Una pesadilla lleva a la protagonista de la extraordinaria novela de Han Kang, La vegetariana, a adoptar una dieta vegana estricta y a desterrar todos los productos animales de la casa. Su marido, un hombre de negocios de Seúl, la encuentra en mitad de la noche, delante de un refrigerador abierto, en un estado de trance. Pasan semanas, meses. Yeonghye se vuelve cada vez más difícil de alcanzar: se ha abierto un abismo entre su sensibilidad y el mundo cotidiano. Observa su cuerpo, que adelgaza rápidamente, y piensa:
“Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar”.
Aquí está ocurriendo algo que es mucho más que el celo de un converso. Pero a su marido sólo le interesa absolverse: “Si bien alguna vez anduve diciendo por ahí que una enfermedad no es un defecto”, escribe, “fue porque les afectaba a los demás y no a mí”. Una intervención familiar termina mal: después de que su indignado padre la obliga a comer carne, Yeonghye agarra un cuchillo y se corta las muñecas. Su marido se pone del lado de su suegro.
En cierta medida, La vegetariana puede leerse como una alegoría feminista, un relato de lo que podría sucederle a una mujer que se rebela contra la opresión patriarcal. Más allá del aspecto del género, la historia de Yeonghye se extiende a cualquiera que diga no al orden de las cosas, a cualquiera que sienta que ese orden se mantiene con la sangre de otros.
Kang sitúa astutamente a Yeonghye fuera de nuestro alcance. Aparte de unos pocos momentos iniciales, el punto de vista proviene, en tres secciones distintas, de aquellos afectados por Yeonghye: su esposo, su cuñado y, finalmente, su hermana.
Publicada originalmente en Corea del Sur como una serie de novelas cortas, la narrativa es incompleta de maneras que parecen absolutamente adecuadas. La división en tríptico crea brechas —en el tiempo, en la perspectiva, en la información— que bloquean nuestro acceso a Yeonghye, produciendo un poderoso efecto de distancia que también refleja su silenciamiento.
“Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana”, relata su esposo al principio, “nunca pensé que fuera una persona especial”. Yeonghye comienza en el anonimato —un anonimato culturalmente deseado, alguien que ayuda a su esposo— y en su locura se repliega en sí misma y se vuelve completamente irreconocible.
La segunda sección se centra en el cuñado de Yeonghye, un artista de video que siempre se ha sentido atraído por ella. Desde su transformación, su voz también le parece diferente: “Era la voz desapasionada de alguien que no pertenecía a ningún lugar y se encontraba en los lindes de la vida”.
Después de que su esposa le dice que la marca de nacimiento de su hija pequeña, una “mancha mongólica”, es hereditaria en la familia, él se obsesiona sexualmente con su cuñada. Se las arregla para pintar su cuerpo y filmarse mientras lo hace. En el siguiente pasaje, la hipnótica acumulación de cláusulas alinea al lector con la obsesión del personaje:
“Lentamente, como si siguiera el ritmo de una música silenciosa, ella curvó sus brazos, piernas y cintura y se ladeó. Entonces filmó sus flancos y corvas como suaves crestas de montaña y las flores nocturnas de la espalda y las flores diurnas del frente. En último lugar filmó la mancha mongólica, que parecía una sombra verde. Y después de dudarlo un momento, aunque se había prometido no hacerlo, grabó de cerca su rostro, que tenía la vista dirigida hacia la ventana sumergida ahora totalmente en tinieblas. Registró con la cámara sus labios borrosos, la sombra de sus pómulos prominentes, la frente recta que se vislumbraba entre los cabellos desparramados y sus ojos totalmente vacíos”.
Esos “ojos vacíos” forman una imagen persistente y obsesiva. En la tercera parte de la novela, su hermana despierta de un sueño angustiante en el que ve a Yeonghye; cuando vuelve a dormir, tiene otro sueño, esta vez en el que aparece ella misma, “de pie ante el espejo del salón. En el reflejo, su ojo izquierdo estaba sangrando. Enseguida levantó la mano para limpiarse, pero, cosa extraña, su imagen en el espejo no se movió y se quedó quieta contemplando cómo le caía la sangre del ojo”.
Así como Kang impide que Yeonghye sea completamente conocible —y, por lo tanto, la mantiene extraña y perturbadora—, el significado o peso alegórico último de la novela es imposible de medir por completo. En su retraimiento, en su deseo imposible de liberarse de las redes violentas de la naturaleza y la sociedad, Yeonghye atrapa a quienes la rodean y también atrapa al lector.
La vegetariana es una pesadilla existencial, la representación más evocadora de lo irracional que he visto en mucho tiempo.
Esta reseña apareció originalmente en San Francisco Chronicle 03.03.2016. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
La vegetariana. Han Kang (Trad. S. Yoon). 2024, Random House. 208 páginas
