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Beatriz Allende, líder vital, pero poco reconocida de la izquierda chilena

Esta biografía de la hija del presidente Salvador Allende, militante política y colaboradora informal de su gobierno, arroja luz sobre la época y sobre lo que significaba ser mujer y revolucionaria durante la Guerra Fría.

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Por Michelle Chase*

Esta cautivadora y elegantemente elaborada biografía, reevalúa de manera convincente a Beatriz Allende, hija del famoso presidente chileno Salvador Allende, como una líder importante por derecho propio. Refutando las representaciones de Beatriz Allende como una víctima pasiva, Tanya Harmer demuestra, en cambio, que Beatriz desempeñó un papel clave dentro de la izquierda socialista chilena, tanto durante el periodo de la Unidad Popular en el poder (1970-1973) como en su labor solidaria desde el exilio en Cuba tras el golpe de Estado de 1973. Sin embargo, el libro es mucho más que una biografía individual. Harmer utiliza a Beatriz y a su generación para arrojar luz sobre los conflictos culturales y políticos en el corazón de la Guerra Fría y la larga década de 1960 en América Latina, incluyendo las visiones contrapuestas de reforma y revolución, la creciente movilización política de mujeres y jóvenes, y la fuerza hipnótica de la Revolución cubana.

Usando archivos privados, entrevistas y otras fuentes nuevas, Harmer reconstruye hábilmente el rol de Beatriz como interlocutora entre la Nueva Izquierda armada de su generación y la Vieja Izquierda, de orientación constitucional, de la generación de su padre. Desde mediados de la década de 1960 en adelante, Beatriz simpatizó y cultivó contactos con grupos armados de izquierda como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y La Organa. Después de la elección de Allende en 1970, recurrió a esos contactos para organizar el equipo de seguridad de su padre y para convocar a grupos de jóvenes radicales a sesiones informales de asesoramiento. Harmer usa estas redes sociales y políticas superpuestas para argumentar en contra de la separación demasiado nítida de las diferentes tendencias dentro de la izquierda chilena. Salvador Allende no rechazó a la izquierda armada, argumenta, sino que buscó incorporarla. Y a pesar de su cautelosa actitud hacia los Estados Unidos, Allende expresó su solidaridad con los movimientos revolucionarios extranjeros, apoyándose a menudo en Beatriz como su “ministra de Relaciones Exteriores auxiliar y extraoficial” para hacerlo.

Harmer elogia la labor organizativa de Beatriz tras bambalinas. Sin embargo, también deja claro que Beatriz fue relegada a tales roles porque era mujer. De hecho, una de las grandes fortalezas de la biografía es captar la intensidad de ser una mujer radical en la era de la masculinidad revolucionaria. Beatriz sintió el llamado a las armas con la misma fuerza que sus pares hombres, pero a diferencia de muchos de ellos, se le negó un entrenamiento militar serio. Los líderes del ELN apreciaron su apoyo de retaguardia, pero le impidieron unirse a la insurgencia del grupo en Bolivia a finales de la década de 1960. Y después del golpe de 1973, ella suplicó que la enviaran a la clandestinidad chilena, pero los cubanos se lo impidieron. Lo más trágico fue que ella quiso quedarse en el palacio presidencial con su padre durante el golpe. Pero Allende les ordenó a ella y a otras mujeres que se fueran, desafiando la determinación revolucionaria de morir a su lado.

Sin embargo, como admite Harmer, las opiniones de Beatriz sobre el género eran complejas. Beatriz desafió la feminidad convencional en la práctica, pero, al igual que otras personas de izquierda, temía que el feminismo le restara valor al objetivo primordial de tomar el poder. Su rechazo a los roles de género convencionales tampoco se extendió necesariamente a la esfera privada. Como mujer privilegiada, dependió de trabajadoras domésticas, primero en Chile y luego en Cuba. Cuando el gobierno cubano despidió y reubicó por la fuerza a su empleada doméstica por ser lesbiana, Beatriz aparentemente condonó la medida punitiva, o al menos no la denunció. Aceptó tácitamente las relaciones extramatrimoniales de su padre y quizás también las de su propio esposo. Si bien el libro de Harmer muestra que la percibida como transgresión de las normas de género impulsó a la derecha chilena en este período, una discusión más extensa de los debates que tenían lugar en los círculos izquierdistas de Beatriz sobre temas como la sexualidad, la moral o los modelos idealizados de relaciones románticas podría haber enriquecido aún más nuestra comprensión de su mundo.

Los persistentes vínculos de Beatriz con Cuba, incluido su matrimonio con un diplomático cubano, permiten a Harmer ofrecer un relato agudo y evocador del papel de Cuba en la región durante las décadas de 1960 y 1970. Aunque las líneas generales del explosivo impacto de Cuba en los jóvenes y la izquierda latinoamericana son bien conocidas, Harmer amplía significativamente nuestra comprensión al arrojar luz sobre los múltiples flujos entre Cuba y Chile durante este período, incluyendo eventos regionales de solidaridad celebrados en Cuba, viajes de grupos insurgentes a la isla para entrenamiento militar e intercambios diplomáticos de alto perfil, tales como la visita de un mes de Fidel Castro a Chile en 1971.

Quizás lo más fascinante sea el papel crucial que Cuba desempeñó para los exiliados chilenos tras el golpe de Estado de 1973. Harmer demuestra que el liderazgo cubano gestionó cuidadosamente la narración de la muerte de Allende inmediatamente después del golpe. También documenta el apoyo que Cuba prestó a las iniciativas de solidaridad de los exiliados, en las que Beatriz desempeñó un papel protagónico. Pero la frustración de Beatriz ante la inutilidad de esas iniciativas, el decaimiento de la fiebre revolucionaria cubana y el dolor del exilio contribuyeron a su creciente depresión. Este libro deja claro que Chile perdió a una líder vital, aunque poco reconocida, cuando Beatriz se quitó la vida en 1977.

Artículo aparecido originalmente en The Americas 78-2 (2021). Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia

Beatriz Allende. Tanya Harmer (Trad. V. Lane). 2025, Editorial Lom. 380 pp.

*Michelle Chase es historiadora de Latinoamérica, especializada en la Cuba del siglo XX. Enseña en la Universidad Pace. Es autora de Revolution within the Revolution (2015), que cuestionó las suposiciones habituales sobre la liberación de las mujeres dentro de la Revolución cubana.

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