1976: Hernán Miranda gana el premio Casa de las Américas con La Moneda y otros poemas, escrito en su exilio argentino. El libro cierra con un largo poema dividido en diez partes que funcionan como el diagrama del comienzo y el fin de una experiencia. Allí hace hablar a su yo infantil en el tránsito hacia la interrumpida adultez: La Moneda y el centro de Santiago son Combray.
Escribe: “La primera vez que puse mis pies en La Moneda / Fue una jugarreta de niño: pasar de una calle a otra. / El palacio de los Presidentes era un pasadizo solemne pero divertido”. El edificio presidencial, nos dice, es un lugar más en la telaraña de la city: no está cubierta de un halo de monumentalidad porque, a pesar de su función histórica en el plano de la urbe, sirve también de atajo a los caminantes: “Si Ud. Quería ir de la calle Moneda a la Alameda / O si quería ir de la Alameda hasta la calle Moneda / Pues no haga rodeos, mi querido amigo / Atraviese La Moneda por dentro y acortará camino”.
Es en los bordes de la ciudad donde Miranda descubre la parte maldita de lo real: “en mi escuela 61 muy próximo al Cementerio”, escribe, vio compañeros “desmayarse de hambre en la fila” y
chinches salir por el cuello de mis amigos en medio de la clase
y una fiebre pavorosa me envolvió de improviso.
Fui carne de alucinaciones
Y tuve a los siete años la sensación exacta
El contorno cercano de la muerte y la locura.
Allende, escribe, era “ese hombre / Con cara de farmacéutico” que abrió la puerta
Para que entrara gente venida
De pequeñas aldeas que no figuraban en el mapa
Delegaciones de mapuches, de científicos
Gente de mar y tierra
Pobladores en busca de soluciones
Mineros de ojos semicerrados por la luz del sol.
Hernán Miranda nació en Quillota y pasó sus primeros años de vida en una casa junto a la línea férrea. A diferencia de Neruda y Teillier, en cuyas poéticas el mundo ferroviario aparece tras una pátina de nostalgia pluvial, húmeda, para Miranda esa cercanía significó un primer apronte con la muerte, con la crudeza de los suicidas que terminan descuartizados por máquinas rechinantes. Carne, sangre y fierros en la primera infancia: no había otro destino posible que hacerse poeta. Parte de esta experiencia aparece en el poema “Doralisa se lanzó bajo el tren de las 14”, publicado en Arte de vaticinar (1970):
Ah Doralisa, Doralisa,
eres para mí un recuerdo despedazado
que debo empezar a armar pacientemente
–un ojo junto a otro ojo,
una pierna y la otra juntamente
y tus senos y tus manos y tu cabellera sobre todo
y tus pies desnudos sobre la tierra.
Y yo te armo, Doralisa, compongo tu figura
y me llegas intacta a la memoria.
Y enseguida te desarmo, te deposito en tierra,
te disperso,
porque tú eres un recuerdo que vive en mí, Doralisa,
y que no me pertenece.
A la oreja, el yo te armo suena parecido a yo te amo; el amor y la memoria trabajan juntos en la reconstrucción del cuerpo separado, disperso en las zanjas de un Quillota figurado en el recuerdo que el poema convoca.
Pero está también aquello vaticinado: antes de los desaparecidos, de la violencia sistemática ejercida sobre los cuerpos civiles, Doralisa, en el poema, parece adelantarse también al terror del cual el propio Miranda tuvo que escapar. Como es bien conocido, durante la Unidad Popular trabajó como periodista para la Oficina de Informaciones de la Presidencia de la República. Puede que ese trabajo haya forjado la precisión de su lenguaje poético, cuya claridad no le quita esa energía que Pound reclamaba para sus contemporáneos: imágenes precisas y sintéticas que estrujen al máximo la potencia del lenguaje.
Pero también está la experiencia histórica de ser joven y militante en plena aceleración de la historia: los 60, dice Carlos Olivares en una entrevista, comenzaron “cuando en el Estadio, el centro delantero de la selección nacional movió la pelota para el Mundial de fútbol y terminó el atardecer del 11 de septiembre de 1973, cuando ingresó el primer preso político”. Frente al shock del Golpe, el contragolpe de un lenguaje que describe lo real-traumático de la represión militar generalizada. Frente a la opacidad del lenguaje oficialista, cuya retórica triunfalista necesitaba a toda costa ocultar la violencia bajo la figura de una necesaria limpieza ideológica, una claridad documental. Qué es eso sino La ciudad de Gonzalo Millán con su lenguaje cinemático, la alegoría burlona de La bandera de Chile de Elvira Hernández o las imágenes clínicas de Aguas servidas de Carlos Cociña.
En el caso de Miranda ocurre algo parecido: ese real que aparece como pesadilla no necesita figuraciones sofisticadas. Basta nombrarlo para que aparezcan allí las huellas de la violencia. Las cosas –los edificios, las cortinas, los fierros, las vigas– son también parte de la destrucción programada: junto a los cuerpos torturados y desaparecidos, la cultura material producida en masa para ese pueblo que la UP convocó. En la última parte de aquel poema, Miranda escribe:
Calcinados muros de La Moneda,
Ladrillos rojos descubiertos de todo cortinaje y ornamento,
Los he visto un día entre la muchedumbre
De hombres sencillos con los ojos hundidos
Y eufóricos hombres de negocios
Que extraían balas incrustadas en el muro
Para llevárselas como recuerdo (…)
¡La Moneda en ruinas! En rededor vi hombres y mujeres
Contemplando inmóviles un fierro retorcido
Una mesa quemada, trozos de espejo ennegrecidos.
Los ojos fijos, el rostro crispado.
Imagen imborrable de la herida dignidad de un pueblo.
Tránsito traumático y violento de la juventud descomedida y chascona que los militares disciplinan con el aparato estatal a mano. El poema recuerda a esa fotografía de Marcelo Montecino que muestra, en primer plano, a una pareja abrazada junto al frontis arruinado del edificio presidencial. Ladrillos rojos descubiertos. Ese cuerpo granítico abierto de cuajo por armamento de guerra. “Toesca / no previó / que La Moneda / sería una Machu Picchu / tan frágil / como la abstracta protección / de los semáforos” escribió Bruno Serrano. El fin del siglo veinte chileno comienza con una ruina, con un estruendo, con hombres de negocios que recogen balas como souvenirs en el descampado de una ciudad sitiada. Señal para las generaciones venideras: tu paso a la adultez puede venir con toque de queda y bandos militares. Tu juventud puede acabarse entre balazos y detenciones.
