Jonathan Coe*
“Mi imaginación”, escribió David Lodge en cierta ocasión, “parece atraída por estructuras binarias que ponen en contacto y en conflicto ambientes, culturas y personajes contrastantes”. Se refería específicamente a la génesis de su “novela rupturista”, Intercambios, que encontró tanto de comedia —amplia y sutil, oblicua y carcajeante— en el contraste entre los estilos de vida académicos británico y estadounidense. Pero las palabras podrían aplicarse a toda su obra y ayudan a explicar por qué él sobresalió en un modo de comedia distintivamente británico que le ganó fanáticos devotos no solamente en su propio país, sino por todo Estados Unidos y Europa continental.
Intercambios se publicó en el momento de mayor auge de la novela cómica masculina británica de posguerra. Las ondas que había provocado Lucky Jim, de Kingsley Amis, veinte años antes, todavía se sentían, las novelas de Evelyn Waugh eran un recuerdo reciente, Wodehouse acababa de morir, Tom Sharpe y Malcolm Bradbury (íntimo amigo de Lodge) ocupaban los primeros puestos de las listas de los libros más vendidos. Al seco sentido del ridículo compartido por estos escritores, Lodge añadió sus sentimientos ligeramente desgastados de angustia espiritual como “católico agnóstico” y un enfoque flexible de la técnica literaria que provenía de su admiración por los grandes modernistas. Una de las razones por las que Intercambios sigue siendo tan fresca es la forma en que salta de forma tan diestra entre los modos literarios, desde las cartas a los textos encontrados, desde la narración en tercera persona al guión cinematográfico: la obra de un hombre que había leído y digerido a sus maestros de principios del siglo XX.
En ¡Buen trabajo!, su tercer libro ambientado en la ciudad ficticia de Rummidge, Lodge trascendió la sátira sobre la vida universitaria para producir una de las primeras y más perspicaces novelas sobre el impacto del thatcherismo en la industria británica. Pero su mirada siempre se había centrado, en realidad, no en los estrechos confines del mundo académico, sino en las complejas realidades de las relaciones humanas y sociales. Siempre había una calidez y una sabiduría irónica en sus caracterizaciones, que se correspondían con el afecto que se ganaba de sus lectores. Yo mismo fui testigo de esto, especialmente en las ocasiones en que tuve la suerte de aparecer con él en festivales literarios franceses y alemanes, donde generalmente era el invitado de honor y siempre atraía a una multitud más grande que cualquiera de los otros escritores británicos.
Él era, fundamentalmente, una persona muy seria, para sorpresa ocasional de aquellos que esperan que los escritores cómicos aparezcan usando una nariz roja y una corbata humita giratoria. Esta seriedad surge de manera más intensa en su novela de 2008, La vida en sordina: un libro extremadamente divertido en muchos sentidos, pero que no termina con el esperado momento cómico. En cambio, encontramos un capítulo sombrío que trata de una visita a Auschwitz, realizada por un héroe que reflexiona: “Creo que nunca, ni siquiera en el apogeo de la guerra fría, he sido más pesimista que ahora sobre el futuro de la especie humana”. Después de eso, solamente hubo una gran novela, casi como si Lodge hubiera perdido la fe en el poder consolador del humor.
Es gracias a él, sin embargo, en gran medida, que la novela cómica británica siga gozando de tan buena salud, ya sea en la obra de Nina Stibbe, Nicola Barker o Nussaibah Younis. Lo que estos escritores, y el propio Lodge, parecen tener en común se podría resumir en una frase de la gran novela anti-policial de Friedrich Dürrenmatt, La promesa: tener presente que “la única manera de no estrellarnos contra lo absurdo, que está llamado a manifestarse cada vez más claramente y con más fuerza, y de hacer esta tierra habitable de algún modo, es ser humildes y contar con lo absurdo en nuestros cálculos”. Fue precisamente este ojo para lo absurdo lo que hizo de Lodge no solamente uno de los más divertidos, sino —de manera mucho más importante— uno de los más veraces, novelistas británicos de posguerra.
Artículo aparecido originalmente en The Guardian 03.01.2025. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
*Jonathan Coe es un escritor británico. Entre sus últimos libros se cuentan El señor Wilder y yo (2020), Bournville (2022) y The Proof of My Innocence (2024).
