Guillaume Le Blanc ofrece un ensayo magnífico y lleno de audacia. Osar llorar desarrolla en dos partes —“Llantos solitarios” y “Llantos solidarios”— el itinerario de un filósofo que hace, desde su experiencia de hombre que llora, la materia de un viaje fenomenológico escuchando la transformación provocada en cada persona cuando ella da la bienvenida a las lágrimas.
El autor retoma para subvertirlo un mandato social, construido y llevado a su apogeo en el siglo XIX, de una virilidad que no se puede conjugar con las lágrimas. Osar llorar es, pues, un libro saludable, una recuperación para uno mismo y para los demás de un recorrido de la presencia en el mundo en el que la intensidad emocional invade el rostro, lo distorsiona y lo ahoga. Este estallido y este ataque de lágrimas cuando el mal, en sus diversas formas, asalta al ser humano —ante la muerte de seres queridos o ante las injusticias que abruman la vida hasta el punto de hacerle perder el aliento— atestiguan una incapacidad para cambiar el curso de las cosas, pero también, y puede ser que, sobre todo, una base de existencia que resiste e implora justicia por aquello que ya no es más.
El autor, a través de capítulos breves y sugerentes, embarca a su lector en este movimiento de la compasión en su intensidad emocional, donde se puede representar una escena de justicia de la que puedan gozar todos. Al analizar los ritos “obligatorios” del llanto social y de las manipulaciones intencionales de las emociones, el autor restituye este camino/voz de las lágrimas como una “genealogía virtual de la justicia”, porque no lloramos por nosotros, lloramos por los otros, o tal vez en lugar de otros. “Lloramos cuando los otros nos hacen mal»: “La filosofía de las lágrimas no puede entonces ser más que una filosofía de la justicia. Porque los llantos son menos una emoción sin discernimiento, que el discernimiento hecho emoción”.
Artículo aparecido en la revista “Études” 4315 (mayo 2024). Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia
