puerta cerrada.

Durante un paseo solitario por el bosque cerca de la costa de la isla de Ré, las imágenes que la atormentaban en secreto desde hacía tiempo la asaltaron: “Y cada vez me preocupaba más la puerta cerrada de la sala, que se suponía que me protegería de las miradas, la prensa y los comentarios”. Ella se representó, sobre todo, el peso abrumador de los números, los 45 abogados y los 50 acusados: entre los violadores, la aterradora solidaridad de una “manada”, una “horda”, y frente a ellos, el pequeño grupo de la parte civile. Y ella: “Me encerraría con ellos…, rehén de sus miradas, sus mentiras, su cobardía y su desprecio… Nadie se enteraría de lo que me habían hecho”. Le surgen dudas respecto a toda su relación con la protección: “¿No estaba haciéndoles un regalo? ¿No los protegía al cerrar la puerta?”.

El marido y violador, durante el juicio, en un dibujo.

Esto explica por qué, al comienzo de este artículo, presenté su negativa a un juicio a puerta cerrada como un acto de supervivencia. Pero el término sólo capta una parte de la realidad, porque la imagen de estar atrapada con la manada, que invita a buscar refugio tras una puerta abierta, prepara el camino para el cambio, pero no basta para que se produzca. Esto sucede más tarde, durante el mismo paseo, en un momento muy particular que une la tranquila felicidad de sentir que sus pasos no son del todo solitarios, puesto que la conducen de vuelta a la casa que ahora comparte con su nuevo compañero, y la apertura al mundo que surge de la alegría más simple, esa que no conoce edad: respirar profundamente el viento que conecta el mar y el cielo.

La decisión se le presentó entonces como una verdad evidente, basada no en las aterradoras imágenes de los criminales, sino en lo contrario. La certeza silenciosa e inquebrantable de haber recorrido un inmenso camino de resiliencia, de haber sido capaz de cambiar, de haber superado la destrucción y recuperado una vida, con toda la fuerza que brindan la amistad y el amor: “Ahora yo era más fuerte, ya no era la mujer que lo había perdido todo”. Más aún, ahora se sentía capaz de reivindicar este cambio, de convertirlo en una afirmación de sí misma: “No quería ser la víctima, la pobre mujer, esa no era yo, la que yo quería ser”. Siempre se había negado a identificarse con el cuerpo torturado y degradado que mostraban los violadores en los videos, y en este punto, nunca vaciló. Es en un sentido diferente que habla aquí de “víctima”: el “verdadero yo” que una vez soñó con dejar fuera del juicio era el de una mujer consciente que, contra su voluntad, se convirtió en víctima. Se ha transformado en un “verdaero yo” que, tras recuperar su vida, se siente capaz de encontrar su lugar en ella.

De este modo, ella decide rechazar el juicio a puerta cerrada justo cuando empieza a ver el proceso de otra manera: ya no como un espacio ajeno donde la víctima no tiene más remedio que permanecer confinada y sufrir, sino como la arena de una batalla judicial de la que la víctima se puede apropiar, donde puede participar activamente y exigir justicia: una “parte civil”. Gisèle Pelicot se da cuenta de que acaba de tomar una decisión: quiere enfrentarse a sus verdugos, reconociendo, junto con todos los que han hablado antes que ella, que incluso después de soportar lo peor, uno puede liberarse de la vergüenza sexual, de esa adherencia impuesta a la degradación que se le ha infligido, darle la vuelta al estigma y devolver la vergüenza a los que son culpables de sus crímenes:

“Había llegado a la playa. El aire del mar se vuelve más intenso al instante, te llega a lo más profundo de los pulmones, te expone a los elementos y te hace sentir pequeño pero vivo. Sentí físicamente que necesitaba al resto del mundo. Ya no quería estar sola. Muchos desconocidos me habían hecho bien y me habían acogido cuando no me quedaba nada. Ya no temía las miradas, no temía que se supiera. ‘La vergüenza debe cambiar de bando’. Estas palabras, que llevaban más de diez años acompañando a las mujeres víctimas de violación y violencia, y que había oído, se instalaron en mi mente como un estribillo, como si de repente pequeñas cuchillas afilaran mis pensamientos. Todo el mundo tenía que ver a los cincuenta y un violadores. Eran ellos los que tenían que agachar la cabeza. No yo. (…) Me quedé un momento en lo alto de la arena, con la mirada perdida en esa línea donde se encuentran el cielo y el mar, y supe que tenía que abrir la puerta del juicio”.

No hay justicia sin esmero

Cuando Gisèle Pélicot compareció en el juicio, llevaba consigo una muy larga historia a sus espaldas. Sabía que el anuncio de su negativa a celebrar el proceso a puerta cerrada sería una conmoción rotunda. No le sorprendió ver a los acusados ​​y a sus abogados protestar con vehemencia, como si siempre hubieran sabido que, a puerta cerrada, lo que su abogado, Antoine Camus, llamaría «maltrato en la sala» se podía producir más fácilmente. Y, sin embargo, ni siquiera la atenta mirada del público ni el eco amplificado de las humillaciones que había sufrido en el tribunal lograron disuadirla. Probablemente, con todo, sí la contuvieron.

