Por Clara Boutet*
En el período de crisis sanitaria, las miradas y las voces habían sustituido a las sonrisas escondidas tras las mascarillas. Había llegado el momento de encontrar este “dulcificador de contactos” que traduce las emociones y manifiesta la singularidad de las personas. En esta obra, David Le Breton cuestiona la relación con el mundo a través del cuerpo, prolongando sus estudios Des visages (1992), Éclats de voix (2011), Rire (2018) y Anthropologie des émotions (2021). Marca personal, la sonrisa toca el corazón del sentimiento de identidad y encarna la epifanía de la persona.
En primer lugar, David Le Breton no se centra en captar la sonrisa al nivel de una boca estirada, ni en la curvatura de unos ojos entrecerrados o brillantes; prefiere evocar rostros significativos. Emanación espiritual, la sonrisa marca una apertura, una revelación del rostro. Denota elevación, espiritualización, a diferencia de la risa, que remite a la exuberancia, incluso a la subversión, a veces a la bajeza o la ausencia de autocontrol. La tradición pictórica representa con frecuencia esta ambivalencia entre la sonrisa angelical y la risa demoníaca o vulgar. Incluso cuando nos esforzamos por domesticar la risa en nuestras sociedades occidentales, la sonrisa se adapta a la demanda de discreción en la vida social. Es una marca de civilidad, incluso la expresión de una mundanidad.
Comportamiento ritualizado, la sonrisa adopta diversas formas a través de la publicidad, la comunicación, la sonrisa de la foto o incluso la del panadero. Ciertas sonrisas ayudan a salir de una situación delicada o, por el contrario, marcan la vergüenza. A veces resultan ser la mejor manera de desarmar la fatalidad. En definitiva, se trata de una acción compleja que se concreta en la profundidad de una situación o de una interacción. A veces sonreímos en situaciones tristes. Esto es especialmente cierto en determinadas culturas orientales, donde la sonrisa marca un distanciamiento del otro, una forma de no implicarlo en una desgracia que no le concierne. Sin embargo, la convención social de la sonrisa debe eliminar cualquier ambigüedad sobre las emociones o intenciones que transmite: ciertas situaciones admiten una sonrisa (de compasión, de disponibilidad, de gentileza), pero no admitirían una sonrisa juguetona. Estas manifestaciones están culturalmente codificadas. La emoción que significa que la sonrisa puede ser múltiple y no siempre se parece a la aquiescencia. A veces se trata de “salvar las apariencias” o de expresar sarcasmo, o incluso perfidia. La sonrisa del asesino hace eco de la risa diabólica y no transmite ninguna simpatía. Lleva consigo las intenciones profundas de quien la muestra.
La polisemia de la sonrisa organiza la sucesión de los capítulos. Varios están dedicados a la sonrisa del bebé. Devuelven al lector al nodo fundacional que vincula el nacimiento de la sonrisa al de la relación, primero con la madre y luego con los demás. El autor muestra a continuación cómo, rápidamente, la sonrisa adquiere un tono sexista, como todas las expresiones sociales del niño: “Una multitud de microactitudes de los padres le enseñan rápidamente al infante a identificarse como niño o niña: la ropa, los juegos, los pasatiempos, el trato hacia él, las imitaciones, las identificaciones, los aprendizajes, etc., completan este proceso”.
Si se trata de sonreír solo, el autor explica que los demás están de alguna manera interiorizados: la sonrisa solitaria nos recuerda hasta qué punto estamos permanentemente sujetos al vínculo social. Demuestra la apertura al mundo, la disponibilidad para los demás. Esbozarla requiere una socialización. La sonrisa no implica únicamente el rostro, sino una “actitud global del cuerpo”.
Como siempre, David Le Breton critica la razón naturalista y desaprueba de manera argumentada los experimentos, en particular los realizados por dos psicólogos, que separan los movimientos de sus significaciones y abandonan toda la parte relacional contenida en una sonrisa: “Impulsados por la certeza de un lenguaje natural de las emociones, que sería anatómica y fisiológicamente identificable, [Paul[ Ekman y [Wallace] Friesen se esfuerzan por eliminar cualquier inferencia individual en el estudio de la expresión de las emociones”. Ellos olvidan que, “cuando miramos al otro no vemos una serie de contracciones musculares, sino una persona sonriente o amargada, con una expresión marcada por las peculiaridades de su historia singular. En otras palabras, percibimos significados”. En efecto, el individuo es uno con su cultura; la sonrisa aparece como un vector de sus particularidades. No puede explicarse mediante automatismos mecánicos que puedan replicarse de un individuo a otro, sin tener en cuenta anclajes culturales o elementos contextuales. La sonrisa está situada, depende de las emociones vividas y permanece incomprensible en su forma objetivada.
A partir de su curiosidad personal por el niño de antes, percibido como demasiado sonriente, David Le Breton introduce el carácter misterioso de la sonrisa, haciéndose eco del subtítulo de la obra: antropología de lo enigmático. Al explorar las formas a veces sorprendentes de hacer las cosas en otras sociedades, se basa en numerosas situaciones, tomadas de diversos contextos y entornos sociales, extraídas de la literatura, el cine, los escritos de viajes o los antropólogos. El título de la obra subraya claramente el acto, sobre todo social, que revela el significado que lleva el individuo, cuya polisemia marca su singularidad. Ya sea como una fachada o como vector de un mensaje profundo, David Le Breton explora la multiplicidad de significados de la sonrisa y traduce, gracias a la sutileza de su escritura, la complejidad de la condición humana.
Artículo aparecido originalmente en la revista Esprit 494 (2022). Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia
*Clara Boutet es antropóloga e investigadora de la Universidad de Estrasburgo.
