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Alfred Brendel, paradójico y excéntrico

Ha muerto uno de los más importantes pianistas de su generación, presente en el mundo musical durante seis décadas. Ensayista agudo y erudito, fue también poeta. Su arte se caracterizó por una paradoja: la rigurosa disciplina intelectual unida al gusto por lo absurdo.

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Por Barry Millington*

En la posdata de su libro de poemas de 1998, One Finger Too Many, el pianista Alfred Brendel cita entre sus musas a una anciana que se detuvo frente al banco en el que él estaba sentado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, quien lo señaló y le preguntó: “¿Es usted Woody Allen?”.

Que se le pudiera confundir con el actor y director estadounidense no es un hecho en sí mismo sorprendente: con su rostro travieso, sus cejas arqueadas como con curiosidad y sus gafas de montura gruesa Eric Morecambe, Brendel, quien ha muerto a los 94 años, tenía un aire de comediante. Era un aura que él disfrutaba y cultivaba en su peculiar poesía y que iba a la esencia de su personalidad.

Pues el arte de Brendel se caracterizaba por una paradoja. Por una parte, se encontraba la disciplina intelectual, el rigor académico y la búsqueda de la perfección; por otra parte, un deleite por lo absurdo. En una ocasión, mencionó la risa como su ocupación favorita y le gustaba observar que “el humor es lo sublime en reversa”.

En una carrera artística que abarcó seis décadas, Alfred Brendel se ganó un respeto que, especialmente en sus últimos años, bordeó la reverencia. Sus interpretaciones, plenas de autoridad, del repertorio clásico —principalmente Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert— eran insuperables, aunque en sus años tempranos también fue un excelente lisztiano y contribuyó a consolidar el Concierto para piano de Schoenberg en el repertorio de conciertos.

De no ser por la sensación de que él no podría hacerle justicia y de que lo alejaría de su amado repertorio clásico, podría haber sido un activo defensor de la música contemporánea, pues le interesaba profundamente y era un personaje habitual en los eventos de vanguardia. 

En 2007, Brendel anunció su intención de retirarse tras una serie de conciertos y recitales que duró un año. El último recital londinense, en el Royal Festival Hall en junio de 2008, fue representativo de sus últimos años: si bien carecía de la aptitud y la muscularidad que tanto impresionaron en su mejor momento, su interpretación de Mozart y Beethoven poseía la sutileza y la maestría consumada que esperábamos. La Sonata en si bemol de despedida de Schubert, D960, fue interpretada con una visión inspiradora, mientras que los encores de Bach y Liszt rindieron homenaje a maestros recientemente desatendidos por él.

La última actuación de todas tuvo lugar en diciembre de 2008 en Viena, donde Brendel decidió despedirse con el Concierto para piano nº 9 en mi bemol, K271, el Jeunehomme, de Mozart.

Nacido en Wiesenberg, Moravia (actual República Checa), Alfred era hijo de Ida (de soltera, Wieltschnig) y Albert Brendel. Tuvo una infancia algo itinerante debido a las diversas ocupaciones de su padre (ingeniero arquitectónico, empresario y gerente de hoteles).

Fue cuando su padre se convirtió en director de cine en Zagreb, Croacia, cuando recibió sus primeras clases de piano, a los seis años, de Sofia Dezelic. Tras la Segunda Guerra Mundial, estudió con Ludovika von Kaan en el conservatorio de Graz, Austria, y recibió clases particulares de composición con Artur Michl, organista y compositor local. Su relativa falta de formación formal en música fue, como Brendel consideró más tarde, una ventaja, pues lo animó a ser autocrítico: “Un maestro puede ser demasiado influyente”, dijo en una ocasión.

Fue totalmente característico que su primer recital público, en Graz a los 17 años, incluyera obras de Bach, Brahms, Liszt y de él mismo, pero únicamente obras que incluyeran fugas. Incluso los cuatro encores contenían fugas.

Fue una manifestación temprana de la vena intelectual que lo definiría; también era evidente su interés por la literatura y las artes visuales: realizó una exposición individual de pintura en una galería de Graz en conjunto con su recital. Tras obtener el cuarto premio en el prestigioso concurso Busoni en Bolzano, al norte de Italia, en 1949 comenzó a viajar por Europa, participando en clases magistrales impartidas por Paul Baumgartner, Eduard Steuermann (alumno de Busoni y Schoenberg) y, de manera crucial, Edwin Fischer, a quien (junto con Alfred Cortot y Wilhelm Kempff) creía ser a quien más debía.