A lo largo de todo el proceso judicial, hasta el final de la apelación, Gisèle Pélicot nunca se permitió revelar nada personal que quedara fuera del estricto marco de su papel como parte civil. Lo manejó con una actitud a la vez simple, directa y resuelta que impresionó a todo el mundo. Se sorprendió al descubrir la magnitud de lo que había desatado, permitiendo que todo un movimiento social expresara su solidaridad con ella y su esperanza de que el mundo cambie. Pero al leer su libro, se comprende por qué era necesario. Se había hecho justicia, pero el precio de su silencio fue propiciar todo tipo de proyecciones sobre ella. Apareció, sin quererlo, como una especie de superheroína, un ícono con el que no se identificaba y que traicionaba lo que, en los últimos años de su vida, había sido su verdadera victoria. Era urgente liberarse de la mitología de los héroes, de esos semidioses, y volver a poner los pies sobre la tierra. La tarea era exigente. Era necesario romper con una imagen, presentarse tal como era, contar su historia sin adornos y, al hacerlo, demostrar que lo esencial para ella era de cierta manera no ceder jamás a l acnto de sirena de la simplificación.

La autora, durante el juicio, y su preocupación por el esmero.

Concluiré con un solo ejemplo, y me pregunto por qué me impactó tanto.

En el tiempo transcurrido entre la conmoción inicial y el primer día del juicio, Gisèle Pélicot tenía entre 68 y 72 años. Ahora tiene 73, un hecho que ha reiterado con frecuencia desde la publicación de su libro. La relación con el tiempo y la vida, con el dolor y el futuro, vivida durante su retiro laboral y su etapa como abuela, está en el centro de su libro. No duda en reivindicar sus arrugas y, en su relato, el descubrimiento de una felicidad romántica que la sorprendió incluso a ella misma, pero que no pudo revelar durante el juicio por temor a que sus adversarios la aprovecharan de inmediato para minimizar su calvario y, más allá de ella, el de todas las violencias sexuales. Es muy raro que la referencia a su edad sea tan abiertamente asumida en la presentación de sí misma por parte de una mujer, dado el siempre presente imperativo social de disimulación del envejecimiento asignado al sexo femenino.

Junto con un cuidado muy meticuloso de su apariencia y su vestimenta, que durante el juicio se percibió como su respuesta silenciosa a lo que la banda de criminales —que se atrevió a burlarse de ella— le había hecho a su cuerpo, tratado como “una bolsa de basura”, la forma en que Gisèle Pélicot piensa sobre su edad y ahora habla de ella, es un indicio particularmente fuerte de la preocupación por el esmero que está en el centro de su itinerario de reconstrucción.

Artículo aparecido originalmente en AOC 19.02.2026. Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia


[1] Vanessa Springora, Le Consentement, Grasset, 2020. [Hay versión castellana: Vanessa Springora, El consentimiento, trad. N. Sobregués, Lumen, 2020].

[2] Camille Kouchner, La Familia grande, Seuil, 2021. [Hay versión castellana: Camille Kouchner, La familia grande, trad. P. Feixas, Península, 2021].

[3] Neige Sinno, Triste tigre, P.O.L, 2023. [Hay versión castellana: Neige Sinno, Triste tigre, trad. N. Sinno, Anagrama, 2024].

[4] Ver, por ejemplo, Irène Théry, “Le procès de Mazan nous rappelle que le viol est dans l’immense majorité des cas un ‘viol d’opportunité’”, Le Nouvel Obs, 21.10.2024 y “Le procès des viols de Mazan a été marqué par le choc des contraires”, Le Monde, 06.10.2025.

[5] Paul Ricœur, Temps et récit, Seuil, 1983-85. [Hay versión castellana: Paul Ricœur, Tiempo y narración, trad. A. Neira, Siglo XXI, 1995-1996].

[6] Véronique Nahoum-Grappe: “Crimes de souillure et crimes de guerre (ex-Yougoslavie 1991-1995)”, Ateliers A & Ateliers LESC, 26, 2003.

[7] Antoine Garapon, Pour une autre justice. La voie restaurative, PUF, 2025.

[8] Denis Salas, Le Déni du viol. Essai de justice narrative, Michalon, 2023.

[9] Sobre todas estas nociones, ver Irène Théry, Moi aussi. La nouvelle civilité sexuelle, Seuil, 2022, en particular la Introducción y el capítulo 5 “Pédocriminalité et inceste”.

“Un himno a la vida”. Gisèle Pélicot. (Trad. N. Sobregués). Editorial Lumen, Barcelona, 2026, 256 pp.

* Irène Théry es socióloga y directora de investigación de École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS). Especializada en sociología del derecho, la familia y la vida privada, trabaja sobre las transformaciones contemporáneas en los vínculos entre sexos y generaciones. Es autora de Le Démariage (1993), La distinction de sexe, une nouvelle approche de l’égalité (2007) y Moi aussi. Une nouvelle civilité sexuelle (2022), entre otros libros.

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