Realizó sus primeras grabaciones en la década de 1950 y se convirtió en el primer pianista en grabar la obra completa para piano de Beethoven, una edición memorable y muy elogiada por el sello Vox-Turnabout (1958-64). 

Su debut en el Queen Elizabeth Hall de Londres le valió ofertas de tres compañías discográficas y, tras ser contratado por Philips como artista exclusivo, grabó un ciclo de sonatas de Beethoven en la década de 1970. Sus grabaciones completas para Philips (114 CD) fueron reeditadas por Decca en 2016. 

Beethoven siempre fue una figura destacada en su horizonte musical: en la temporada 1982-1983, por ejemplo, ofreció el ciclo completo de 32 sonatas en 77 recitales en 11 ciudades de Europa y América, y realizó giras similares en los años 90, completando un tercer ciclo grabado en 1996. Inevitablemente, tal vez, parte del fuego y la espontaneidad presentes en el primero de esos ciclos grabados ya no eran evidentes en el tercero, pero en su lugar había una profundidad espiritual, fruto de la experiencia de toda una vida.

Junto a Beethoven, Mozart y Schubert ocuparon un lugar privilegiado parta él. Se pueden extraer pistas sobre la aproximación de Brendel a Mozart en un revelador ensayo titulado “Advertencias de un intérprete de Mozart a sí mismo”, en el que proclama que: “Mozart no está hecho de porcelana, ni de mármol, ni de azúcar”.

El Mozart del “no me toques” y el Mozart “sentimentalmente inflado” debían evitarse a toda costa. Mozart tampoco era un “niño de las flores” con ritmos débiles o vagos y un tono soñador, afirmaba Brendel. Más bien, era deber del intérprete encontrar el equilibrio ideal entre frescura y cortesía, naturalidad e ironía, distanciamiento e intimidad.

Interpretar a Schubert, en cambio, era, según Brendel, como “caminar al borde de un precipicio”. En esta música, la felicidad siempre estaba al borde de la tragedia, y los estados de ánimo melancólicos de Schubert se proyectaban como presagios de las visiones fantasmagóricas de Schumann. Brendel también se deleitaba con los aspectos románticos, Sturm und Drang —tormenta e ímpetu—, de Haydn y Mozart, que de igual manera anticipaban, en sus manos, la emotividad de Beethoven.

En cuanto a la música de Liszt, Brendel destacó su naturaleza fragmentaria y cumplió con creces lo que consideraba la responsabilidad del intérprete de “mostrarnos cómo una pausa general puede conectar en vez de separar dos parágrafos, cómo una transición puede transformar misteriosamente el argumento musical”.

Él afirmaba que era “un arte mágico” y, por lo tanto, cabría suponer, un reto particular para un hombre tan dominado por su intelecto. Pero en sus interpretaciones de obras como Vallée d’Obermann y Sposalizio, fue precisamente la cualidad trascendental y sobrenatural de la música la que él capturó tan bien, en particular por su perfecta calibración de sus silencios.

El objetivo era integrar la pasión y la introspección, y si bien es casi obvio que el culto al autopromocionado virtuoso le resultaba poco atractivo, también, en su mejor momento, fue capaz de superar las temibles exigencias técnicas de una obra como la Marcha Rákóczy, desplegando un control rítmico firme como una roca para generar su fuerza expresiva. Una intensidad similar caracterizó su interpretación de la formidable Toccata de Busoni, mientras que su conocimiento del inquietante mundo del romanticismo alemán informó su respuesta a los aspectos enigmáticos de las piezas fantásticas de Schumann.

En la última década de su carrera, aproximadamente, problemas físicos de espalda y brazo le impidieron a Brendel interpretar las grandes obras virtuosas, aunque cabe decir que esto contribuyó a su concentración durante esos años en la esencia misma de las cosas: una búsqueda de la verdad.

En algunos de estos recitales tardíos, cuyo repertorio se centraba cada vez más en el período clásico, la interpretación de Brendel a menudo carecía de la inspiración de sus primeros años, pero la compensaban con creces las lecturas autorizadas y penetrantes que entregó. Esta evolución en su estilo bien pudo estar relacionada con un desarrollo psicológico: los conflictos emocionales internos quizá se reflejaron en las interpretaciones más volátiles de su etapa temprana, mientras que las sublimes revelaciones de su madurez tardía fueron producto de una personalidad más reconciliada e integrada.

Más allá del repertorio para piano solo, sus grabaciones también reflejaron sus predilecciones: entre sus principales registros se incluyen cuatro colecciones completas de los conciertos de Beethoven (la más memorable, con Simon Rattle), conciertos completos de Mozart con Neville Marriner (junto con otros ocho en colaboración con Charles Mackerras), los dos Conciertos para piano de Brahms con Claudio Abbado y los de Schumann con Kurt Sanderling. También colaboró ​​con Dietrich Fischer-Dieskau en un Winterreise (“Viaje de invierno”) y con Matthias Goerne en algunos lieder de Schubert y Beethoven. Sus grabaciones de cámara incluyeron las obras completas de Beethoven para violonchelo y piano junto con su hijo, Adrian.

Sus dotes literarias y su mente incisiva dieron lugar a dos colecciones de ensayos sobre música sumamente gratificantes: Musical Thoughts & Afterthoughts y Music Sounded Out (ambas de 1990). Una tercera colección, Alfred Brendel on Music (2001), reunió ensayos publicados e inéditos. En 2015 se publicó otra colección de ensayos y conferencias, Music, Sense and Nonsense, que condensa sus reflexiones sobre la música a lo largo de las décadas. [En castellano parte importante de su obra ensayística se ha recopilado en los libros De la A a la Z de un pianista (Acantilado, 2013) Sobre la música (Acantilado, 2016)].

Si bien estas colecciones demostraron ampliamente su erudición en temas musicológicos, sus dos volúmenes de poesía, One Finger Too Many (1998) y Cursing Bagels (2004), dieron fe de un sentido del humor dadaísta y una imaginación florida. En un poema, un pianista desarrolló un dedo índice adicional “para exponer a un obstinado tosedor en la sala” o para indicar el tema en retrospectiva en una fuga compleja. Otros poemas reflexionaban sobre Brahms, las barbas y Buda. [En castellano se cuenta con una edición de su poesía Espejo cóncavo y Duende negro (Alfar, 2018)].

Después de su retiro de los conciertos, Brendel continuó impartiendo conferencias, en las que a menudo intentaba distanciarse de lo que consideraba los excesos autoindulgentes del movimiento históricamente informado. Buscando su propia autenticidad en un equilibrio entre fidelidad e interpretación, mostró poca paciencia con el fraseo y la acentuación exagerados, y menos aún con los tempos demasiado rápidos: “Hay una teoría reduccionista que sostiene que toda música es danza”, entonó con cansancio, “y qué placer escuchar un Agnus Dei o un Miserere saltando”.

Todas las formas del absurdo fascinaron a Brendel: el kitsch y las máscaras (de cada una de las cuales acumuló colecciones), los versos sin sentido y las caricaturas. Pero sus entusiasmos extra musicales también abarcaron las iglesias románicas, la arquitectura barroca, la literatura, el cine y mucho más. En resumen, era un artista que disfrutaba de la excentricidad, pero que se centraba en la esencia interior, alguien que contraponía la imagen cerebral con un deleite por lo caprichoso y, sobre todo, alguien que nunca cesó en su búsqueda de la verdad musical.

En 1960 se casó con Iris Heymann-Gonzala y tuvieron una hija, Doris. Se divorciaron en 1972 y tres años después se casó con Irene Semler. Ellos vivieron en Hampstead, al norte de Londres, y tuvieron tres hijos: dos niñas, Katharina y Sophie, además de Adrian. Se divorciaron en 2012. Le sobreviven su pareja, Maria Majno, sus cuatro hijos y cuatro nietos. 

De la A a la Z de un pianista. Alfred Brendel (Trad. J. Seca). 2013, Acantilado. 146 pp.
Sobre la música. Alfred Brendel (Trad. J.L. Milán). 2016, Acantilado. 544 pp.
Espejo cóncavo y Duende negro. Alfred Brendel (Trad. J.L. Reina). 2018, Ediciones Alfar. 330 pp.

Artículo aparecido originalmente en The Guardian 17.05.2025. Se publica con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

*Barry Millington es el crítico musical principal del London Evening Standard y editor de The Wagner Journal. Ha escrito y editado ocho libros sobre Wagner, entre ellos The Wagner Compendium y The Ring of the Nibelungen: A Companion.

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